Lo primero fue el susto, la incredulidad y la necesidad de estar conectada a la radio en la noche y madrugada del viernes al sábado para saber qué estaba pasando en Francia.

A partir de ahí, ruido. Solo ruido. Ruido, ruido, ruido y más ruido. Como ciudadana, ya no como periodista, he estado atenta el fin de semana a las noticias, si es que a algunas se les puede llamar así. En lugar de análisis, expertos y datos, me topé, sobre todo en televisión, con una especie de romería macabra por los lugares de los atentados y tertulias vociferantes, como la del sábado por la noche en La Sexta, con García Ferreras desde París mostrando un charco de sangre. Ay. Ruido. 

Las redes sociales se llenaron de ruido también. Tras la preocupación y la tristeza, lo siguiente en aparecer fueron los prejuicios, las descalificaciones y reproches mezquinos incluso a los que señalaron, simplemente, que los refugiados que llegan a Europa huyen del mismo terror que se desató el viernes en la capital francesa. Lo siguiente en la tarde del sábado fue dar por buena la noticia de que uno de los terroristas tenía pasaporte sirio y que había entrado a Europa como refugiado. Si así fuera, algo que está por verificar porque fuentes policiales tienen dudas de que el pasaporte en cuestión no esté falsificado, el terrorista no tenía ninguna intención de buscar refugio, sino de atentar e inmolarse. Así que no era un refugiado. Los refugiados son los que intentan escapar de los terroristas.

La noticia, sin confirmar, fue suficiente para que Polonia y Eslovaquia salieran, a las primeras de cambio, a decir que no aceptaban más refugiados y para que los xenófobos se armaran de ‘razones’, cuando son precisamente razones, argumentos, los que nunca les han hecho falta para enrocarse en sus creencias sin fisuras. 

Los hechos, hasta el momento, son que han sido identificados tres terroristas. Los tres franceses, dos de ellos residían en Bruselas, donde se han producido detenciones. Ayer por la tarde la policía gala publicaba la fotografía de un joven belga, de 26 años, al que buscan por estar relacionado con la masacre. 

Ruido. La cuestión sobre si los servicios de inteligencia franceses han fallado. Ruido. El consejero de Interior, Jordi Jané, advirtiendo en RAC1 que es muy probable un atentado en Catalunya. ¿Y qué se supone que tenemos que hacer, ante la advertencia, como ciudadanos? ¿Dejar de ir a restaurantes, a cafeterías, al fútbol, a espectáculos? ¿Qué? Ruido. El recordatorio de que la próxima Eurocopa se celebra en Francia. Ruido. La fotografía de un periodista canadiense, Veeren Jubal, en la portada de La Razón afirmando que era uno de los terroristas de la matanza de París. Ruido. Dos españoles dados por muertos ayer por la mañana resulta que están vivos por la tarde. Ruido ante las declaraciones de guerra y los editoriales deslizando que la pérdida de privacidad será una consecuencia inevitable y que nos vayamos haciendo a la idea.

Y ante tanto estruendo y tanta oscuridad ha sido difícil concentrar la mirada en algo de luz. Yo me quedo con un detalle: Con el hashtag #porteouverte los parisinos se movilizaron la noche del viernes para ofrecer sus hogares, sus puertas abiertas, a todos aquellos que se encontraban lejos de casa en medio de la barbarie y la confusión. Un "ven, que aquí estarás a salvo". Ante el horror, ante la maldad en estado puro, ante la sinrazón, ante tanto ruido, ruido, ruido, ruido, hay rendijas. Ojalá más puertas abiertas.

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