Agur, ETA

"Les avisamos que estas imágenes pueden herir su sensibilidad". Esa tarde no había ido al colegio y mi madre no llegó a tiempo a la sala de estar para apagar el televisor. Yo sólo tenía 8 años y el informativo describía como una niña de 12 años, Irene Villa, había perdido las dos piernas por una bomba lapa. Ese es mi primer recuerdo de ETA. El de Hipercor (1987) me pilló muy pequeña y el de Vic (unos meses antes que el de Villa), entiendo que mis padres tomaron medidas para protegerme visualmente del terror. Aunque lo estudié, el origen de la banda terrorista durante la dictadura franquista es, para mí (nací en 1983) y muchos otros, historia.

"Ustedes que pueden, dialoguen". Reconozco que en aquel momento no entendí la petición de Gemma Nierga a los políticos que vinieron a Barcelona a manifestarse por el asesinato de Ernest Lluch. Emocionalmente, con 17 años, era incapaz de asimilar cómo se podía negociar con alguien que ponía encima de la mesa una pistola. Y más recientemente, hace un par de años, el día que Jordi Évole entrevistó a Arnaldo Otegui apagué el televisor y me fui colérica a la cama al escucharle confesar que el día que mataron a Miguel Ángel Blanco él pasó la jornada en la playa...

El 12 de julio de 1997 sólo recuerdo silencio, lágrimas e impotencia; nadie con alma tenía ánimo para nada. Especialmente en mi casa era una fecha complicada: justo seis años antes habíamos perdido a mi primo (una de las personas más especiales de mi vida) en un accidente, con sólo 26 años. Las manos blancas alzadas de millones de personas en todo el Estado, más allá de emocionarnos y unirnos, no sirvieron para nada; o no para ablandar el corazón de los cobardes terroristas que le asestaron por la espalda dos disparos en la nuca y dejaron a Blanco desangrarse en un descampado. Sin embargo, sí aprecié un cambio de rumbo -un avance hacia el final de la barbarie- cuando un grupo de seis ertzainas protagonizó un gesto inédito. Se quitaron el casco, después el verduguillo, y se mostraron a cara descubierta ante una masa de gente que estaba dispuesta a asaltar la sede de Herri Batasuna (HB) en San Sebastián. ¿Lección? Cuando aparcas el miedo, aunque pierdas, vences.

La actitud de los etarras en las peceras mofándose de las víctimas durante los juicios no se me olvidará jamás y me producirá siempre el mismo asco y rechazo; pero también he sentido arcadas cuando he conocido de primera mano el caso de personas que fueron torturadas en prisión por las fuerzas de un Estado que siempre había creído (querido creer) democrático y avanzado.

¿"Usted no me considera a mí víctima del terrorismo?", le preguntó Pili Zabala a Alfonso Alonso durante un debate entre los candidatos a las elecciones vascas de 2016. La candidata de Podemos, hermana de Joxe Zabala, víctima de los GAL, dejó balbuceando y arrastrando las palabras al aspirante del PP. Y sin poder mirarle ni siquiera a los ojos, al final acabó admitiendo: "Usted es víctima de, de... si claro, de un exceso, de un abuso...en fin, de una actuación por parte de funcionarios del Estado completamente execrable y condenable". Zabala buscó la mirada de Alonso y le respondió con un silencio que, como tantas veces, lo dijo todo.

El comunicado de disolución de ETA del pasado 20 de abril me pilló en Pamplona/Iruña. Y me sentí feliz porque hace nada no podía siquiera imaginar que al fin llegaría ese día. Eché un ojo a Twitter y advertí que muchos exigían mayor rendición en la retórica de la banda terrorista. Quizá llevaran razón. Pero en ese instante sólo podía pensar en Isabel II estrechando con una amplia sonrisa la mano de Martin McGuinness, exjefe militar del IRA, en 2012. Según McGuinness, ese gesto de paz se produjo porque la soberana reconoció en Dublín el sufrimiento que causaron entre la población de la isla algunas acciones de las fuerzas de seguridad británicas, entre ellas las de su Ejército, del que la monarca es su máxima autoridad como jefa de Estado. Pero además, McGuiness también recordó que la propia soberana sufrió en carne propia la pérdida de su primo Lord Mountbatten, el tío favorito del príncipe Carlos, en un atentado del IRA perpetrado en 1979.

No soy víctima directa, desconozco los entresijos del conflicto y probablemente no debería atreverme ni siquiera a escribir estas líneas; pero sólo sé que una vez con 8 años, al ver lo que le habían hecho a Irene Villa, deseé con todo mi corazón que esa pesadilla terminara. E imaginé que los cobardes y fantasmas encapuchados algún día se verían obligados a modificar la estética y escenografía de sus cutres comunicados audiovisuales y mostrarse a cara descubierta para anunciar, por fin, "Agur, ETA!".

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