El 9 de octubre del 2009 el comité de los Nobel anunciaba que el ganador del Nobel de la Paz era Barack Obama. Por aquel entonces, solo llevaba ocho meses y medio en el cargo, pero los señores del galardón decidieron dárselo por las siguientes razones: “Como presidente Obama ha creado un nuevo clima en la política internacional. La diplomacia multilateral ha recuperado un puesto prioritario, con énfasis en el papel que pueden desempeñar la ONU y otras instituciones internacionales”. Además, se destacaban sus extraordinarios esfuerzos por fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”. La frase definitiva fue que le habían elegido a él y no a otro por dar al mundo “esperanzas en un futuro mejor”.

El pasado viernes, cinco años después de haber recibido el Nobel de la Paz, Obama admitió en la sala de Prensa de la Casa Blanca que oficiales estadounidenses habían torturado “a algunas personas” tras los atentados del 11S. Sí, sí. Tal cual. “Es importante que no seamos demasiado moralizantes retrospectivamente sobre el duro trabajo que estas personas tuvieron. Y muchas de ellas estaban trabajando mucho y bajo una presión enorme y son verdaderos patriotas”. Torturar, ya se sabe, es una faena muy fatigosa, y son los torturadores, y no los torturados, para los que Obama pidió apoyo y comprensión. 

El presidente que daba al mundo “esperanzas en un futuro mejor”. El mismo. El que “fortalecía la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”. Eeese mismo también, afirmó el viernes que “Israel tiene derecho a defenderse de los ataques de Hamás ya que ningún país puede tolerar que los misiles lluevan sobre sus ciudades o que se caben túneles bajo su territorio con fines terroristas. Además, pidió la inmediata liberación del soldado israelí secuestrado por Hamás. El mismo soldado que ayer Israel dio por muerto en combate. Vamos, que no había sido secuestrado. Con sus palabras y sus actos, o mejor dicho, la ausencia de ellos, Obama está dejando claro cuál es su bando: Israel.

El viernes, en Madrid, Mariano Rajoy tuvo el detalle de dar una rueda de Prensa ocho meses después de la última en la que aceptó turnos de preguntas. Un detallazo. En su discurso inicial sólo se preocupó de sus datos macroeconómicos (que al parecer son la torta, pero no me hagan mucho caso porque me mareó con tanto número) y lo divinamente que se ha llevado el cambio de Rey. Ni una palabra de Gaza. Cuando más tarde se le cuestionó por ello lo primero que señaló es que él, como “ser humano”, y no como teleñeco, esperaba "que termine el drama humanitario en el que se pierden muchas vidas humanas, civiles, niños y gente que no tiene nada que ver”. Escuchando al presidente del Gobierno español parecía que en Gaza haya habido un tsunami, o un terremoto, algún tipo de desastre natural y no el ataque de un ejército. Concluyó afirmando que “la Comunidad internacional está haciendo todo lo que puede, pero tan fácil no debe ser”. 

Y así van pasando los días y hoy se cumplen 26 desde el comienzo de la ofensiva en Gaza. El último balance habla de 1.500 muertos. Las imágenes que día a día escupe la televisión, las fotografías, los testimonios, son desoladores, escalofriantes, vergonzantes. Más allá de cuestiones políticas hay un dato, solo uno, que debería remover las conciencias: La población civil en Gaza no tiene un lugar seguro donde refugiarse. La población civil, no los terroristas. Creían que las escuelas habilitadas por la ONU lo eran, pero no. También las han bombardeado. No hay amparo, protección ni socorro posible. La comunidad internacional asiste como mera espectadora al desproporcionado ataque.

Este es el cuento, truculento, de un viernes 1 de agosto. Con Obama, el premio Nobel de la Paz, admitiendo torturas y apoyando a Israel. Con Rajoy dando números y felicitando a Felipe VI y su esposa por los viajes que están realizando desde que son reyes. En Gaza, mientras, murieron 120 personas después de que fracasara la tregua en apenas tres horas. Un viernes cualquiera. Un viernes más. Y los que vendrán. Ay.

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