Me enseñaron una vez, y ya nunca se me olvidó, que es importante llamar a las cosas por su nombre y que para eso hay que saber lo que significan las palabras. Definir.

Según la RAE. Oasis:

1. Sitio con vegetación y a veces con manantiales que se encuentra aislado en los desiertos arenosos de África y Asia.

2. Tregua, descanso, refugio en las penalidades o contratiempos de la vida.

Ahora, hoy, que con la confesión de Jordi Pujol ha quedado demostrado que el oasis català no sólo no existía, sino que además era un lodazal, un charco de barro, no un vergel, estaría bien reflexionar en voz alta sobre cómo seguimos creyéndonos los cuentos y, sobre todo, por qué. Érase una vez, otra vez.

Jordi Pujol, el presidente de la Generalitat durante 23 años, figura clave en la política española, catalana, en la transición, en el proceso de identidad de un país y otro, envió una tarde calurosa de viernes de finales de julio un comunicado a los medios de comunicación. En él admitía haber defraudado a Hacienda durante 34 años. No encontró el momento, dice, de declarar una herencia de su padre, dice. Al parecer fueron pasando los días, las estaciones, las amnistías fiscales, los pactos con el poder, y nada, que el tiempo se le echó encima sin poderlo evitar.

Sus siete hijos nacieron, crecieron, montaron sus negocios, se lucraron. De los siete, seis están bajo sospecha de “ejercer influencia con su apellido”. Hay uno incluso que, presuntamente, llenaba bolsas de El Corte Inglés con billetes de 500 euros con destino a Andorra. La esposa del President pasó de tener una floristería en la calle Balmes a un emporio. No había sarao, ni compromiso institucional en Catalunya que no contara con un centro de flores frescas de la ‘tiendita’ de la señora Ferrusola.

Todo esto no sucedía en un subterráneo. No se puede hablar de realidad oculta porque estaba ahí, a la vista. Los coches de gama alta, las propiedades, el lujo con el que vivían algunos de sus vástagos. Ahora resulta que todo el mundo sabía o sospechaba, pero se hacía pa dentro. ¡Eh! El oasis català. La tregua, el descanso de las penalidades y contratiempos de lo que sucedía en la árida España, el “intratable pueblo de cabreros”, que decía Gil de Biedma. Y la condescendencia. La superioridad moral con la que Pujol se permitió dar lecciones de ética y negar hasta el último día lo que ahora, ¡tachaán!, ha confesado: Que durante no uno, ni dos, ni tres, sino 34 años ha tenido millones sin declarar en el extranjero.

¿Cuántos millones? Se desconoce. El presunto acto de contrición no le ha golpeado tan fuerte la conciencia como para dar detalles sobre la cantidad y la identidad del amigo de la familia que se hizo cargo en primera instancia de las pelas hasta que un hijo de los siete tomó el relevo. Que el dinerillo sea de la herencia del iaio tampoco parece que esté colando mucho. Si han sido lo suficientemente listos igual nunca se sabrá. La verdad, digo.

Porque aquí, y allá, parece que de lo que menos se trata es de saber la verdad. Es más una cuestión de los míos, los tuyos y pues anda que tú, tú más. Me juego lo que tengo (que no es mucho y lo declaro todo salvo que mi padre me dé la sorpresa de mi vida, que visto lo visto son cosas que pasan), a que exactamente los mismos que se golpeaban el pecho con gesto teatral por el honor del ‘Molt Honorable’ (ejem) y aseguraban que las informaciones sobre dinerillos más allá de las fronteras eran un ataque hacia el proceso, serán ahora, los mismos, mismitos, que saldrán con gesto solemne a pedir, si us plau, que no se mezcle una cosa con la otra. Porque ellos, claro, nunca lo hicieron en primera instancia.

Y la verdad ¿a quién le importa?

“Pa que me roben, que sean los míos”, debería ser el tatuaje en la frente de algunos. Se olvidan de un pequeño detalle, o quizás (ay dios) les dé lo mismo, aquí y allá: Que mienten. Con descaro. Del “yo no tengo dinero en el extranjero” de Pujol al “Fabra es un ciudadano ejemplar” de Rajoy. Por poner, quizá, dos ejemplos.

Y aquí y allá percibo que la gran preocupación ahora es cómo afecta todo esto al proceso soberanista de Catalunya. ¡Bah! Total. ¿Qué importancia tiene lo de Pujol si en un par de días se reúnen Mariano Rajoy y Artur Mas y seguro que llegan a un acuerdo? Porque tiene toda la pinta, vamos, de que esto lo arreglan los dos en cuanto se vean y dialoguen una mica con un carajillo delante. Salut! ¡Chin-chin!

Sigamos con el cuento. Tan entretenidicos. No pasa nada. Ni aquí, ni allá. Lo importante, lo fundamental, es sentirse en lo más hondo de una bandera o de otra. De un pueblo o de otro. De un país o de otro. Y en el margen izquierdo del periódico (que ya se sabe que es el que menos se lee por una cuestión de prioridades del cerebro) seguirán apareciendo noticias a una columna como: “El Constitucional avala el despido gratuito en el primer año de contrato”.

Más pobres, precarios, con menos derechos fundamentales, menos servicios sociales, más recortes. Con menos oportunidades. Pero, ché, con la bandera en todo lo alto. En nuestro oasis. Nuestra tregua. Nuestro charco. Nuestro cuento.

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