Protocolo, lenguaje corporal y dispositivos móviles

"Lo siento pero es una vergüenza que muchos de los presentes en el Parlament estén con el móvil mientras se está decidiendo el futuro de Catalunya", tuiteó Gerard Piqué mientras se celebraba el famoso pleno del 10 de octubre en el que el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, anunció que proclamaba la independencia para inmediatamente suspenderla.

Esta semana, un día después de que Roger Torrent pospusiera la investidura del líder de Junts per Catalunya, otra vez el uso de un smartphone afecta a la política catalana: unas cámaras de Telecinco revelaron el contenido de unos mensajes privados de Puigdemont a Toni Comín. Parece que en diplomacia, los dispositivos móviles deberían ir acompañados de una serie de recomendaciones y advertencias sobre cómo afectan a la imagen pública. Paso a apuntar algunas:

Desconexión

Las palabras sólo representan el 7% del impacto total del mensaje frente al 55% de información que aporta el lenguaje no verbal (corporal, estético, escenográfico, protocolar…). Si jugueteas con tu dispositivo móvil mientras le aseguras a tu interlocutor un "te escucho, eh", es muy probable que el receptor acabe llamándote la atención o cabreándose porque lo que sugieres es pasotismo y falta de respeto. Si no prestas atención a tu alrededor, te estás perdiendo más de la mitad de la información (de la vida).

Postura

Cuando nos sentimos cómodos, seguros y poderosos nos expandimos corporalmente; cuando estamos tristes, abatidos, desconfiados o cansados, nos encogemos. La utilización de dispositivos móviles -ordenadores portátiles, tabletas, smartphones...- nos obliga a encorvarnos y menguar -física y, por lo tanto, jerárquicamente- ante los demás. Así que es muy recomendable considerar con quién, cuándo y dónde vamos a permitirnos el lujo de transmitir debilidad (inseguridad). Aunque cueste, siempre que sea posible, es bueno (también por salud) colocar el móvil a la altura de la vista y evitar bajar la cabeza y doblegar la espalda.

Es para mentirte mejor

El hecho de no tener a la persona enfrente, no tener la obligación o posibilidad de mirarla a los ojos y analizar su lenguaje corporal, facilita el engaño y la mentira. De ahí el tremendo éxito de aplicaciones refugio como whatsapp, pese a la cantidad de malentendidos que genera. Podemos decirle a alguien que estamos rabiosos -incluso acompañar el texto con su correspondiente emoticono (símbolo emocional)-; pero a no ser que hablemos como mínimo por voz (ritmo, cadencia, entonación... pausas), es muy probable que al otro le cueste valorar nuestro nivel de ira. En cambio, por ejemplo, en el mensaje audiovisual de Puigdemont registrado el mismo día que envió los comentados mensajes a Toni Comín -pese al plano corto utilizado que ocultaba el lenguaje de sus manos- se advertía frustración, enfado (cuando se refiere a Roger Torrent) y sarcasmo (ante las astucias del Estado) en sus expresiones faciales, pero en ningún momento derrota (acabó con los puños cerrados, fuerza y lucha).

Los móviles luego van al pan

Que a la hora de la comida y cena nadie se atreviera a llamar a otra persona a no ser que se tratara de una urgencia (no profesional, sólo del tipo "me estoy muriendo"), es desgraciadamente una regla de buenas maneras que ha caído en desuso. Actualmente, los teléfonos móviles acaban colocados en la mesa junto a los manjares. Incluso, algunos, con todo el descaro del mundo, tratan de aleccionar a los demás comensales sobre dónde debe situarse el aparato ("entre la copa y el pan"o "delante de los cubiertos", sugieren). Si no es por respeto a la presencia de los demás (punto 1), evitarlo aunque sólo sea por higiene: la de bacterias que lleva esa pantalla manoseada.

Comprobación compulsiva

Puede que estés pendiente de un mensaje importantísimo y vital (si es así y estás en mitad de una conversación o reunión, es conveniente que informes al interlocutor), pero no parar de chequear el móvil cada dos segundos puede hacer que los demás acaben interpretando tu inquietud como un deseo improrrogable de salir pitando de allí (rechazo).

Perdona, ¿te importa?

Dependiendo del trabajo, el teléfono móvil es una herramienta indispensable. Pero sabiendo que su uso puede incomodar en encuentros sociales, qué cuesta preguntar a los que te acompañan si les importa que atiendas (chatees, compruebes mail, hables o aceptes una videoconferencia) el teléfono. Por el simple hecho de haber tenido esa deferencia hacia ellos, están obligados a concederte permiso. Eso sí, jamás alargarse más de 5 minutos en la gestión (volverán a odiarte).

Discreción

Ir deambulando como los locos por las calles con el móvil delante de los morros porque estás grabando un audio de voz ("así me ahorro escribir"), es poco elegante. Sinceramente, a nadie le importa qué le ha dicho el pediatra a tu hijo o lo bien que te salieron ayer las lentejas. La discreción es siempre, sin excepción, una virtud. Por eso, si recibes mensajes del president de la Generalitat en el exilio y estás rodeado de periodistas y cámaras, será inteligente a la par que interesante, que te retires a leerlos con una cierta privacidad (basta con una pared lisa a la espalda, pero sin espejos o cuadros que puedan acabar reflejando accidentalmente la pantalla).

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