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Me han regañado. Me han afeado los artículos. Lo juro. Es tal cual. “Que sí, que están bien y tal, pero joder Gemma, que es verano, algo un poco más ligerito ¿no?”, me decía una amiga. “¡Qué! ¿De qué escribes mañana, qué desgracia toca ahora?, otro. “Te estás poniendo un poco pesadita con los refugiados y las maltratadas, ya vale ¿no te parece?”, otro. 

No pongo sus nombres porque seré intensa, pero no mala persona, y no quiero que vayan los pobrecillos por la calle y la gente les señale y me los abochornen: ¡Ahí van los sinalma!”. Que al fin y al cabo son mis amigos y ya me cuesta un huevo hacer nuevos porque me pongo pejiguera. Así que, como sufro de hipersensibilidad ante las críticas de allegados, empecé a repasar periódicos y webs para parecer lo suficientemente frívola con estos calores, no arruinar la siesta a los veraneantes, demostrar que puedo ser jaracandosa como la que más y que me sigan invitando a fiestas de cumpleaños. 

Y ahí me tienes, buscando tontunas en las noticias, cuando la vista y la atención se me iban a los inmigrantes gaseados en la frontera entre Macedonia y Grecia, las imágenes de niños aterrorizados frente a la policía con porras, cascos y viseras, el récord de la Guardia costera italiana que este fin de semana ha rescatado a 4.400 personas, refugiados en su mayoría... Ná. Que se me va. Que no me centro en las tormentas que están jorobando los últimos días de agosto, o dónde sirven el mejor gazpacho, o hasta que punto es culé el militar estadounidense que impidió la matanza en el tren Amsterdam-París abalanzándose sobre el terrorista con kalashnikov, o el síndrome post vacacional, que uy la gente lo pasa muy malamente, o la eterna polémica sobre la tortilla con o sin cebolla, o el coste de las vacaciones de Carmena, o el auge de la cerveza artesanal, o el último selfie del culo de la Kardashian. 

Hablando de selfies. Entraba el otro día al Mercat de la Boqueria cuando tuve que sortear a un grupo de chicas que posaban para hacerse uno. Pasé a su lado y no emitían ni un sonido, aunque todas estaban con la boca abierta como si se estuvieran riendo a carcajadas. Ahí estaban, estáticas y silenciosas, sin pestañear siquiera, mirando a cámara en perfecta pose. Cualquiera que vea la foto se imaginará las inexistentes risas, dará por hecho el jolgorio. Puede que incluso ellas mismas se recuerden partiéndose en pleno éxtasis de felicidad y no silentes como pasmarotes cuando la revisen. 

Es verano. Preferimos asuntos ligeros que nos ayuden a tener y conservar una imagen de nosotros mismos y de la realidad que vivimos más cuqui, no vaya a ser que la foto sea la de verdad, con nuestros momentos, nuestras miserias, las vergüenzas y el gesto torcido. No vaya a ser que no parezcamos lo suficientemente felices y despreocupados. No vaya a ser, en fin, que pestañeemos y salgamos con los ojos cerrados. 

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