Si bebes te lo has buscado

Salgo de trabajar, quedo a las nueve para tomar una caña con unas amigas. Después cenamos y bebemos vino y un chupito al final. Reímos y brindamos. De ahí nos vamos a una discoteca donde pido un gintonic. O dos. Bailo. Cuando decido irme un tipo me asalta antes de poder llegar a casa y me viola. Y la culpa es mía: por las cañas, el vino, el chupito, el baile, el gintonic. Me lo he buscado. Eso es lo que indica la primera encuesta, que se hizo pública este martes, sobre la "Percepción Social de la Violencia Sexual" elaborada por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género y en la que la mitad de los hombres en España y el 45,6% de las mujeres consideran que el alcohol es el causante de una violación.

Además del supuesto de que si bebo no tengo control sobre mi cuerpo y entonces, claro, estoy a la intemperie y a merced de las alimañas, las bestias salvajes, está también el de que ellos son incapaces de resistirse a sus instintos primarios, animalicos. Cada dato, cada estadística, es un puñetazo en la conciencia. Como la que se hizo pública también hace dos semanas: el mayor incremento en el número de víctimas de violencia de género en 2017 se dio entre las mujeres de menos de 18 años, el 14,8 %, un periodo en el que las víctimas y las denuncias por maltrato alcanzaron máximos históricos.

Al parecer si bebo me lo he buscado y si ellos beben no lo pueden evitar. No es broma, no. ¡Ojalá! Es la confirmación, otra vez, de que algo está profundamente podrido en nuestra sociedad. Que nosotras debemos andar siempre con cuidado porque de alguna manera absolutamente primitiva ellos reclaman sus derechos de follarse a todas aquellas que se les pongan por delante y no tengan un carácter recatado y virginal -para empezar estar a determinadas horas según dónde ya es un factor de peligro- tan acorde con todo lo que nos ha rodeado desde que somos niñas y aún no nos hemos desarrollado hormonalmente. Por entonces ya hemos leído cuentos y visto películas de princesas lánguidas a la espera de que nos besen en los morros, nos rescaten y poder empezar así una vida que se presume, por supuesto, maravillosa. A la sombra de él.

El retrato resulta tan anticuado que cuando aparecen los datos del martes, y los de hace dos semanas, nos asombran. No nos vemos reflejados en ese espejo porque cometemos el error de pensar que ya hemos superado el machismo después de las masivas manifestaciones y la huelga del 8 de marzo y el nombramiento de más mujeres que hombres en el Gobierno de Pedro Sánchez. Magia potagia. Nos vemos todo y todas, mucho más presentables y modernos. Pero la realidad es tozuda y nos muestra exactamente cuál es nuestro reflejo. Y es tan asqueroso, tan retorcido, que preferimos no mirarnos más.

Seguir echando la culpa al horario, el lugar, el comportamiento, la vestimenta, el alcohol o las drogas, en lugar de señalar únicamente a los hombres que maltratan, acosan, violan y matan a las mujeres como únicos culpables perpetuará el horror. No son enfermos, son hijos sanísimos del patriarcado a los que se ha educado, criado y engordado para actuar así.

Carmen Calvo, la única vicepresidenta y Ministra de Igualdad, una cartera que se recupera por segunda vez en la democracia, tiene trabajo por delante y el mero hecho de tener perspectiva de género para rehabilitar el cargo y considerarlo así un asunto fundamental es un avance que merece ser aplaudido. Porque si la mitad de España sigue pensando que el alcohol tiene la culpa de las violaciones algo hay que hacer. Urgentemente.

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