A veces nos hace falta un espejo para comprobar si vamos hechos unos mamarrachos. Hasta que no vemos nuestra imagen reflejada somos incapaces de tener una visión global de nosotros mismos.

Somos así. Los padres, los jefes capaces y los buenos amigos, si tenemos suerte en los dos primeros casos y si sabemos elegir en el tercero, nos sirven también en la vida como modelos y espejos en los que mirarnos, compararnos y darnos cuenta, o que te hagan ver, si estamos errando. Es curioso como, hasta que en ocasiones no tenemos un reflejo, no nos percatamos de que estamos haciendo el idiota. 

Los que se han asomado al rugby por primera vez en este Mundial que acaba de concluir en Londres no dejaban de asombrarse por los gestos de deportividad y educación comparándolos con lo que estamos acostumbrados a ver en el fútbol. Jugadores que llaman señor al árbitro, que únicamente habla con los capitanes. Solo el colegiado puede llamar a un jugador que no sea el capitán para explicarle su decisión durante el partido. Y nadie le discute, ni le hace aspavientos, ni se acuerda de la concha de su madre o de su hermana, ni le pone caritas. Lo que dice el árbitro va a misa. Y punto. 

Los aficionados de rugby tampoco abuchean, ni insultan o mofan de los jugadores contrarios y se considera una falta de respeto hasta hacer ruido cuando un jugador se prepara para chutar un golpe de castigo. Traten de imaginar, por poner un ejemplo, al Camp Nou o el Bernabéu sin chotearse en el mejor de los casos cuando Cristiano Ronaldo o Messi van a tirar una falta. 

El sábado, tras la emocionante final entre los All Blacks de Nueva Zelanda y Australia, el capitán wallaby Stephen Moore afirmó: “No fuimos lo suficientemente buenos. Se merecen la victoria, son los mejores”, mientras que el entrenador Michael Cheika apuntó: “No hay excusas. Son justos vencedores. Han sido el mejor equipo desde el pasado Mundial”. Desde el lado de los vencedores, el seleccionador neozelandés Steve Hansen comenzó su comparecencia ante los medios felicitando a Australia por ser “un gran rival”, mientras que el mito kiwi, el capitán Richie McCaw, que se despidió levantando por segunda vez consecutiva por primera vez en la historia la copa Webb Ellis, declaró: “Tienes que intentar pasarlo bien. Ganar es la recompensa última, pero lo divertido es el proceso. Tras el torneo tienes que ser capaz de reclinarte en el sofá y tener buenos recuerdos”.

Muchos aficionados al fútbol no se han dado cuenta hasta ahora, que han mirado el rugby, de lo mucho que tenían asimiladas y normalizadas las conductas antideportivas y maleducadas. Al contemplar el reflejo del rugby han caído en la cuenta que otro tipo de comportamiento es posible, y que no por ello el espectáculo, la rivalidad y la competitividad es menor. Y que resulta mucho más edificante admirar a unos deportistas que a otros.

Existen mourinhistas todavía. En serio. Gente que le ríe ‘las gracias’ a un señor que llegó a meter el dedo en el ojo a un entrenador rival y que siempre tiene una palabra ‘cariñosa’ para los árbitros como excusa recurrente cuando su equipo pierde. No es el único. Hay quien lo hace de manera más sutil, pero deja en el aire la imparcialidad ya no solo de los colegiados, sino de la competición. Guardiola lo hizo en su día, en su última temporada en el banquillo azulgrana no paró de insinuar, y Simeone afirmó en verano que la Liga estaba peligrosamente preparada para que la ganara el Real Madrid. Y dependiendo de si uno es del Madrid, del Barça, del Atlético, Guardiolista, Cholista o Mourinhista defiende con ahínco las posturas y declaraciones de los suyos, con una fe sin fisuras. En el campo del Betis una parte de la afición la temporada pasada se dedicó a animar a su delantero Rubén Castro, procesado por cuatro delitos de maltrato y un quinto delito de amenazas leves hacia su expareja, con los siguientes cánticos: “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé. No fue tu culpa, era una puta, lo hiciste bien”. Y aquí paz y después gloria.

El fútbol es así, dicen. Forma parte de la educación aprendida, de años y años de rivalidades mal entendidas y del aplauso de medios y aficionados a actitudes pillas, picarescas, cuando no chulescas o antideportivas. De ahí la sorpresa, el asombro, la perplejidad ante el rugby. Y aún así, pregunten a su alrededor ya verán como no son pocos los que utilizarán el argumento de la burla y el hartazgo hacia el 'buenrollismo', para justificar comportamientos que son de vergüenza ajena. Son, seguro, los que ni con un espejo trucado de los de parque de atracciones serían capaces de verse deformes. 

Así que no, no es que el fútbol sea así. Son ellos. Y han renunciado a una máxima en el deporte y en la vida: La aspiración de ser mejores.

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