Veo a mi gata Rosa escarbar furiosamente al lado de su plato de comida. En realidad, no escarba nada, porque no vivo en el campo ni el cuenco está en un parterre, sino colocado encima de unas baldosas en la galería al lado de la lavadora. Sé por qué lo hace. Se trata de la memoria genética, del instinto atávico y ancestral.

Antes de vivir en un piso en el Eixample, los felinos guardaban los restos de su comida por si acaso no encontraban luego más y poder así volver a por ellos. Esa misma memoria genética es la que hace que los perros den vueltas antes de tumbarse y acomodarse el terreno, aunque ya no les aceche ningún peligro y sea un caniche en una peluquería del barrio de Salamanca y no un lobo dentro de una manada. La evolución no ha borrado esa memoria cuyo único fin era la supervivencia. Algunos políticos parecen tener también usar cierta memoria genética con el objetivo de sobrevivir. Y escarban, como mi Rosa. Ellos en la mierda, concretamente. Y dan vueltas, como los perros. Ellos sobre la verdad, para retorcerla y convertirla en mentira.

En el batiburrillo de mi memoria hay un nombre, Federico Trillo, que asocio de manera instantánea al accidente del Yak 42, en el que 62 militares españoles murieron tras estrellarse la tartana de avión (hasta 14 quejas habían sido presentadas) que les trasladaba de Afganistán a España en un monte en Turquía. Y siempre evoco la misma imagen, la del entonces Ministro de Defensa paseándose entre los restos del desastre, en medio de la niebla, con un señor que camina detrás suyo y le va sosteniendo un paraguas para que no se moje, no fuera a ser que se le estropeara el cuidadoso peinado con la raya al lado. Siempre me pareció obscena esa imagen. Así lo recuerdo, con asco. Y eso que lo peor estaba por venir.

Dos días después del accidente, ocurrido el 26 de mayo del 2003, se ofició un funeral de Estado con los 62 féretros cubiertos con la bandera de España. Los familiares enterraron a los suyos. O eso creían. 30 de los 62 fallecidos estaban sin identificar. Y Trillo debía saberlo. Hubo un proceso penal por la identificación falsa de las víctimas. Se condenó únicamente a tres militares en 2010 y dos años después, Alberto Ruiz Gallardón, entonces Ministro de Justicia, indultó a dos de ellos, el tercero había muerto. ¿Y Trillo? Nada. Bueno nada, ahora es NADA menos que el embajador de España en Londres. Desde allí ha enviado a el diario El País una carta acusando de mentir al exdirector del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Jorge Dezcallar, sobre el 11-M o la identificación de los cadáveres de los siete agentes del servicio secreto asesinados en Irak en noviembre del 2003.

Dezcallar acaba de publicar su autobiografía: Valió la pena, en la que relata que presentó su dimisión a José María Aznar una semana después del atentado del 11M del 2004. El día 12 de marzo, en la Cadena Ser, ya se afirmaba que el CNI había abandonado la pista etarra para centrarse en la islamista y desde Moncloa le llamaron para exigirle que saliera a desmentirlo. No lo hizo. En el libro, el exdirector del CNI narra así como Federico Trillo, en noviembre del 2003, intentó también presionarle para que siete agentes del CNI, asesinados en Irak, fueran enterrados sin la debida identificación cuando habían sido quemados y pisoteados: “Allí en el hospital, Trillo me dijo que tenía órdenes del presidente de organizar el funeral al día siguiente. No me lo podía creer. Me negué en redondo y discutimos. Trillo insistía en que eran órdenes de Aznar, pero yo me planté y me alegro de haberlo hecho porque además sigo convencido de que Aznar no sabía una palabra de esto. Le dije al ministro que le dijera al presidente que era imperativo identificar bien los cuerpos y que eso llevaría un tiempo que los médicos no eran capaces de determinar de antemano, que mientras los restos no estuvieran identificados con certeza no se podía celebrar el funeral; asimismo estaba seguro de que el presidente entendería que yo no estaba dispuesto a entregar restos equivocados a los familiares y de que tampoco él desearía hacer algo así. […] Pero Trillo seguía insistiendo y la situación se puso un poco violenta, mientras los médicos asistían atónitos a la escena. “Mira ministro –le dije-, mientras los cadáveres no estén debidamente identificados, aquí no hay funeral, y si no se lo quieres decir tú al presidente se lo diré yo”. Al final, el ministro aceptó mi postura, que era la misma que defendían los profesionales del hospital Gómez Ulla, y fue él quien habló con el presidente, que tal y como yo pensaba no puso ninguna objeción a aplazar el funeral el tiempo que hiciera falta hasta completar la identificación sin ningún género de dudas”.

Este extracto del libro Valió la pena lo leí en la edición del sábado de el diario El País, en el artículo en el que publicaban la versión de Trillo asegurando que Dezcallar le calumnia. El titular del artículo era el siguiente: “Trillo acusa de mentir al exdirector del CNI: ¿quién dice la verdad?” Así, a bote pronto, tengo mi respuesta. Se trata, simplemente, de una cuestión de memoria, de instinto, y en la mía tengo grabada la niebla, el señor con el paraguas tapando a Trillo, los llantos en el juicio de los familiares de los militares del Yak 42 preguntándose cómo les podían haber engañado así y relatando cómo les presionaron y trataron. Al padre de uno de los militares, Francisco Cardona, un mando le espetó: “Su hijo estaría avergonzado de su comportamiento”. La hermana de otro, Curra Ripollés, relató en el programa Salvados de Jordi Évole, como el entonces Secretario general de Política de Defensa, Javier Jiménez Ugarte, el número dos después de Trillo (que nunca encontró un hueco en su agenda para hablar con ellos), le aconsejó que fuera al psiquiatra en una reunión: “Nos gritaba, se levantaba de la silla y daba golpes encima de la mesa que cómo podíamos ponerles en duda cuando lo único que queríamos saber era cómo se habían llevado a cabo las identificaciones. En un momento me llegó a decir, ‘usted lo que está es loca’ y me recomendó que fuera a un psiquiatra. Que ojalá hubiéramos estado locos, porque eso significaba que todo lo que estábamos viendo era mentira. Pero no estábamos locos, no”.  Javier Jiménez Ugarte, por cierto, es el actual embajador de España en Suecia. 

Mariano Rajoy ha anunciado esta semana que las elecciones generales serán el próximo 20 de diciembre. Para entonces, también tendré memoria, algo genética incluso. De esa que te indica dónde está el peligro y cómo evitarlo para seguir sobreviviendo. Aprovecho también este espacio para mandar un saludo nada cordial a los embajadores de España en el Reino Unido y Suecia.

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