Entonces ganaría Valls

"Las elecciones no son un concurso por ver quién viste mejor", me advierte un hombre que, pese a no acertar, se ha tomado la molestia de seleccionar una americana, camisa y hacerse el nudo de la corbata. Pero lleva razón en su sentencia; lo sé y lo lamento. Porque si la imagen fuera decisiva, tendríamos una clase política transparente, desacomplejada, segura de sí misma, coherente y respetuosa con los demás, y aún más importante, con ella misma. Si la estética y las apariencias importaran y existiera una opinión pública capaz de juzgarla más allá de lo que dicten las tendencias (políticas, sociales y económicas), el pasado 21D en este país habría arrasado Carles Riera.

En general, todo el mundo entiende con facilidad qué es comportarse bien (tú libertad acaba donde empieza la del otro) o alimentarse bien (de forma saludable); pero no te atrevas a considerar que alguien viste bien (adornarse según sus rasgos físicos, personalidad, principios, creencias, objetivos... y que el conjunto resulte armonioso, coherente) porque entonces serás considerada una desalmada incapaz de ver más allá de lo físico (se conoce que el resto de la humanidad tiene superpoderes de los que carezco para estudiar la mente y alma de los individuos sin tener que analizar las señales externas)...

Se empeña el marketing político en señalar a los asesores y politólogos que el votante debe sentirse reflejado, también estéticamente, en el candidato. Y a juzgar por las pintas que lucen nuestros representantes públicos, tanto de derechas como izquierdas y tanto reyes como republicanos, deben tener una opinión bastante negativa de la ciudadanía que pretende gobernar. Es como si de repente todos fuéramos Belén Esteban. Lo explicó muy bien la mejor periodista de moda del mundo, Suzy Menkes, en un artículo de Vogue cuando vaticinó la victoria de Donald Trump basándose en el entusiasmo americano por el universo estético de las Kardashian. Así que si en nuestra casa se fascinan con las petardadas de Dulceida y no con el rostro de sabiduría de Angela Molina..., ¿qué más cabe esperar?

Otro factor a tener en cuenta en todo este proceso de la estrategia a modo de imagen y semejanza del electorado es la decadencia del voto estético. Porque sin querer abrir un debate ideológico, una cosa es verse reflejado en Trump y otra en Obama. Seguramente Trump represente mejor a la mayoría de varones americanos (quitando el hecho de que esté forrado); pero desde cuándo el pueblo desea ser liderado por alguien igual o peor que él. ¿Tendrá que ver aquí, y hasta que punto está astutamente calculado, el notable descenso de la calidad formativa, cultural, educacional, moral y estilística que estamos sufriendo?

Sea como hedonista o asceta -no confundir ascetismo con zarrapastrismo-, desconozco la existencia de ningún intelectual, genio o alguien que pueda ser mínimamente admirado u odiado (es decir, que provoque cierto interés) que no haya reflexionado un instante sobre cómo recubría sus ideas y sentimientos. Y coincido con Mark Twain en que "el mejor traje que se ha hecho es la piel de una persona, pero, por supuesto, la sociedad exige algo más". Y por eso me molesta este supuesto desprecio hacia la imagen por parte de demasiados dirigentes políticos. Mucho más cuando me entero que alguno de ellos cursó la carrera de filosofía. Porque como diría Kant, lo opuesto a la belleza no es lo feo, es lo que causa disgusto. Porque hasta las "imperfecciones" son oportunidades para distinguirse.

Y no. Si Manuel Valls llegara a ganar las elecciones a la alcaldía de Barcelona no lo haría por vestir bien (en París justifican su falta de gusto en el vestir "porque es español", imaginad). Lo haría como se vence últimamente cualquier comicio: los otros eran aún mucho peor.

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