Se llama fascismo y lo votamos

No sé qué manía tenemos en no llamar a las cosas por su nombre, con lo importante que es. Porque no lo que no se nombra, no existe. Así que digamos fascistas y xenófobos, no populistas, a tipos como Donald Trump, Matteo Salvini o Viktor Orbán. Porque eso es lo que son.

Cuidado también con pensar que están ahí, gobernando Estados Unidos, manejando Italia o mandando en Hungría como por arte de magia, por generación espontánea. Han sido elegidos, representan por lo tanto a los que decidieron que ellos serían los más adecuados para llevar sus asuntos, así que son el espejo de la sociedad, del mundo en el que nos estamos convirtiendo. Uno hostil, despiadado, deshumanizado. Una auténtica porquería, pero ni Trump, ni Salvini, ni Orbán han dado un golpe militar para imponerse, así que ya está bien de rasgarse las vestiduras y señalar ingenuamente a los super villanos como si esto fuera una película de la Marvel y no una realidad desesperante y vergonzosa: el auge de la extrema derecha y de sus políticas xenófobas.

Después de días viendo imágenes de niños metidos literalmente en jaulas en Estados Unidos separados de sus padres Trump ha dado una especie de marcha atrás forzado por la presión mundial e incluso la reprobación de algunos miembros del partido republicano para demostrar que es compasivo. De eso nada. No le ha dado ningún ataque de conciencia repentino: los 2.300 niños ya apartados desde el pasado mes de abril no se reagruparán de forma inmediata con sus familias mientras se resuelven sus procesos migratorios. Esto es un paripé y la intención sigue siendo la de construir el muro gigante que prometió durante las elecciones. Las elecciones que ganó.

Mientras, el ministro del interior italiano Mateo Salvini, después de vanagloriarse de haberse quitado de encima a las 629 personas rescatados por el Aquarius que llegaron el pasado domingo a Valencia, negó ayer la entrada a Italia a un barco con bandera holandesa de la ONG alemana Lifeline con 224 inmigrantes rescatados frente a Libia. “La Guardia Costera italiana les ha escrito para que no se movieran, que se ocupaba Libia, pero estos desgraciados, incluso poniendo en peligro la vida de los inmigrantes en estos botes, no han escuchado a nadie y han intervenido cargando a la fuerza una valiosa cantidad de seres humanos, de carne humana a bordo”, llegó a decir. El Aquarius y el barco de la ONG española Proactiva OpenArms zarparon de nuevo el miércoles hacia el Mediterráneo central con el único objetivo de salvar vidas, esa “carne humana” que huye de la guerra, la barbarie y termina en manos de traficantes que les torturan y violan. La Unión Europea se lava las manos, mira hacia otro lado y la pregunta es obvia: Y ahora, ¿qué? Nadie sabe contestarla y es crucial, clave.

Este domingo el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha convocado una reunión informal de trabajo sobre inmigración con los líderes de ocho Estados miembros en Bruselas. Ni siquiera estarán todos; sólo España, Francia, Austria, Alemania, Grecia, Italia, Malta y Bulgaria han confirmado su presencia. Y Salvini ya ha puesto en duda que Italia acuda: “Si vamos allí para recibir un pequeño encargo de franceses y alemanes, mejor nos ahorramos el dinero del viaje”. Si la tremenda crisis humanitaria la tiene que resolver una “reunión informal” vamos apañados. Es desesperante, deprimente y vergonzoso, pero es así.

A la ‘minicumbre’ no asistirá el primer ministro húngaro Viktor Orbán, al que Salvini, claro está, tiene como ejemplo a seguir y que está desafiando directamente a la Unión Europea sin que ésta sepa cómo reaccionar. El Parlamento húngaro aprobó hace dos días un paquete de medidas que criminalizan y castigan con penas de hasta un año de cárcel a los individuos o grupos que ayuden a los inmigrantes, incluso si esa ayuda es para asesorarles e informarles sobre cómo solicitar asilo. Orbán ganó las elecciones el pasado mes de abril con un 48,9% de los votos, revalidando así su mayoría absoluta al asegurarse 134 de los 199 diputados del parlamento, dos tercios de la cámara. No necesita a nadie para hacer y deshacer a su antojo, porque sus ciudadanos le votaron.

Trump, Salvini y Orbán son nauseabundos, sí. Pero son solo el reflejo de la sociedad en la que vivimos y que les ha aupado al poder. Es necesario, aunque parezca de perogrullo, que no caigamos en la caricatura de simplificar la situación pensando en ellos como seres malvados, que lo son, ante los que no se puede luchar. Están porque han sido elegidos, así que urge que nos miremos a nosotros mismos y nos preguntemos cómo podemos estar tan podridos por dentro. Es la enfermedad, no los síntomas, los que deben preocuparnos, aterrarnos incluso. Y se llama fascismo. Y lo votamos.

 

 

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