El postureo

Estoy harta de tanto postureo. Estoy enfadada y tengo motivos para estarlo. Estoy hasta el moño de los aplausos condescendientes por los pequeños avances logrados gracias al feminismo, no a un ataque repentino de conciencia global. Y sí, digo pequeños porque mire donde mire sigo sin ver igualdad y a muchos encantados de haberse conocido. Ya está bien, hombre.

El sábado pasado el Barça femenino disputó la final de la Champions frente al Olympique de Lyon, un hecho histórico ya que era la primera vez que lo conseguía un equipo de la Liga Iberdrola. Los medios de comunicación debían contarlo porque la ocasión lo merecía y muchos celebraron la gran evolución ya no sólo del fútbol, o del fútbol femenino, sino del deporte femenino en general sin darse cuenta que las exageradas celebraciones y palmadas en la espalda mostraban claramente lo que hasta ahora se ha considerado normal: la desigualdad.

Y encima, el canal de televisión Gol que tenía los derechos de la final no conectó con el partido hasta que ya se habían jugado 11 minutos y el Olympique había marcado dos goles, algo impensable en una final masculina. Además, escuché en la radio en una emisora nacional que lo consideraba “el partido de la jornada”, como antes y durante cortaba continuamente la transmisión para hablar con un jugador del Sevilla, otro del Villarreal y conectaban con Valladolid. El ‘partido de la jornada’, en fin, no lo parecía y era el segundo plato. Mientras, en el fútbol femenino no tienen ni siquiera un convenio colectivo.

Esta semana se ha celebrado también que en el Congreso haya más mujeres que nunca. Concretamente 166, el 47,4% de los 350 escaños siendo el Parlamento español el más igualitario de toda Europa. Eso sí, en las últimas elecciones generales ninguna era la cabeza de lista. Incluso Pablo Iglesias, que va presumiendo de dar biberones y cambiar pañales, tuvo un desliz al decir que las encuestas preelectorales no eran de fiar porque se habían realizado antes de que él volviera de su permiso de paternidad. Es decir, que los votantes no se fiaban de Irene Montero, que además es su pareja. Podemos festejó su regreso con un cartel: “Vuelve” y con las letras ‘el’ resaltadas. Y eso que Podemos son los feministas…

Las grandes empresas se esfuerzan también en presentarse como abanderadas del feminismo y tampoco caen en que si se han afanado tanto es porque el llamado techo de cristal era más bien de cemento armado. Y sigue siéndolo: las mujeres ocupan sólo un 30% de los puestos directivos de las empresas y es el mejor dato desde el 2015. ¿Más datos? Pues por ejemplo que de 16 profesiones sanitarias, 13 tienen más mujeres que hombres y sin embargo las mujeres dirigen menos del 20% de hospitales, sociedades y facultades.

El deporte suele ser un excelente escaparate donde lucir los avances en igualdad. Y los anuncios quedan chulísimos, ya sólo falta que cuenten la verdad. Este miércoles Allyson Felix, la atleta más laureada de la historia de los Juegos Olímpicos, escribía un artículo en The New York Times donde relataba cómo después de quedarse embarazada la firma Nike le ofreció un contrato reduciéndole el 70% de su sueldo. Ella lo aceptó, pero trató de incorporar una cláusula: “Quería que Nike me garantizara por contrato que no me sancionaría si mi rendimiento decaía en los meses inmediatamente posteriores a mi maternidad. Si yo, una de las atletas más consideradas, no podía garantizarme esas protecciones, ¿quién iba a conseguirlo?” La empresa le dijo que no y las negociaciones siguen rotas. Curiosamente, Felix recuerda que firmó con Nike porque creía en sus principios. Su compañera Alysia Montaño ya lo resumió así hace una semana: “Nike me dijo que soñara a lo grande hasta que quise tener un bebé”. Si una de las mejores atletas de la historia es tratada así, no resulta difícil imaginarse el panorama de las demás.

Mire donde mire, yo lo que veo es mucho postureo. Así que perdonen que no me sume a la fiesta, pero es que sigo sin estar invitada.

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