El más rico del cementerio

“En España, la pobreza aumentó durante la crisis 4 veces más de lo que se ha reducido con la recuperación. La desigualdad se ha cronificado, se desbocó durante la crisis y aún no hemos conseguido controlarla. No sólo somos el cuarto país más desigual de la UE, sino que, tras Bulgaria somos el segundo país europeo en el que la distancia entre ricos y personas empobrecidas ha aumentado más”, asegura el informe presentado esta semana por OXFAM. También sostiene que el 15% de la clase media española se hundió en la crisis y nunca se ha podido recuperar después: “Hay menos población de clase media y tienen menos ingresos. Uno de cada seis hogares de clase media entró en la pobreza durante la crisis y no hemos recuperado la situación anterior”.

Más: “En el mundo, la fortuna de los milmillonarios aumentó en un 12% en el último año -2.500 millones de dólares diarios- mientras que la riqueza de la mitad más pobre -3.800 millones de personas- se redujo en un 11%”. Los ricos son más ricos y crece el número de pobres que cada vez son más pobres. Pensaba en ello cuando vi salir a Cristiano Ronaldo de la Audiencia Provincial de Madrid después de aceptar una pena de 23 meses de cárcel y el pago de 19 millones de euros por fraude fiscal y hubo gente que le pedía autógrafos. Después se subió a su avión privado y hasta colgó una foto en las redes sociales todo sonriente. Volví a acordarme del informe de Oxfam cuando el ex presidente del Barça, Joan Gaspart, admitió haber cogido el metro por primera vez en su vida a sus 74 años. “Y no es tan trágico”, añadió.

No me molesta que tengan pasta, sino su exhibicionismo, la vanidad. Que haya gente que en su vida ha pisado un vagón de metro ya me lo imaginaba, pero que lo cuenten como una proeza para después quitarle importancia en un torpe intento de falsa humildad me saca de quicio. Que después de aceptar una condena y pagar 19 millones de euros fardes de tu jet me encabrita. Que encima te pidan autógrafos me deprime.

Si mi objetivo vital hubiera sido convertirme en millonaria no habría elegido ser periodista. No mido el éxito personal, ni el de los demás, por la cantidad de dinero que tengo en el banco ni por el tamaño de la casa en la que vivo. Pero si no llegas a fin de mes, si tienes una orden de desahucio, si tienes que elegir entre pagar el alquiler o comer, si pasas frío porque no te puedes permitir encender la calefacción, si te despidieron del trabajo al comienzo de la crisis y sólo has encadenado empleos precarios desde entonces, por muchos libros de autoayuda y muchas frases motivacionales que te repitas como un mantra no vas a ser feliz. Porque la felicidad consiste, básicamente, en la ausencia de miedo.

Ser conscientes de que la realidad en la que vivimos es la de una sociedad que se ha empobrecido, en la que existe ya una generación en la que los hijos viven peor que sus padres y tienen menos expectativas laborales, menos poder adquisitivo y mayores dificultades para poder independizarse es prioritario para poder revertir la situación. Seguirá habiendo millonarios, pero es difícil que nos los encontremos porque viajan en avión privado y no usan el transporte público. Dejar de admirarles por sus cuentas corrientes y sus paraísos fiscales significaría que tenemos un nivel de educación del que ahora, a la vista está, adolecemos. Tener conciencia social significa saber que hay quien no tiene para comer y hacer algo para cambiarlo, por pequeño que sea el gesto. Porque al final, ser el más rico del cementerio no vale absolutamente nada.

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