No me mires

"A las mujeres primero se nos mira y luego se nos escucha". Era el titular que acompañaba una fotografía de Rosa Díez en la que pretendía hacerse pasar por modelo con un escueto vestido con volantitos de Ion Fiz en una portada de El Magazine de El Mundo en el año 2010. Si has estudiado algo de comunicación no verbal sabes perfectamente que como cualquier otro animal, guste o no, los humanos primero juzgamos por la apariencia (sea nuestro objetivo hombre o mujer) y, luego, consideramos si merece la atención del resto de nuestros sentidos. Esta portada de Díez es una de las que suelo poner de ejemplo a mis alumnos universitarios cuando les explico que el peor error que puede cometer una mujer política es pretender ser primera dama (mujer florero).

Rosa Díez reapareció el miércoles en la vida pública política en Barcelona para pedir el voto por Pablo Casado y ese mismo argumento de 2010 fue el que empleó para condenar que todo el mundo hablara de su atavío. La exsocialista y luego líder de UPyD se vistió para la ocasión con un look masculino conformado por una americana y corbata XXL y zapatos bicolor tan del gusto -casualidad o no- de los gánsters. Quien haya seguido su trayectoria política, sabrá que no es la primera vez que se valía de tales accesorios. Sin embargo, su estilismo provocó miles de memes en redes sociales y comentarios en los medios de comunicación. Y otra vez el debate sobre la mesa: ¿comentar el outfit de Rosa Díez es machista?

Díez aclaró que la corbata era una referencia al Bosque de Oma, la obra que el artista Agustín Ibarrola creó en los años 80 en la localidad vizcaína de Kortezubi. «Esta corbata es un guiño a la resistencia, un homenaje al resistente Agustin Ibarrola. Dibuja el bosque de Oma, ese bosque que una y otra vez le quemaban los totalitarios vascos. Gracias Agustin, por tanto», escribió en sus redes sociales. Su outfit, por tanto, tenía un mensaje (aunque necesitáramos subtítulos para entenderlo...) y buscaba precisamente ser percibido (visualizado, comentado y criticado).

La premio Pulitzer Alison Lurie en su libro El lenguaje de la moda recuerda como en los años 70, las mujeres que empezaron a trabajar en la administración se impusieron un uniforme masculino. El traje de chaqueta (se llevaba holgado y con grandes hombreras para emular incluso el cuerpo de sus colegas) se hizo tremendamente popular. El resultado visual, señala Lurie, sin embargo, era en cierto modo algo triste: era como si la mujer hubiera robado las prendas de su papá para disfrazarse de señor poderoso. El mensaje, aunque a algunas feministas no se le antojara así en aquel momento, era del todo perverso: ni vuestra constitución ni vuestras formas tendrán cabida jamás en este mundo pensado por hombres y para hombres; si queréis jugar a ser iguales a nosotros, tendréis que disfrazaros. Una manera más, la estética, de perpetuar los referentes masculinos.

Aún así, al hacer una retrospectiva histórica del vestido, la apropiación de prendas consideradas culturalmente masculinas por parte de las féminas ha contribuido a la revolución indumentaria y feminista. Por eso, siempre replico cuando oigo hablar con desdén de la estética de Thatcher, Merkel o Clinton. Si hoy Alexandria Ocasio Cortez comparte en Instagram sus trucos de belleza sin reparo alguno (eso no la hace menos inteligente ni menos feminista) es porque muchas mujeres antes que ella contribuyeron a conformar un patrón de liderazgo femenino (la Dama de Hierro aceptó ir a un logopeda para cambiarse la voz ya que resultaba demasiado melosa para gobernar, pero no permitió que le quitaran el bolso, las perlas ni los tocados).

Pero ahora, gracias a nosotras, reivindicar un atuendo masculino en política está más que superado. De hecho, un carmín rojo, una sonrisa, un estilo (carácter definido) o ejercer la empatía es lo que se presenta a día de hoy transformador. Rosa Díez y sus fachas ya son pasado.

 

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