Hace años me dieron un balonazo tremendo durante un entrenamiento en plena cara y el fisioterapeuta del Barça Ángel Mur me atendió en un cuarto del Camp Nou mientras me sangraba la nariz.

“Llora, tienes que llorar”, me insistía después de comprobar que no tenía la napia rota y mientras me aplicaba una bolsa de hielo. Y yo que no, que no quería llorar, no por hacerme la valiente, sino porque si lloraba me iba a tener después que sonar y ya me dolía una barbaridad. “Pero tienes que llorar, tienes que sacarte el susto”, insistía el bueno de Ángel Mur. No hubo forma. No lloré. No me iba a servir de nada.

Durante la mayor parte de mi vida profesional he trabajado como periodista deportiva, así que la anécdota del balonazo es lo más cerca que he estado del dolor. No madrugar, ver partidos gratis como siempre me acusa mi hermano, la sospecha de que no duraría ni un minuto como reportera de guerra y la certeza de no ser lo suficientemente fuerte anímicamente para vivir, ver y contar según qué cosas, hicieron el resto. Nunca dejé de mirar ni admirar a los que se juegan la vida, buscan y saben explicar en medio del sufrimiento. Yo no sé cómo lo hacen.

Hace unos días en eldiario.es, el periodista freelance Mikel Ayestaran confesaba en una entrevista: “Desde la cobertura de Gaza no lloraba tanto como con los refugiados en Macedonia”. Ayestaran, que ha cubierto conflictos en Siria, Líbano, Afganistán, Irak, Libia, Egipto, Túnez, Irán, Yemen o la India, contaba un truco: No alargar las coberturas. No estar mucho tiempo. “Lo que tenemos que hacer es intentar trasladar esas realidades tan lejanas en pequeñas dosis para que al menos los espectadores tengan conciencia de lo que pasa. Hacer el esfuerzo de ir y venir te ayuda como periodista a no perderte y tener presente siempre a quién te estás dirigiendo, a saber cuál es tu público”, relataba.

Ayer, en el suplemento de El Periódico de Catalunya entrevistaban a Daniel Etter, un fotoperiodista alemán autor de una fotografía que ha dado la vuelta al mundo desde que la publicó The New York Times. En ella se ve a un padre llorando desencajado mientras sostiene en brazos a su hija pequeña y abraza a otro y a su esposa nada más llegar en una barca hinchable a la isla griega de Kos. “Estaban empapados y temblando, no tenían ni idea de dónde dirigirse. Normalmente, no intervengo en las situaciones que retrato, ¿pero qué iba a hacer? ¿Decir que soy un fotógrafo y que solo forman parte de una historia? Además, era el único ahí que podía ayudarles de algún modo. Les acompañé hasta el centro de registro de Kos, donde las autoridades griegas procesan los papeles para los refugiados”, contaba.

En 1993, en Sudán del Sur, el fotógrafo Kevin Carter sacó una foto que ganó el premio Pulitzer. En ella, en un vertedero, un niño famélico, con la frente en el suelo, agoniza mientras un buitre en segundo plano espera. Poco después de recibir el Pulitzer en 1994, Carter se suicidó y dejó una nota: “He llegado a un punto en el que el sufrimiento de la vida anula la alegría. Me persiguen los recuerdos de muertos, de cadáveres, rabia y dolor”. Un amigo suyo, Ken Osterbrooek, también fotógrafo, había sido asesinado de un disparo en Sudáfrica. Carter era depresivo y tenía problemas con las drogas y el alcohol. Afirmar que se suicidó por la foto del niño y el buitre es mentira, pero él mismo dejó escrito que no podía soportar tanto dolor.

Hay periodistas, ahí fuera, que ponen el foco para que nos crezca la conciencia. Porque lo que no sabemos creemos que no pasa. Porque parece inconcebible tanto horror hasta que nos lo enseñan. Porque debemos saberlo y sentir el golpe en toda la cara. Luego se puede decidir si llorar o no. Porque a veces sólo llorar no sirve para nada. 

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