En el “y tú más” ya he perdido

Me preocupa llegar a fin de mes mientras la precariedad es la norma en mi profesión. Me angustia hacerme mayor no porque me salgan arrugas, sino porque en un año he sufrido muertes de familiares y del padre y la madre de dos de mis mejores amigas y siento su dolor como propio. Me inquieta la salud de mis padres, ambos con problemas de corazón y a los que la Sanidad Pública les ha salvado y vigila de cerca, pese a los recortes y todo lo habido y por haber. Me asusta tener que volver a un quirófano porque la espalda no me aguante.

Me alegra la vida una sobremesa con amigos, una conversación. Un “aquí estoy para lo que quieras” cuando me atrevo a confesar que a veces la tristeza me envuelve como una manta que no me deja respirar. Un mensaje a veces ni que sea por whatsapp para invitarme a un paseo mirando al mar me devuelve la alegría. Porque vivo en Barcelona desde hace casi 15 años y el mar está ahí, tan cerca como no podía llegar a imaginarme cuando me crié en Alcorcón, en San José de Valderas, un barrio humilde donde solamente en mi portal había de todo: andaluces, extremeños, gallegos y las mujeres cantaban por el patio mientras tendían la ropa en esos bloques de cemento exactamente iguales los unos a los otros y con calles bautizadas con nombres de planetas; la mía era Urano. 

Ahora, hoy, vivo al lado de un Mercat de Sant Antoni que está a punto de inaugurarse mientras echan a los vecinos doblándoles el alquiler, ya hasta hay una tienda de souvenirs para guiris que se llama ‘Temptations’  y me encuentro cada día a turistas con sus maletas llamando a los ‘telefonillos’ (sí, los sigo llamando telefonillos) en la multitud de pisos turísticos que crecen como las setas por la zona y que auguran un futuro jodido para los del barrio. Y sólo tengo que andar cinco minutos para meterme en el Raval y ver a los que controlan en las esquinas los ‘narcopisos’ y encontrarme a plena luz del día a una mujer embarazada sentada en la acera y en pleno éxtasis de colocón después de su último chute.

Nada de todo lo anterior parece tener importancia porque asisto, de nuevo como espectadora atónita, a la guerra del “y tú más”, “pues anda que tú”. Según los tuits y los artículos del Molt Honorable President de la Generalitat Quim Torra, no debería sentirme bienvenida aquí. Los que intentan justificarle no encontrarán una respuesta airada por mi parte; solamente basta decir que la Barcelona, mi familia aquí, mis amigos, mis afectos, jamás me han hecho sentir un bulto, una extraña, una ‘colonizadora’, pero que me ofende lo que él  ha tuiteado y escrito. Porque nada de lo que está impreso en mi DNI me explica como persona, nada me reduce a sus límites xenófobos. Ni a mis amigos tampoco, algunos de ellos independentistas, que me quieren y a los que quiero sin condiciones porque nos lo hemos currado, conocido, hablado, debatido, escuchado, pero, sobre todo, ante todo, sentido.

A los del “y tú más”, por aclarar, lloré en el piso de mis padres en  la calle Urano el pasado 1 de octubre, un día después del entierro de un familiar, cuando me desperté y vi  la brutalidad policial, los golpes, las brechas, la sangre,  los y las que arrastraban por el pelo y tiraban escaleras abajo en los colegios. Lloré, sí. Y que sepan que si ese día hubiese estado en Barcelona habría ido a votar. Así que nadie se atreva a explicarme por lo que está escrito en mi DNI. Porque si lo hace se ha ganado de mi inmediato mi desprecio absoluto. En el “y tú más” yo ya he perdido. Y no estoy dispuesta, no os voy a dejar. 

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