Historias para poder vivir

Salí del cine después de ver ‘Los archivos del Pentágono’ de Spielberg con una sensación de tristeza. No porque la película no me hubiera gustado, que sí, sino porque volví a recordar lo que era estar en una redacción y no escribiendo, como ahora mismo, en una mesa de Ikea en el salón de mi casa desde que hace cuatro años me fui del periódico donde trabajé durante 17 ante la nueva amenaza de un ERE y la facilidad con la que nos abrían la puerta a los que llevábamos tiempo en el diario para acogernos a la baja voluntaria. 

Me produjo tristeza también esa defensa del periodismo como herramienta al servicio de los gobernados y no de los gobernantes; la última barrera para enfrentarse a los poderosos y sus mentiras para sacar a la luz la verdad, pese a todo, ante todo. Eso fue el viernes, un día antes de tener que escribir para El Confidencial, uno de los medios con los que colaboro, sobre el juicio a Larry Nassar, el mayor depredador sexual de la historia del deporte, que cumplirá una condena de 40 a 175 años por haber abusado sexualmente de cientos de niñas.

En mi solitario escritorio, con la única compañía de una gata ya anciana,  la radio siempre encendida y después de haber visto durante cuatro días a través de la web de la NBC los testimonios de las deportistas enfrentándose a Nassar, sentado a escasos metros de ellas, caí en la cuenta: el Indianapolis Star. En septiembre de 2016, cuando ya la Federación de Gimnasia (USAG) estadounidense, su Comité Olímpico y la Universidad Estatal de Michigan sabían y habían tapado las voces que les alertaron sobre los abusos de Nassar, el Indianapolis Star publicó un artículo en el que informaba de dos gimnastas que habían acusado formalmente a Nassar. Una de ellas no quiso que apareciera su nombre; la otra sí: Rachael Denhollander. Denhollander no sólo relató al diario su terrible experiencia cuando sólo tenía 15 años y Nassar introdujo su mano sin guantes en su vagina y ano. No fue la única vez y lo hizo incluso delante de sus padres colocándose de espaldas de manera que no pudieran ver lo que en realidad estaba haciendo. La ex gimnasta habló, permitió que la fotografiaran e incluso que la filmaran durante la entrevista. Fue entonces, y sólo entonces, cuando estalló el escándalo, recibieron denuncias de otras 150 mujeres y la Universidad Estatal de Michigan (MSU) despidió a Nassar y comenzó lo que este miércoles terminó en una condena de por vida y una cascada de reacciones que solo acaban de empezar. Tres dirigentes de la USAG ya han dimitido y la Federación se enfrenta a la huida de los patrocinadores. La presidenta de la MSU también se vio obligada horas después a dimitir después de conocerse la sentencia. 

La ayudante del Fiscal Ángela Povilaitis -que ha estado acompañando a las supervivientes de Nassar a las que abrazaba, apretaba el hombro u ofrecía una sonrisa de consuelo y aliento cada vez que terminaban de dar su testimonio- realizó un contundente alegato final antes de que hablaran los abogados de Nassar y la juez Rosemarie Aquilina dictara sentencia. Entre otras cosas, dijo: “Necesitamos ahora más que nunca un periodismo de investigación. Si no hubiera sido por ellos Nassar habría seguido abusando de menores”. 

En el ‘caso Weinstein’, otro depredador sexual que aprovechando su posición de poder abusó de cientos de mujeres durante décadas, algo que era conocido -pero silenciado- en la industria, también fueron dos publicaciones, primero The New York Times y después The New Yorker, los que destaparon y dieron altavoz a las víctimas derrumbando así a uno de los gigantes de Hollywood y provocando un movimiento mundial, el #Metoo que ya ha supuesto un antes y un después para el feminismo; es decir, en la lucha por la igualdad.

El periodismo como oficio está vivo, sigue vivo. Es la profesión la que está bajo amenaza. Los ERES salvajes, la precariedad laboral -según el último informe de la Asociación de Prensa el porcentaje de periodistas en España que cobra menos de 1000 euros al mes aumentó en casi diez puntos porcentuales en el último año y ya supera el 45%- y las presiones de los poderosos para mantenernos dóciles y atemorizados que algunos jefes, directores, acatan obedientemente (allá su conciencia) son los que nos están ahogando, no las ganas ni el amor incondicional de la mayoría por contar historias y contarlas bien. Los periodistas no debemos ser la noticia, es una de las máximas, pero es tanto y tan grave lo que nos está pasando que es necesario denunciarlo. “Todos nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir”, resumía la extraordinaria Joan Didion. Pues aún tenemos al menos una por explicar: la de nuestra agonía. Porque, queridos colegas, somos unos muertos muy vivos. 

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