Caye

Desconozco si a Cayetana Álvarez de Toledo la llaman "Caye", pero para escribir un perfil sobre su comunicación no verbal tarareo a Manu Chao. Me encanta esa canción, "Me llaman Calle". La que fue la banda sonora de la película "Princesas" se me antoja triste pero reivindicativa y bailonga a la vez. Bueno, es lo que tienen las rumbas. Por favor, que nadie me malinterprete o le busque una doble intención a esta introducción porque más de una vez he considerado seriamente que Caye podría ser un nombre precioso para bautizar a un futura hija o hijo (aunque me fascinaría más escoger entre Libertad o Llibert). Lo malo que las únicas referencias sobre Cayes son las de la Duquesa de Alba, la del torero (torturador) y la de la nieta de la primera y sobrina del segundo (para los que no estéis puestos en el cotilleo casposo folclórico nacional, me refiero a la hija de Eugenia Martínez de Irujo y Fran Rivera)...

La cabeza de lista del PP al congreso por Barcelona nació en Madrid por casualidad. De hecho, no fue hasta 2008 que no se nacionalizó como española. La marquesa de Casa Fuerte es argentina (mira, como Echenique, Fachín, Facu Díaz...) y reconoce que antes de llegar a España consideraba que era un país de pandereta en el que no existía una auténtica democracia moderna (!que nos cuente que tomó para cambiar esa percepción!)... Álvarez de Toledo se crió en Inglaterra y, después, Buenos Aires. Y pese al apellido paterno, su padre era francés. Efectivamente, de ahí (y no tanto por el pedigrí aristócrata) ese estilo chic que la convierte hoy como la segunda malvada mejor vestida en mi ranking de "que mal me cae, pero que armario tiene" (la primera es Melania Trump). Apenas se maquilla, presume de melena (no para de recogerse el pelo en la oreja cada dos segundos, tic que me pirra y comparte con Ada Colau y con todas "las niñas bien" que han ido a colegio de pago o concertado), es sobria y aparentemente austera. Porque claro, el encanto de su look arreglado pero informal (en blusas blancas, jeans, suéters, petit robe noire, zapatillas de deporte o stillettos...) es la calidad del tejido (quiocir, el diablo no viste de Zara).

Cayetana Álvarez de Toledo no es Inés Arrimadas. Es decir, la popular no tiene que intentar ir de pija porque ya lo es (sin remordimiento, sin curserías). Y eso se nota tanto en la distinción de la elección de prendas de vestir como en la contención de sus gestos (a las clases altas se les educa para que no expresen y transmitan sus emociones en público).

Pese al cabello rubio, la esbeltez de su cuerpo y la mesura en el adorno y la gesticulación; la delicadez no la definiría. No sólo porque las facciones de su rostro son muy angulares y duras sino por el halo de soberbia que la envuelve. Porque así como se le reconoce fácil el chic francés; también se le intuye esa cara de asco permanente que tanto caracteriza a la aristocracia británica. Álvarez de Toledo reconoce que siente "una gran atracción por el espíritu británico y su manera de entender la vida". Ese ponerse las manos en los bolsillos pero con los pulgares (ego) hacia fuera (aquí estoy yo), esa barbilla altiva (me creo superior) y ese rictus permanente de desprecio por la vida en general. Sí, como cuando Victoria Beckham se paseaba por España con el morro y la nariz arrugada porque le olía a ajo. De la escuela de Jose Maria Aznar, confunde el miedo con el respeto.

Sus ojos caídos no ayudan, la verdad. Aunque haga un amago de sonrisa, a quien la reciba le parecerá que le está perdonando la vida o consumiendo toda la energía. Sólo he encontrado una instantánea en la que se la ve sonreír de oreja a oreja. Fue en una visita de su amiga la reina Máxima de Holanda. Y ya os advierto que Álvarez de Toledo es de las que enseña los dientes (ataque) hasta en su tiempo de esparcimiento.

  • Comparteix