Sé que se llamaba Jordi

Un hombre de 45 años se tiró este jueves desde un décimo piso de la que todavía era su casa cuando la comitiva judicial había acudido para desahuciarle. Sucedió en Cornellà de Llobregat y su mujer necesitó asistencia médica debido al shock. Debían siete meses de alquiler de un piso que pertenecía a un banco y ahora, claro, se buscan a los culpables para señalarles con el dedo.

La pareja había acudido a los Servicios Sociales hasta en dos ocasiones desde el pasado mes de marzo y existía un informe haciendo constar el grave riesgo de exclusión social un día antes de que se presentaran para echarles. No sé por qué han desaparecido de las noticias los desahucios diarios, como si no existieran, como si no pasaran, como si fuera algo que le sucede a gente ajena a nosotros y con los que no nos cruzamos en nuestras vidas ni nuestras escaleras. Extraños. Raros. Pobrecitos.

No entiendo cómo podemos llegar a blindarnos ante casos así y mirar a otro lado, pensando que a nosotros no nos puede llegar a pasar. Que nunca nos echarán del trabajo, o que tendremos uno mal pagado y con cierta edad ya no encontraremos uno mejor, que podemos estar ahí, en la desesperación absoluta sin ver salida por mucho esfuerzo, entusiasmo y frases motivacionales de mierda que no pagan el alquiler, ni la comida, ni nada, por mucho que las lágrimas no te dejen ver el sol, las estrellas o lo que sea.

La violencia por parte del sistema también es esto. Adormilarte con libros de autoayuda, emprendedores con yates en Ibiza que salieron de la nada y predicadores de pacotilla con gafas ahumadas que exigen que te espabiles y busques esas oportunidades que por culpa de tu mala actitud te estás perdiendo. Ya no se escucha, no se oyen los gritos de auxilio.

“Levántate y anda” en plan Lázaro es el lema, que por supuesto está asociado a una fe sin límites que, como cualquier fe, no está basado en nada real, sino inventado; una suerte de estado mental en el que “no hay mal que por bien no venga” y otras chorradas parecidas. Porque nada te puede parar, claro que no. Ningún ERE, ningún empleo precario con un sueldo que no supera las tres cifras, ninguna rendija del sistema por el que te caigas una vez y ya no hay forma de levantarse. Ningún banco sin escrúpulos. Ninguna comitiva judicial que llame a tu puerta para echarte de tu casa y después el abismo, la nada. El vacío.

Estaba emocionada por la aprobación del aborto legal en Argentina que ha ganado en la Cámara de Diputados en una votación muy reñida, que se prolongó durante 23 horas y en la que los legisladores dieron el visto bueno al proyecto de ley para la interrupción voluntaria del embarazo por 129 votos a favor y 125 en contra y que ahora debe aprobar el Senado. Las imágenes de mujeres y hombres abrazándose, jubilosos, la explosión de alegría y las calles llenas, el verde como color de esperanza y progreso. Andaba pendiente de lo que sucedía al otro lado del mundo cuando escuché por la radio la noticia de aquí al lado y ya no pude dejar de pensar en Jordi, así se llamaba, que decidió tirarse por el balcón de un décimo piso mientras llamaban a su puerta para desahuciarle. Jordi. Que no se nos olvide.

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