La sueñatortillas

Me llamo Gemma Herrero Castro. Nací en Madrid, en la Maternidad de la calle O’Donell, pero viví hasta los 26 años en Alcorcón con mis padres y mi hermano. Este mes de septiembre cumplo 12 años residiendo en Barcelona.

Mi padre es de Casasola, Ávila. Mi madre es de Puente del Arzobispo, Toledo. Explico mis orígenes para poder proclamar después que estoy hasta las meninges de que se utilicen en la campaña electoral del 27S. Ninguno de los datos que he dado explican ni determinan mi voto el próximo domingo. Ninguno. Ya está bien. Basta. Prou. Hasta aquí.

Estoy harta de que me cuenten lo que soy por el lugar donde he nacido. Estoy hasta arriba de que me digan lo que debería sentir por haberme criado en Alcorcón y no en Sant Feliu de Llobregat. No estoy determinada por mis orígenes, sino por la educación que me dieron mis padres con mucho sacrificio y lo aprendido viviendo después. Ellos me ofrecieron el mundo en bandeja para que yo tomara mis propias decisiones. Su única cultura era y es la del esfuerzo, así que no tolero que me etiqueten por lo que está impreso en mi DNI.

Estoy hasta las narices de la puñetera condescendencia. La de unos y la de otros. No deja de sorprenderme el desconocimiento mutuo. Porque esto ya se ha convertido, lamentablemente, en aquí y allí. Personas que conozco, bien formadas, algunos periodistas incluso a los que les suponía al menos al tanto de la realidad aunque no les guste, siguen preguntándose cómo es posible que los catalanes se hayan dejado llevar por los delirios de Artur Mas. Me echo las manos a la cabeza. Joder, no se enteran de nada. Al parecer han fumigado Catalunya con alguna sustancia sicotrópica y ahí les tienes, como en ‘La invasión de los ultracuerpos’, desde hace cuatro Diadas, drogaos perdíos y sin voluntad propia manifestándose por las calles como mínimo un millón y medio.

¿Y qué decir de los nacionalistas catalanes del conmigo o contra mí? Porque haberlos, haylos. Son los que generalizan, los que miran con indulgencia y superioridad a una España casposa sin término medio. Y no hay resquicios, recodos, ni partes, sino un todo, una masa espesa y uniforme que suele resumirse en “desde Madrid”, que ya ha dejado de ser una manera de hablar para convertirse en una premisa a la hora de argumentar. Los de la pócima mágica. En una Catalunya independiente no habrá paro, ni corrupción y el estado de bienestar será más de bienestar que nunca. He llegado a escuchar hasta que será la solución al machismo y las desigualdades de género. Y todo eso, magiapotagia, gracias a que ondeará una bandera y no otra en la plaza de Sant Jaume.

Luego está la falacia del idioma. Colaboro en cuatro medios en Catalunya. La Gradería de la Cadena Ser, El Matí de Catalunya Ràdio , Primer Toc de Rac1 y en esta web. En los cuatro me expreso en castellano. Suelto aquí y allá palabras en catalán, no por obligación, ni peaje, ni por caer bien porque no aspiro a gustar a todo el mundo, sino porque después de 12 años ya digo que me da mandra, en lugar de pereza, o que voy a ‘lanzar’ la basura, o prou en lugar de basta. He llegado al punto de salir de los bares de siempre en Alcorcón despidiéndome con un ‘deu, que vagi bé’ sin darme cuenta. La integración era esto.

Si no hablo más catalán es porque la mayoría aquí me habla en castellano, lo he practicado poco, me da vergüenza meter la pata. Y también porque en una tertulia radiofónica, por ejemplo, siempre me expresaré mejor en castellano que en catalán; yo no soy bilingüe. En cualquier caso, no me ha supuesto ningún problema, no sé dónde está la persecución, no existe, es mentira. Me han contratado, insisto, en cuatro medios catalanes en los que hablo en castellano. Aspiro, eso sí, a expresarme algún día de manera tan correcta en catalán como para ser capaz de soltarme sin apuros ni rubores. Porque el idioma no son solo palabras, sino también la manera precisa de entender una cultura, sorprenderte y maravillarte con ella. Por ejemplo, mi palabra favorita en catalán es ’somiatruites’, que traducida es ‘sueñatortillas’ y significa ingenuo.

Así que seré una sueñatortillas, pero la realidad en la que yo vivo no es la que me están contando en su mayoría los políticos en campaña, ni las editoriales de algunos periódicos. Yo no sé qué amigos debe tener Felipe González en Catalunya para tener que callarse y pasar de largo sobre la cuestión soberanista para no que no se les enfríe el café en los postres. Con mis amigos en Barcelona, indepes en su mayoría, hablo de todo. Sin problemas, sin sulfurarnos. Yo les digo que no entiendo el mejunje del ‘Junts per sí’ con Mas ahí escondidillo y Romeva de plasma de Mariano y ellos me argumentan que es por un bien mayor, que creen que es la manera de conseguir un fin, la independencia, porque no les han dejado otra alternativa. Y después el debate se puede alargar y hago el esfuerzo de entender lo que debe ser amar a una patria, algo que a mí no me pasa. Hasta me da envidia muchas veces su genuino entusiasmo. Mi DNI es español, nací en España, mis padres son españoles, pero no siento ningún orgullo especial por serlo.

Hace una semana Isabel Coixet escribió un artículo en el que también admitía carecer del gen nacionalista. En mi TL de twitter leí encendidos elogios al respecto. Curiosamente solo, eso sí, de los que se sienten españoles. La cineasta, por cierto, no se proclamaba en ningún momento ‘unionista’, pero si los nacionalistas españoles aplauden muy fuerte a una catalana que se muestra perpleja ante el debate de identidades debe ser porque dan por sentada la uniformidad. Será entonces que ella no ha aspirado el gas psicotrópico.

No sé qué voy a votar el próximo domingo, pertenezco al grupo de los indecisos, aunque me voy aclarando. Puedo asegurar, eso sí, que mi voto no tendrá nada que ver con mi lugar de nacimiento, ni mis apellidos. Nací y me crié allí y ahora tengo mi casa aquí. Y tengo mis afectos repartidos aquí y allí, así que dejen de contarme lo que soy porque no tienen ni puta idea. Quiero a la gente, no a las banderas. Escucho a unos y a otros y me entristece admitir que por mucha sueñatortillas que sea, doy por imposible ya que se entiendan. Seré ingenua, pero no tanto.

P.D. De lo de los bancos no puedo escribir porque ahí sí que me sulfuro.

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