Ayer se reunieron en Bruselas. De urgencia, otra vez. Sí, sí. Esta vez era minicumbre, que es menos que cumbre, porque no estaban todos los países europeos, sino solo a los que les están llegando y pasando los refugiados y no saben qué hacer con ellos. Porque a día de hoy, 26 de octubre, ya con frío, lluvia y a peor, a mucho peor, la magnífica Europa no sabe qué hacer con los refugiados que siguen llegando desesperados, con lo puesto y arriesgando su vida y la de sus hijos. 

No sé cuántas cumbres van ya, ni minicumbres, pero no solucionan nada porque, básicamente, no tienen ni idea de cómo hacerlo y lo único que se les ocurre es cercarles, prohibirles, limitarles, juntarles en campamentos donde las condiciones son cada vez peores, más inhumanas, más vergonzosas. Lo que querrían es que se quedaran en sus países, que no vinieran, porque ojos que no ven, corazón que no siente. Pero están aquí, en Europa, en pleno siglo XXI y las imágenes son cada vez más terribles. Debido a las condiciones meteorológicas claro, pero sobre todo, a que Europa, la gran Europa, les está tratando como  si fueran una molestia que espera que desaparezca, que se desvanezca, que no hagan ruido, ni molesten, que se evaporen. Que no existan. 

Como aquí, en Europa, en la gran Europa, nos escandalizamos todos muchísimo hace dos meses con las fotos de Aylan boca abajo en la arena, nuestros gobernantes organizaron una cumbre de urgencia, que debió ser la penúltima, pero ya he perdido la cuenta. Ayer volví a ver la fotografía de un niño muerto en Lesbos, pero al parecer ya no tiene la misma fuerza ver la imagen de una criatura ahogada, o de las tantas otras tiritando y cubiertas de barro hasta las orejas, o de las caras de puro sufrimiento de los adultos, que llegaron a Europa, la gran Europa, pensando que estaban salvados, que iban a ser ayudados, acogidos, que iban a encontrar refugio.

Ayer el diario El País publicaba, tras tener acceso al documento de Frontex (la agencia europea de fronteras) que la recomendación era nada más y nada menos, que internar a los refugiados para evitar que se desplacen. Busquen las imágenes de los centros de internamiento que ya existen y después que alguien se atreva a decir en voz alta que no se le cae la cara de vergüenza. En la minicumbre de ayer también le echaron la bronca a Grecia, por no retener de manera conveniente según el resto de países que no quieren refugiados dentro de sus fronteras, su paso. Porque si se quedaran en Grecia, no habría problemas, piensan. Y ya ni te cuento si no se hubieran movido de Siria, Afganistán, Eritrea y el resto de países de donde provienen, sitiados por los islamistas, los radicales, la muerte, la destrucción y la miseria en niveles que no podemos llegar a imaginar aquí en Europa, la gran Europa.

Mientras, en España, la gran España, o una o ninguna, dio un discurso Su Majestad Felipe VI el pasado viernes en la entrega de los premios Princesa de Asturias. "Cuando se levantan muros emocionales —o se promueven divisiones— algo muy profundo se quiebra en nosotros mismos, en nuestro propio ser, en nuestros corazones. Que nadie construya muros con los sentimientos. Las divisiones nunca hacen grande a un pueblo; solo lo empobrecen y lo aíslan. Evitemos las fracturas sociales que tanto daño hacen a las conciencias de las personas, a los afectos, a la amistad y a las familias, a las relaciones entre los ciudadanos".

Qué pena más grande que no le hagamos caso a Su Majestad. No los españoles, ni los catalanes, que era a los que se dirigía, sino Europa, la gran Europa. Qué vergüenza más enorme que los “muros” no sean solo emocionales, sino físicos, de los de pasar hambre y frío después de correr el riesgo de cruzar el mar en una barca de mierda. Qué amargura que nos esté dando igual la conciencia. Qué asco da Europa, la gran Europa.

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