A mí también

A mí también. A mí también me ha pasado. Y no lo contaba por vergüenza, por pudor, por temor a que no me creyeran, por no mostrar debilidades, para parecer fuerte y profesional pese a todo. Callé por miedo y para ser valiente al mismo tiempo. Sin rechistar, aprieta los dientes, sigue adelante, demuestra de lo que eres capaz sin escudos ni excusas. Callé porque ni yo misma me daba cuenta de lo que aguanté hasta que me nació la conciencia y caí en que muchas de las cosas que me habían sucedido eran intolerables y no debía normalizarlas. Hoy hace un año del nacimiento simbólico del movimiento #MeToo y sí, hemos avanzado. ¿Por qué? Porque nos hemos escuchado.

Lo que yo he vivido resulta que no era una experiencia extraordinaria, única, sino que a mi alrededor todas o casi todas las mujeres habíamos vivido y sentido lo mismo en algún momento. Lo que estaba identificado como machista no contaba para muchos, y muchas, con la condescendencia, la cosificación, la invisibilidad, el acoso, sino con asesinatos y violaciones, que son la punta del iceberg. Lo que nos decíamos en voz baja, entre amigas y con vergüenza, era universal. Eso significó el #MeToo Nada más y nada menos que la conciencia de decir en voz alta que sí, que a mí también y te entiendo, que me puedo poner en tu lugar, en tu miedo, en tu aguante, en tu fortaleza y en el esfuerzo de disimular que nada pasó para no parecer floja, una niñata. 

Aprender a esconder vivencias terribles es una puta mierda. Pero lo hice, lo hicimos, porque era ‘lo normal’. En invierno hace frío, en verano calor y tú te aguantas y chitón. No seas pesada, no saques las cosas de quicio. Ssssshhhh, calla. Resiste. Sé valiente. Hasta que aprendimos que la valentía era precisamente lo contrario: hablar, que muchas antes se habían rebelado antes que nosotras y que el primer paso para la revolución era tener voz, para contarlas y contarnos. Que ya está bien, hasta aquí y ni una miaja te concedo. 

En este último año no solamente me ha calado hasta los huesos la sororidad entre nosotras, sino que he visto cómo muchos hombres se daban cuenta, de repente, de que su propio comportamiento durante años había sido machista sin saberlo tampoco, sin ser conscientes. Programados por una educación de siglos, pobrecitos. Y no es una ironía, sino una pena. Amputados, incapaces algunos para toda la vida para empatizar y mostrar emociones. Encajonados en su papel de macho alfa. Tarados para siempre sin remedio.

Los hay incluso que sacan provecho. Al menos en mi profesión. Podría hacer una lista de ‘señoros’ que día sí y día también se dedican a provocar desde sus columnas. Saben que así tendrán clics y no fallan. Cada vez me dan más asco y como sigo siendo de esas que leen en papel no podrán contabilizarme. Ya les joderá, ya. Y me alegro, pero me siguen revolviendo. Porque, por ejemplo, ayer escuché a una periodista deportiva en una tertulia de radio dando su opinión. No solamente dominaba el medio, el lenguaje, y se expresaba de manera brillante, sino que, claro, sabía de lo que hablaba y argumentaba de manera precisa. Una francotiradora. Tan capacitada como a los compañeros que presenta con corbata y chaqueta y a los que les falta sólo 
la copa y el puro mientras debaten en la televisión donde trabaja.

El líder del “mundo libre”,  Donald Trump, se mofó de Christine Blasey Ford, la mujer que ha acusado de agresión sexual al candidato a juez de la Corte Suprema  Brett Kavanaugh y que está siendo investigado por el FBI. Aquí, ayer, escuché, gracias a la Cadena Ser, como una víctima de violencia machista considerada por la policía como de ‘riesgo extremo’, era insultada por el juez hasta el punto de llamarle “bicho” e “hija puta”. 

Nos queda taaaanto por hacer y defender. ¿Hay un cambio en el último año? Sí. ¿Ha sido beneficioso el #MeToo? Sí. Sin duda. Pero lo quiero todo y lo quiero ya. No me merezco menos. Y sabes que tú tampoco. 







 

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