Hay periodistas de los que me gusta todo lo que dicen y escriben. Desde el tono a la perspectiva, el humor, la utilización de las palabras, el ritmo, la cadencia. Todo, ya digo. Seguro que si a algunos les conociera personalmente, por gustarme me gustarían hasta sus andares.

Entre ellos está Pedro Simón, recientemente galardonado con el premio Ortega y Gasset de periodismo, que ha repetido durante la promoción de su libro ‘Peligro de derrumbe’ una anécdota: “A la Tía Anica 'La Piriñaca', una cantaora flamenca, le preguntaron una vez que cuándo sabía ella que había cantado bien. Contestó: «Cuando la boca me sabe a sangre». Eso es lo que sucede, que te dejas las uñas y el alma en una historia. Y sales arañado”. 

Trabajé durante 17 años en el diario Marca y yo, que para la mayoría de las cosas tengo la memoria de la Dory de Nemo, no recuerdo resultados de partidos de hace dos semanas (de alineaciones ya ni hablamos) y pierdo de media un mínimo de un cuarto de hora al día buscando las gafas, tengo grabada la frase que un día me dijo Roberto Palomar, del que, efectivamente, me gusta hasta cómo anda, cuando me quejaba porque no sabía qué escribir sobre, evidentemente, ya no me acuerdo qué: “Las palabras están ahí, solo tienes que escogerlas”. 

Viene todo esto a cuenta porque no sé por dónde meter mano a la polémica sobre Guillermo Zapata. No sé dónde dejarme las uñas, aunque las palabras estén ahí y solo tenga que escogerlas. Los chistes de Zapata no me hacen ni puñetera gracia, la defensa a ultranza de algunos tampoco, así como el ataque furibundo de otros. Ha pedido perdón, ha reconocido que la pifió y ha explicado el contexto en el que fueron escritos, hace cuatro años, los tuits. ¿Es suficiente? Pues para algunos no y para otros sí. Tras leerle a él y las diferentes columnas de opinión en ambos sentidos, me pasa que encuentro en la mayoría de argumentaciones razones con las que estar de acuerdo. Con los unos y con los otros. Argumentaciones, repito. No bilis.

Hace unos días publiqué un tuit sobre la vergüenza que me daba que el juez Pedraz no pueda seguir con el caso Couso ‘gracias’ a la ley del PP. El escrito del juez era demoledor. Pues bien, alguien me contestó primero que a ver si me enteraba, para después añadir que no le interesaba lo más mínimo lo que había denunciado Pedraz y que ni se había enterado. Que "se la pelaba", textualmente. Pero aún así, daba su opinión alegremente. La irritación que me produjo me dura hasta hoy. 

No puedo, de verdad. No puedo con los prejuicios, los cerriles y los ignorantes orgullosos de serlo. Me enerva la falta de comprensión en general, y de la lectora en particular. Me sulfuran los que militan con un partido político como si fueran de un equipo de fútbol, con fe ciega y sin fisuras. Me exasperan los que te obligan a pertenecer a un bando,  o los que se apuntan al que sea solo por formar parte del rebaño y estar calentitos y sentirse acompañados, aunque a veces confieso que me inspiran cierta ternura. Me crispa la falta de ética y me tocan muy mucho las meninges los que gritan por sistema ¡demagogia! a los que no son 'de los suyos'. Me agota también el cabreo permanente de algunos, su constante estado furibundo y me niego a ser uno de ellos. 

Hay periodistas de los que me gusta todo y, ante todo, lo que más me atrae es su espíritu curioso y crítico. Hay otros con los que casi nunca estoy de acuerdo, pero suelo estar atenta a lo que dicen porque ver, leer y saber otro punto de vista jamás resta, suma. Curiosamente, los primeros suelen tener pocas ínfulas y parecen siempre dispuestos a dejarse sorprender, mientras que los segundos se muestran encantados de haberse conocido y, por lo tanto, resultan impermeables. 

Hay veces que, simplemente, soy incapaz de hincar el diente, porque no deseo el sabor a sangre. En algunas ocasiones, en fin, no tengo una opinión formada, ni cerrada y me gusta escuchar qué dicen los demás sin escoger trinchera. Prefiero elegir las palabras.

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