La (buena) educación

El día que murió mi padre una vecina me paró por la escalera y me destacó un detalle sobre él del que siempre me he sentido enormemente orgullosa: "Él siempre era tan educado." No es que en mi casa tuviéramos muchos recursos, pero las lecciones de respeto y empatía en sociedad nunca faltaron.

No sabría definir qué es la "buena educación", así como también me resulta increíblemente complicado cuando me preguntan qué es "vestir bien". Tal vez, porque las dos se refieran a algo tan abstracto pero universal como es la sensibilidad. "Evitar el disgusto a los demás”, me propuso un día una japonesa cuando le planteé la cuestión. Lo que sí tengo claro es que lo que más detesto en esta vida es la falta de educación.

Me altera cuando en el metro todos miran hacia otro para no ceder el asiento a una embarazada. Me preocupa que nadie ayude a una mujer a bajar el carrito de su bebé por unas escaleras. Me cabrea que un adolescente pasé con el patín a toda leche, tumbe a un anciano y no pare cuando a gritos se lo reprocho. Me enervo al sacar a Naya al parque y descubrir que todo está lleno de deshechos humanos (envases de bebidas y comida basura), pero que el cartel de multa por no recoger el excremento sólo vaya dedicado al perro (que en su caso, por lo menos, lo suyo es orgánico). Me deprime que las personas no dejen salir antes de entrar en un local o que no sujeten la puerta al que viene detrás (sea hombre, mujer, anciano, niño o gato). Me pone de muy mala leche que a las doce de la noche la gente, aunque esté de fiesta, no entienda que no puede generar el mismo ruido que a las doce de la mañana. Me sulfuro cuando en la caja del supermercado la gente interpreta el "por orden de fila" como "el que tenga más jeta". Me sulfuro cuando alguien tira un papel al suelo cuando a medio metro tiene una papelera y encima lo justifica con un "para eso pago la basura” (obtuso, pagas para que se mantenga limpia la ciudad, no para que recojan tu mierda).

Me alegro cuando a alguien se le cae algo por la calle sin darse cuenta y más de uno le señala su pérdida. Muero de amor cuando una dependienta pacientemente le cuenta las monedillas a una persona mayor. Agradezco que un individuo despistado con su teléfono en mitad de la acera se dé cuenta y se disculpe. Me reconcilio con el mundo cuando encuentro algún perro abandonado en la carretera y no soy la única que detiene su coche. Me emociono cuando reconozco esfuerzo en el estilismo de la persona con la que me encuentro. Albergo esperanza cuando un profesional con un trabajo de cara al público atiende a todo el mundo, sin excepción, con una sonrisa. Es conmovedor cuando alguien te dice "pasa, si sólo llevas una cosa". Bendigo a la basurera que reparte un notable "Buenos días" a todo aquel que se cruza en su camino, , pese a que a veces me despierte a las ocho de la mañana. Me derrito cuando alguien llora y un desconocido se le acerca y le pregunta "¿estás bien?". Alucino positivamente cuando un taxista encuentra un maletín con dinero olvidado en su coche y se lo devuelve al cliente. Me encanta cuando en una mesa hay pluralidad de ideas e infinito sentido del humor para enfrentarlas. Me apasiono cuando la humildad, sencillez y discreción caracteriza a los genios.... Y este sería el tipo de protocolo que impondría y la (buena) educación (sensibilidad), y no la del párrafo anterior, que desearía que nos gobernara en casa, la calle y, por supuesto, en todas y cada una de las instituciones públicas.

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