La mermelada de fresas

Estaba desayunando en la cocina intentando con todas mis fuerzas y sin ningún éxito mantener una aparente normalidad; un café con leche y una tostada con mermelada de fresas, cuando llegó mi tía y me comunicó: “Tu abuela ha muerto”. Jamás he vuelto a probar la mermelada de fresas porque tengo ese sabor, ese momento grabado como uno de los amargos de mi vida.

Cristina, que vivía en Puente del Arzobispo (Toledo) se había quedado viuda en 1959 con cinco hijos, cuatro varones y una adolescente; la penúltima de los cinco, Guadalupe, que sólo tenía 14 años cuando su padre murió. Pasaron hambre por épocas y muchas estrecheces, pero se apañaron porque Cristina era una mujer de armas tomar. Recia, trabajadora y con el único objetivo de sobrevivir en aquellos tiempos. Guadalupe se fue a vivir a Madrid con 18 años con una prima, también del pueblo, limpiaba casas y un fin de semana en una excursión conoció a Fermín, con el que se casó y tuvo dos hijos, la parejita, una niña y un niño y se compraron un piso en el extrarradio de la capital. Desde el principio, Cristina, su madre, se marchó a vivir con ellos durante ‘el invierno’, más o menos unos nueve meses al año y en verano volvía al pueblo.

Era una cuestión cultural, tan arraigada que no había discusión posible. Así que incluso antes de que sus dos nietos tuvieran conciencia la abuela ya estaba allí; como una segunda madre. No era delicada, ni modosa, no era una abuelita de cuento, sino una con mal genio y un pelo tieso que intentaba domarse con periódicas visitas a la peluquería donde le hacían la permanente. Siempre vestida de negro, como mucho de gris oscuro, jamás se maquilló. Ayudaba en las tareas de casa, iba a la compra, hacía ganchillo mientras escuchaba la radio y discutía a voces con su hija Guadalupe que tampoco era precisamente de las de callarse. Veía la tele y sobre todo no se perdía ‘el parte’ (el Telediario), porque ni ojeaba los periódicos ya que le costaba incluso escribir su nombre y firmaba con letra irregular, de párvulos, los papeles del banco.

“No sé dónde he puesto las gafas”, decía con frecuencia. Y daba vueltas por el pequeño piso hasta que las encontraba. Un día llamaron al telefonillo. Una vecina se la había encontrado desorientada por la calle “no sé donde está la casa”, le dijo, cuando volvía de comprar del mercado a escasos 50 metros de dónde vivía. Las alarmas se encendieron. Y a partir de ese momento comenzó el infierno. Ya no podía estar sola nunca, se desorientaba, se olvidaba si había dejado algo “a la lumbre” en la cocina de gas. Había que vigilarla, pero la siguiente fase fue peor, mucho peor. Era agresiva, los nietos aprendieron a estar sentados junto a ella mirando la tele con los sentidos alerta porque en cualquier momento se les podía abalanzar con los ojos desorbitados y las uñas por delante. La cogían de las muñecas mientras ella, Cristina, soltaba tacos que jamás había dicho, insultaba y aseguraba que la querían hacer daño.

Las noches se convirtieron en una guardia constante para la familia. En su demencia, en su enfermedad, las posibilidades eran infinitas. Desde que saliera por la puerta o por el balcón de una quinta planta, o que cogiera un cuchillo de la cocina. En el pequeño piso del extrarradio de Madrid se dormía con un ojo abierto. La nieta mayor, por entonces una adolescente, ya había escuchado mil veces la palabra “alzheimer” y se ofrecía voluntaria por las tardes cuando salía del instituto para que sus padres se pudieran dar un paseo y que les diera el aire, mientras ella vigilaba.

La enfermedad avanzó sin piedad alguna. Un día Cristina dejó de hablar. Ya no podía ni siquiera confundirles con su prima, o su madre, o alguna amiga de la infancia. También dejó de moverse. Primero pañales, después una sonda. Lo último fue verla siempre postrada en la cama, lavarla cada mañana y ella con los ojos vacíos, acuosos, cambiarla de posición cada cierto tiempo para evitar las llagas, alimentarla como a un bebé pasándolo todo por el minipimer y armarse de paciencia para que se lo comiera.

Una mañana Guadalupe y su nieta la estaban lavando cuando de repente Cristina exclamó: “Hija mía, pero si eres tú”. Guadalupe se echó a llorar y llamó al médico. Guadalupe es mi madre, Cristina era mi abuela. Yo, la nieta que se fue a la cocina y estaba desayunando una tostada con mermelada de fresas cuando recibió la noticia: “Tu abuela ha muerto”. Y en ese momento ni siquiera pude llorar. Sólo sentía el sabor de la mermelada y de la culpa, por la cantidad de veces que había pensado, deseado, que mi abuela se muriera porque aquello no era vida. Nada en ella era reconocible; ni su personalidad al principio, sin ningún recuerdo ni conciencia de quiénes éramos nosotros o ella, ni aquella quietud espantosa después. Y, sin embargo, no hubo ningún alivio, sino una tristeza que me aplastaba los huesos y los pulmones. Y el asqueroso sabor de la mermelada.

El viernes fue el día mundial del Alzheimer, una enfermedad que no tiene cura. Según la Organización Mundial de la Salud, el alzheimer representa en 70 por ciento de las demencias. Las previsiones sobre la evolución y el desarrollo de esta enfermedad van en aumento y sitúan la cifra de afectados en 135 millones de personas en el mundo en 2050. Hay, ahora, hoy, 4,5 millones en España que la están padeciendo, sin incluir a sus familias. En este día la Confederación Española de Alzheimer (CEAFA), ha creado un lema: “Alzheimer ConCiencia Social”, con dos puntos prioritarios:

En primer lugar, reivindicar la necesaria conciencia que ha de existir para garantizar un adecuado abordaje integral del Alzheimer que, además de combatir sus efectos sociosanitarios, ponga en el centro de atención la observación de los derechos de las personas afectadas (binomio paciente-cuidador), al tiempo que se respete su dignidad.

En segundo lugar, apoyar o sustentar cualquier acción o medida que pueda lanzarse en evidencias contrastadas y contrastables, al tiempo que ha de exigirse un mayor compromiso con la ciencia -tanto la biomédica como la social o sociosanitaria-, en tanto que único recurso para avanzar hacia la erradicación de la enfermedad, así como también de sus consecuencias.

Espero que la medicina avance, que haya recursos para la investigación y que encuentren el origen y, por lo tanto, la cura. Deseo que mientras tanto haya ayudas para las familias que asisten al mismo tiempo cómo se desvanecen sus seres queridos en una lenta agonía y por fases terribles de soportar, con la dificultad de ofrecerles una atención digna y profesional. Rezo, y no soy religiosa, para no olvidarme nunca de Cristina, de Guadalupe y, por mucho que duela, de la puta mermelada de fresas.

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