Hay sombras que desgraciadamente son alargadas

A los lectores habituales de esta web les parecerá extraño que escriba en castellano. A mí lo que me parece extraño es porqué no lo hice ya en anteriores artículos. Como gracias a la tecnología, uno puede ser leído en cualquier rincón del mundo donde ésta llegue, si en un lugar es necesario que nos expliquemos, este es justamente en el resto de la península.

Sería más fácil para mí dirigirme a los ciudadanos convencidos de que esta prisión provisional de Junqueras, Forn, Sànchez y mi compañero Jordi Cuixart es totalmente injusta. A los centenares de miles que se movilizan pacíficamente, en concentraciones o conciertos, o que reclaman su excarcelación con un lazo amarillo. No lo piden sólo ellos, y no lo pido sólo yo. A raíz del último auto del Juez Llarena, el que niega a Jordi Sànchez la libertad, Gauri Van Gulik, directora de Amnistía Internacional para Europa ha manifestado que “La prolongación de la prisión provisional constituye una restricción excesiva y desproporcionada de su derecho a la libertad de expresión y de reunión pacífica. Además, los cargos de sedición y rebelión que pesan contra Sànchez y Cuixart, según la información de que dispone Amnistía Internacional, son injustificados y, por tanto, deben retirarse”.

En la misma línea se han pronunciado también numerosos juristas de todo el Estado. Magistrados, abogados, especialistas en Derecho ocupan cada vez más espacio en los medios. El antaño lejano vocabulario judicial nos es cada vez más familiar a todos, junto con las palabras: “policía, guardia civil, mossos”. Os podría decir que hemos fracasado, pero mi obstinado optimismo me hace afirmar que todavía no lo hemos conseguido. Todavía no hemos conseguido solucionar los problemas políticos gracias a la política, si entendemos ésta como pacto y diálogo. Cuantos más escojamos este camino, más llegaremos juntos a un sitio mejor. Lo deseo para todos.

Soy positiva, pero no totalmente idiota. Hay sombras que desgraciadamente son alargadas. Durante décadas del siglo XX eran habituales las herramientas policiales y penales aplicadas al control de la población. Ojalá me equivoque, pero a mí, esos “a por ellos”, esas condecoraciones y premios por las actuaciones policiales del 1-O, los comentarios, a menudo anónimos en las redes, llenos de odio y poco respeto, y toda esa corriente de pensamiento que legitima la violencia de Estado ante ciudadanos pacíficos, así como las medidas judiciales más que draconianas, me hacen pensar que en el imaginario colectivo de algunos españoles ha hecho mella aquello de que “la letra con sangre entra”. Que métodos de otras épocas no son cuestionados porque los arrastramos y aceptamos en el subconsciente como “lo normal”, cuando “lo normal” en un verdadero Estado de Derecho sería anteponer por encima de todo las soluciones dialogadas y políticas. En contraposición, el empoderamiento pacífico del que hacen gala muchos ciudadanos de a pie es totalmente esperanzador y dibuja la posibilidad de una sociedad madura y participativa.

La exdiputada de la CUP Mireia Boya decía al salir del Supremo en un tuit que “encontramos excepcional la libertad, cuando debería ser la normalidad”. “Excepcional” me parece una palabra muy interesante, pues no es siempre peyorativa. Estamos en un momento excepcional, para lo bueno y para lo malo. De lo segundo, os podría escribir una novela, o resumírosla en pocas cifras. En los cuatro meses que mi compañero Jordi Cuixart lleva preso en el centro penitenciario de Soto del Real, nuestro bebé ha cumplido 10 meses y ha recorrido 24.000 kilómetros en los viajes de ida y vuelta para ver a su padre, la mayoría de veces, para 40 minutos a través de un cristal, salvo los vis a vis mensuales. “4 meses, 10 meses, 24.000 kilómetros, 40 minutos”. Parece casi un título de película rumana ganadora de la Palma de Oro en Cannes. Y lo cierto es que cuando veo a nuestro hijo gateando hacia la puerta cerrada de la pequeña habitación para el vis a vis familiar, o pegando cabezazos contra el vidrio del locutorio, podrían ser fotogramas de un filme de Mungiu. Mirármelo así me da una distancia que lo hace todo más soportable. La ficción está muy relacionada con la realidad. La ficción condensa la verdad de la realidad y la hace universal. Cuando estás viendo ficción estás viviendo algo a través de ese personaje con el que creas cierta empatía. Son cosas como la empatía las que cohesionan la sociedad. Empatía, cohesión, sociedad. Me parece que estoy escuchando a Cuixart. A pesar que fuera de Cataluña la persona de Cuixart fuera poco conocida, este es un país pequeño, en el que fácilmente todos nos conocemos, por eso si no fuera por lo grave de la situación, provoca casi risa, por lo redundante, por el pleonasmo, presentarlo como un hombre de paz que no cree en el uso de la violencia. Cualidades extensivas a los otros tres encarcelados.

Por eso me repito en mis peticiones y apelo a las personalidades que crean que esta prisión preventiva es injusta y desproporcionada, a demás de lejana para las familias, a denunciarlo desde las posibilidades de su ámbito. Confío en la inteligencia de cada uno, en saber encontrar sus propias palabras y matices, un discurso en el que se sienta cómodo, y en la inteligencia de los receptores, en saber distinguir entre un llamamiento a la defensa de los derechos fundamentales y la democracia, que nada tiene que ver con posicionarse a favor de ciertas opciones políticas.

Por eso, en vez de perder tiempo, hacerme mala sangre, y lamentarme por oportunidades desaprovechadas como la moción aprobada este miércoles en el Ayuntamiento de Barcelona, que expresa el rechazo a la prisión preventiva y pide el acercamiento, y de la que se me hace difícil entender porqué ciertos grupos no se han sumado, prefiero confiar en que habrá pronto una nueva ocasión para recibir su apoyo y solidaridad.

Y me alegro de poder agradecer la carta publicada por Jordi Évole o la de Jaume Asens retuiteada por Pablo Iglesias, el artículo de denuncia de Núria Iceta, los tuits del escritor Manuel Rivas o el cantautor Ismael Serrano, o incluso las palabras de Felipe González con Ana Rosa Quintana. Y animo a quien tenga un altavoz, a sumarse, como desde la calle hacen comerciantes, maestras, jubilados, taxistas, estudiantes, y todas esas personas anónimas con las que me cruzo cada día, y que se manifiestan porque el único miedo que tienen es el de perder su dignidad. Siempre gracias.

 

 

Fotografia: Islàndia RAC1

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