Estoy deseando hacerme mayor

Han cambiado las líneas de autobuses en Barcelona. Aseguraban que para mejor, que el tiempo de espera disminuiría y la frecuencia aumentaría. Como usuaria he comprobado que no es así y a pesar de algún pequeño movimiento ciudadano que se manifestó en contra la TMB siguió adelante. Menos mal que están nuestros mayores para demostrarnos día sí y día también que no nos quejamos lo suficiente.

El lunes pasado, por ejemplo, a las 9:30 de la mañana en la parada del V11 de la Calle Urgell el panel informaba que el próximo bus tardaría 10 minutos en llegar que se convirtieron en 15. Para cuando apareció había una veintena de personas esperando y el vehículo ya iba bastante lleno. Una señora de unos 70 años subió delante de mí y le preguntó amablemente al conductor a qué se debía tal retraso y que si podían hacer el favor de arreglarlo. Ese mismo día, en otro autobús de la misma línea vi como un señor también de edad avanzada con bastón, hacía valer sus derechos y levantó de los asientos reservados a un tontaina adolescente que iba con la cara metida en el móvil y auriculares como de aparcar aviones en las orejas: “Aquí no te puedes sentar. No lo vuelvas a repetir”.

El transporte público es una excelente manera de observar el comportamiento cívico como el entomólogo que estudia a los bichos y, por lo que sé, los insectos tienen un orden y unas reglas que ya nos gustaría a nosotros. Estoy harta de ver cómo no se respetan los asientos reservados para los ancianos, las embarazadas y las personas con muletas o cualquier otro problema físico para los que un pequeño bache puede ser el Dragon Khan. Curiosamente, nunca me he atrevido a decirle a nadie que se levante y he preferido hacerlo yo para dejar mi plaza. Me cuesta quejarme, me da pudor, rehuyo los enfrentamientos siempre que me sea posible, pero aplaudo en silencio a mis mayores cuando reclaman lo suyo sin complejos. Con firmeza y una autoridad sin fisuras. Estoy deseando hacerme vieja para terminar con todas mis pamplinas, porque ya he comprobado que con la edad se me han ido unas cuantas.

En un viaje a Göteborg, una amiga sueca que nos había invitado a cenar en un restaurante pidió hablar con la persona encargada del local después de que se produjera un error en las comandas. Tardaron en traer los entrantes y llegaron junto a los segundos platos. El resto de la mesa, españoles, la miramos con asombro. Debatimos entonces sobre cómo solíamos comportarnos en situaciones similares y todos nosotros admitimos que jamás nos habríamos quejado, que nos daba ‘corte’. La sorprendida fue entonces mi amiga sueca, que había vivido en Barcelona unos meses y no se había percatado de esa diferencia cultural. Nos contó que en su país era algo habitual protestar cuando algo no funcionaba como es debido. El encargado del restaurante, por cierto, no sólo se disculpó por el error sino que nos invitó a los postres y en ningún momento la conversación fue tensa por lo que pude adivinar por el tono, los gestos y la expresión corporal. Llegamos a la conclusión de que precisamente por ser tan ‘educados’, dejamos de serlo y permitimos desbarajustes en nuestra vida cotidiana.

 

Aquí, los más persistentes a la hora de salir a la calle y reclamar son los pensionistas, que no están luchando solamente por lo que es suyo, sino por lo de las generaciones que venimos detrás y que a menudo no somos capaces ni de quejarnos cuando alguien se nos cuela en la fila del supermercado. A ver si aprendemos.

 

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