La pesada

Se llamaba Ana Lucía Silva. Tenía 49 años y una hija de 16. Hace una semana murió asesinada por herida de arma blanca. La mató su pareja, Salvador Ramírez, que se suicidó después. Este miércoles la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género confirmó que se trata de un crimen machista, el número mil desde que empezaron a registrarse las estadísticas en 2003. Salvador Ramírez estaba en libertad condicional tras haber asesinado a su primera mujer, que se llamaba Amanda. La estranguló con el cable de una plancha y luego la metió en la bañera de la casa para asegurarse de su muerte ahogándola. Tenían tres hijos. Amanda no cuenta en las estadísticas porque el crimen se produjo en el 2002, antes de que empezaran a contabilizarse.

25 mujeres asesinadas en lo que va de año, 14 huérfanos y sólo el 4,7 de la población según la encuesta del CIS de febrero considera que la violencia machista es un problema grave por detrás del paro, la situación económica o la inmigración. 1.000 mujeres desde el 2003 y todavía hay que leer como se hace la comparación con policías, bomberos o gitanos, como si ser asesinada por el simple hecho de ser una mujer no tuviera importancia por sí, no tuviera entidad. Como si así sólo entonces cayéramos en la cuenta de la barbaridad que supone.

Que a estas alturas y con semejantes cifras que no dejan el mínimo resquicio a la duda asistamos a los intentos por seguir minimizando el daño, el problema, con nuevos términos como ‘violencia intrafamiliar’ y que en Madrid el PP esté retirando las pancartas en los edificios municipales después de su pacto con VOX es desesperante. La normalización de la violencia contra las mujeres es un hecho. No se considera una prioridad y se intenta disfrazar con palabras vacías y números que suenan huecos y no conciencian.

Este jueves la víctima 25 fue hallada en Terrassa. Se llamaba Mónica Borràs y estaba desaparecida desde el pasado 7 de agosto. Su compañero de piso, que había sido su pareja, Jaume Badiella, confesó el crimen después de que los Mossos con ayuda de un georadar encontraran el cadáver bajo una capa de yeso enterrado en el taller de la casa. Él fue quien puso la denuncia por la desaparición, concedió una entrevista a El Punt en el que lamentaba no tener noticias de Mónica e incluso acudió a la comisaría junto a la madre de la víctima para formalizar la denuncia. Casi un año después ha admitido que la asesinó.

No son números. No son policías ni bomberos. Son mujeres y cada una tenía una historia. La primera se llamaba Diana Yanet Vargas y murió en la noche de Reyes del 2003 después de que su pareja la lanzara por el balcón. Fue condenado a 14 años y salió de la cárcel a los cinco. Después han sido asesinadas muchas más de las que cuentan las cifras oficiales. Porque, por ejemplo, Diana Quer no cuenta como víctima de violencia machista ni todas aquellas que mataron hombres a los que no conocían o con los que no habían mantenido una relación. Según feminicidio.net ya son 41 las mujeres asesinadas en lo que va de 2019 y no 25. Y las que vendrán. Las que lamentablemente engrosarán la lista del horror porque seguimos fallando en la educación y prevención, en la visibilización, en el trato en los medios de comunicación y en la concienciación mientras permitimos que la ultraderecha ponga bajo sospecha las cifras, cambie la terminología y pacte para gobernar con el PP y Ciudadanos.

"¿De qué vas a escribir?" Me ha preguntado una amiga esta tarde. “De lo de casi siempre, de mujeres asesinadas”, he contestado. Porque, simplemente, es desesperante que sigamos sin darle la importancia que tiene y a pesada no me gana nadie.

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