Al mal tiempo, buena cara

“No te vi la semana pasada, ¿tenías día libre? le pregunté. “No, es que se murió mi padre”, y se le llenaron los ojos de lágrimas. No la conozco demasiado, coincidimos en una de las colaboraciones que tengo y mantenemos una conversación trivial. Nos caemos bien, ella es habladora como yo y nos tratamos diez minutos una vez a la semana desde hace tres meses, pero ante la respuesta desnuda y sincera sólo pude decirle “lo siento” y admitir que no sabía cómo aliviar su dolor, que no me salían más palabras porque nada de lo que yo dijera sería suficiente. “Gracias, de verdad”, me dijo. Y me habló de su padre, de la pena que sentía, de lo mucho que le costaba ir a trabajar, pero que no podía cogerse la baja porque era autónoma y necesitaba el dinero. 

Estamos rodeados de eslóganes, de frases motivacionales, de palabras rimbombantes y vacías que te animan a seguir adelante pase lo que pase porque es lo más conveniente. Porque no hay tiempo, porque sentir se ha convertido en un lujo que no nos podemos permitir, porque hay que producir. Ya hay prototipos de robots con inteligencia artificial que ni sienten ni padecen, capaces de trabajar 24 horas siete días a la semana. Las expresiones faciales están cada vez más conseguidas; mueven las cejas y las comisuras de los labios para expresar tristeza o alegría. El esfuerzo está en que cada vez parezcan más ‘reales’, más ‘humanos’, cuando precisamente lo que nos distingue como especie, lo que nos ha hecho evolucionar, es la capacidad para sentir empatía, para asociarnos y comprender que como individuos no llegaríamos muy lejos, pero como tribu sí. Que ayudarnos los unos a los otros era fundamental para la supervivencia desde los tiempos en que era necesario tener una estrategia para enfrentarse a las fieras.

Las fieras ahora somos nosotros, tarados emocionales incapaces de ponernos en el lugar del otro porque desde el nuestro ya creemos que tenemos demasiado, que no podemos soportar más y el “sálvese quien pueda”. Leí el miércoles en ‘El País’ un artículo sobre los inmigrantes que en Aluche esperan frente a una comisaría de la Policía Nacional durante días y noches para no perder el turno y conseguir así el documento que inicia la solicitud de asilo. Enfermos, mujeres embarazadas, familias durmiendo a la intemperie para poder conseguir el puñetero papel y no volver a la casilla de salida, de vuelta a los países de donde huyeron con el único propósito de tener una vida mejor. 

Leo a diario también la cantidad de menores que están en el limbo, en bancos, en el suelo de comisarías o de centros desbordados que no tienen suficientes recursos para atenderles frente a nuestra despreocupación en el mejor de los casos mientras asisto al auge de movimientos xenófobos y mensajes como los de VOX que me producen náuseas por racistas, homófobos, misóginos. Todo lo que detesto y que me hace perder la fe en que el futuro sea un paso adelante y no un millón para atrás. 

No. No quiero poner al mal tiempo buena cara. No quiero ser cómplice. No quiero ser un robot. Quiero sentir aunque duela. Quiero seguir teniendo la capacidad del pensamiento crítico, usarlo y ser consecuente en cada una de las pequeñas acciones de mi vida pequeña y cotidiana. Sentirme responsable porque lo soy, en mayor o menor medida. Y que cuando alguien a quien no conozco demasiado me diga “se ha muerto mi padre” darle un abrazo, o un apretón, o simplemente escuchar porque en ese momento es lo único que puedo hacer. Ser humana, en fin. 

 

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