Nunca logré ver a la anciana, abatida y con una gran nariz. Por mucho que me la señalen, siempre visualizo a la joven coqueta y elegante. Me refiero a la conocida figura creada por el dibujante W.E.Hill, en 1915, con la que demostraba a la perfección qué es la inversión perceptual. Cuando nuestro cerebro ve una imagen de este tipo, trata de agrupar todos los elementos que aparecen en ella según sus principios de organización y prioridades morales y estéticas. Pero, cuando existen varias interpretaciones ambiguas (digamos que eres votante dels Comuns o de Cs), algunos también tienen la capacidad de saltar de una a otra. Hace unos años, el reto visual y viral, algo diferente, lo protagonizó un vestido: algunos lo veían blanco y dorado (pues claro), otros azul y negro (madre mía, estáis fatal) y después estaban los que aseguraban que podían entrever las dos opciones...

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Reflexiono sobre todo esto porque esta semana no he parado de darle vueltas a la percepción de los vídeos que la abogacía del Estado empleó el miércoles como documentos gráficos en el juicio del procés. En las imágenes yo identifiqué a Jordi Sánchez con una banderola de fondo donde se leía la palabra "democracy", mientras pedía que la gente fuera a votar el 1O, aunque lo hiciera con la papeleta del no. También, Quim Forn demandaba en una entrevista radiofónica que la gente mantuviera siempre la calma ante las provocaciones y que las manifestaciones y protestas debían mantener siempre un carácter pacífico. Incluso, la acusación, proyectó un seguido de mensajes de Ómnium en los que lo más grave que se pedía es que la gente se quedara a dormir en los colegios para poder celebrarse el referéndum al día siguiente.

Intento con todas mis fuerzas ponerme en el lado de los que ven a la anciana o el vestido azul y negro (me refiero, a ponerse en el otro lado); y lo más que logro es visualizar un delito de desobediencia. ¿Pero dónde veis en la organización del referéndum violencia? ¿Rebelión? ¿En serio?

Lo más chocante del asunto es que cuando llegó el turno de la defensa y se mostraron las imágenes de la desproporcionada carga policial el 1O contra gente indefensa (vale, hubo un anormal que lanzó una silla: ¡UNO!) y yo me vi obligada en más de una ocasión a retirar la mirada por su dureza; había gente en Twiter que comentaba que esos golpes (incluso porrazos en la cabeza, puñetazos en la cara y patadas gratuitas en gente que ya estaba herida en el suelo) eran casi caricias. ¿Qué clase de infancia debes haber sufrido para justificar esa agresividad y violencia?

Por tal razón, me pareció fantástica la estrategia del abogado de Forn de utilizar vídeos de otras protestas y manifestaciones celebradas por otros motivos y en cualquier lugar del Estado donde sí había existido violencia. Era como un programa de Barrio Sésamo con Coco: "Queridos amiguitos, hoy aprenderemos la diferencia entre manifestaciones violentas y manifestaciones no violentas; entre golpe de Estado y desobediencia".

Algunos de los abogados de los acusados también pidieron quitar el sonido de los vídeos. Es una excelente manera de deshacerse del ruido. Las palabras muchas veces distraen más que aclaran. Escuchar a una parte de la multitud insultar a los agentes ("hijos de puta", "puta España", "sois mierda"...) no es algo que vaya a justificar (la falta de respeto siempre perjudica a quien la emplea y la causa, justa o no, que defiende); pero tampoco considero que sea ningún motivo para que las fuerzas del Estado pierdan los nervios y empiecen a descargar su furia contra personas desarmadas. Más que nada porque a un policía se lo debería someter a análisis psicológicos periódicos que confirmen que está en su sano juicio (serenidad) para emplear la fuerza y un arma (sólo para protegerse de una amenaza o peligro físico propio, ajeno o colectivo y real que no pueda resolverse de otro modo).

Con todo, estoy dispuesta a hacer el experimento y salir de dudas. Sentarme con cien personas, proyectar los vídeos del 1O y preguntarles ¿qué ves aquí? Porque según su respuesta sabré de quién debo alejarme...

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