La semana pasada dibujaba Andrés Rábago ‘El Roto’ en El País a una madre leyéndole un cuento a su hijo. Ella decía: “Había una vez un buen Rey...” y el niño contestaba: “Mami, no me cuentes cuentos, quiero saber la verdad”. Recordé al verlo, asociación de ideas que lo llaman, una entrevista que le hicieron en la radio hace meses. Una frase se me quedó grabada: “No descartemos que todo lo que está pasando sea un experimento y nosotros los conejillos de indias”.

El experimento en cuestión debe ser dónde están los límites de la paciencia, cómo y por qué toleramos y aceptamos, hasta cuándo nos tragamos el cuento, los cuentos. 

 Día tras día no hay más que leer periódicos, escuchar o ver informativos, para toparse con supuestas noticias que ponen a prueba nuestra capacidad de sorpresa y de reacción. Parece que nos hemos acostumbrado, pero yo no dejo de dar un respingo y mirar a mi alrededor para ver si a alguien más le pasa. Sentirse acompañado siempre ayuda. No vaya a ser que sea yo la tarada, que a veces no lo descarto. 

¿Ejemplos? Vayamos con la monarquía, por empezar con el cuento. Desde la censura en El Jueves, a la dibujante Atxe, del Huffinton Post, que también denunció que no le publicaban críticas hacia la monarquía. Hagiografías sobre el nuevo Rey, su padre, su madre, la nueva Reina y hasta detalles sobre los dientes de leche de la infanta Leonor. Imágenes en televisión de calles semidesiertas en Madrid mientras en la pantalla se leía: “Miles de personas celebran en las calles la coronación de Felipe VI”. El aforamiento del rey saliente en tres frenéticas semanas como si fuera todo muy normal. España, por cierto, es el país con más aforados del mundo, nada menos que 10.000. 2.300 son políticos y 7.578, miembros del ámbito judicial. En Alemania, Reino Unido y Estados Unidos ni siquiera existe esta figura. En Italia solo lo es el presidente de la República. En Francia, además, también el primer ministro y su gobierno. Aquí hay 10.000. Repito: 10.000. 

Siguiendo con la monarquía, y aunque hayan borrado su rastro en la casa como si no hubiera existido, la imputación de la infanta Cristina nos está dejando momentos memorables, tanto en lo que se refiere a la capacidad de sorpresa como en el uso del lenguaje. Por favor, ¿cómo no deleitarse con algunas frases del fiscal Horrach acusando al juez Castro? “Parte de una certeza absoluta que conlleva magnificar la nimiedad y convertir lo sospechoso en cotidiano”, escribía el hombre en uno de los 63 folios. Mi preferida, de todas formas, es la siguiente: “ El instructor construye un andamiaje probatorio con una falsa apariencia de solidez para imputar a Doña Cristina de Borbón. Cuando se revisan los anclajes de dicha estructura se revela tal inconsistencia que una leve brisa lo desmorona”. ¡Ah! Las leves brisas que terminan arrasando reinados de 39 años con la ayuda de elefantes y amigas cercanas.

¿Más ejemplos? En la oratoria, el ministro Fernández Díaz es más burdo, pero su capacidad para dejar atónito al que le escuche le harán un fijo en esta sección. “Una Catalunya independiente sería pasto del terrorismo y del crimen organizado fácilmente”, dijo hace unos días. Y tan pichí el tío. Aquí no pasa nada. Y de ministro a ministro: ¿Qué decir de Gallardón? El que se ha cargado el principio de Justicia universal por la vía de urgencia, con los únicos votos de su partido y sin debate en comisión. El del anteproyecto de la ley sobre el aborto. Eeese. Pues ese, hace dos semanas, ha indultado a un guardia civil que grabó una agresión sexual. En lugar de socorrer a la víctima, lo grabó con su móvil mientras se reía. Va en serio. Que lo hizo, grabar una agresión sexual en lugar de ayudar. Que se reía mientras. Y que ha sido indultado.

Lo último de Gallardón es una frase digna de Vito Corleone. “Los asuntos de familia se tratan en familia”. No hablamos de si su vástago prefiere tinto o blanco en la comida, sino que después de colisionar con otro vehículo en el centro de Madrid, presuntamente después de haber consumido tinto o blanco, se dio a la fuga y se metió a toda prisa en el garaje del domicilio de papá. ¡Casa!, que decíamos de niños cuando jugábamos al rescate. Gallardón, por cierto, un detallico de ná, es el Ministro de Justicia. Su hijo es abogado. 

Todo esto aparece día tras día en las noticias. Solo hay que escuchar, ver y leer. Lo de sorprenderse o escandalizarse es patrimonio individual. Desde este espacio pretendo explicar por qué yo sigo dando un respingo. Si, como decía El Roto, esto es un experimento, haré de cobaya.

La semana pasada murió Ana María Matute, cuya vida cambió tras leer en la infancia la mágica frase: “Érase una vez...” En el 2011, concluyó su maravilloso discurso de agradecimiento del premio Cervantes así: “Y me permito hacerles un ruego: si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado”. Yo no me inventaré nada, aunque a veces lo parezca. Esto no es un cuento.

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