Hay semanas en las que me veo trastabillando entre una noticia y otra, del sobresalto a la vergüenza. Semanas en las que no sé ni por dónde empezar porque no digiero. Todavía tengo la bola de la anterior barbaridad en la garganta cuando veo llegar la cuchara para que abra la boca con la siguiente y no me ha dado tiempo a tragar. Hago listas, por priorizar. Algo así como ‘la burrada de la semana’, que bien podría llamarse también “qué me ha sacado más de quicio”. La lista de esta semana ha ido cargadita. La cuchara rebosa de pura porquería.

Podemos empezar por el cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, que se preguntó así en voz alta durante un desayuno informativo: "¿Esta invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio?; ¿dónde quedará Europa dentro de unos años?”. Un día después, el ministro del Interior salió a defenderle destacando los valores de “misericordia” de la Iglesia y afirmando que no dudaba que Cañizares “no duda de esos valores”. Alguna duda, aunque no fuera precisamente la de la misericordia debía tener monseñor cuando no tardó, ante la oleada de críticas, en desdecirse llamando a la caridad ante los inmigrantes, aunque eso sí, sintiéndose víctima de un linchamiento a su parecer inmerecido. Que cómo nos ponemos por nada, vaya.

Podemos seguir con la noticia de que la titular del juzgado número 6 de Ceuta, Carmen Serván, decidió archivar la causa contra los 16 agentes de la Guardia Civil que, el 6 de febrero del 2014, recibieron en el Tarajal con botes de humo y balas de goma a cientos de inmigrantes. Murieron 15 ahogados. La jueza explica en su auto que los agentes “se vieron obligados a emplear” el material antidisturbios en el ejercicio de sus funciones de protección de la frontera. Esto ha sucedido en España, no en Hungría, a la que nos dio por mirar por encima del hombro, con una superioridad moral que no sé de dónde nos hemos sacado. “Los inmigrantes asumieron el riesgo de entrar ilegalmente en territorio español por el mar, a nado, en avalancha y aprovechando la noche”, añadió la magistrada. En fin, que cómo se les ocurrió, que hay que tener dos dedos de frente y no lanzarse a lo loco... No me sale ni la broma, lo sé.

Por continuar con una línea, el mismo día que se supo lo del Tarajal, el jueves 15 de octubre, en la isla de Lesbos murieron ahogadas siete personas en otro naufragio, entre ellos cuatro niños. Hubo foto de una de las menores, con unas mallas de rayas blancas y un chaleco salvavidas naranja que no le sirvió de nada mientras un guardacostas llevaba su cuerpecito agarrándola de un pie hasta la orilla. Con la imagen de Aylan, en septiembre, ya hicimos costra, al parecer, así que esta vez ni siquiera hemos puesto el grito en el cielo. Pa qué. Llega el frío, siguen desembarcando los refugiados, continúan durmiendo a la intemperie, se cierran fronteras, se protegen los países ante “la invasión” que decía Cañizares dos días antes de rectificar y pedir caridad.

Claro que, Cañizares, comparado con el presidente checo es un santo, por si a alguien le sirve de consuelo. Milos Zeman declaró lo siguiente el viernes, 17 de octubre sobre la llegada de refugiados y a la pregunta de si respetarían las leyes: “Por supuesto que no. Las mujeres infieles serían lapidadas, cortarían la mano a los ladrones y nos privarían de la belleza de las mujeres porque llevarían el rostro cubierto. Aunque supongo que en algunos casos sería beneficioso”. Aquí ni intento hacer la gracia para deglutir mejor, que me viene la arcada.

Ayer, como última prueba, por si hicieran falta más, de la falta de moral y decencia de los dirigentes europeos, Angela Merkel, que está de visita en Turquía, se comprometió a acelerar su incorporación a la UE a cambio de frenar el flujo de refugiados. Frenar. Esa es la palabra clave. Quieren frenarles. No ayudarles, ni acogerles, sino pararles. Y da igual que cada día sigan llegando, naufragando, muriendo o sobreviviendo miserablemente en carreteras, caminos o campamentos en descampados.

Todo esto ha pasado en la última semana. Vamos a por esta. A ver quién la dice más gorda, comprobemos quién es el desalmado por excelencia, asistamos a la penúltima vergüenza. Pasemos lista, pero ojo, que no se nos olvide incluirnos, porque lo estamos viendo, nos lo están contando, lo escuchamos y aquí seguimos: Tragando la última cucharada.

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