Hace unos días compartí trayecto en coche con alguien que acababa de conocer por motivos profesionales. Después de las presentaciones y la típica conversación educada sobre nada en particular se hizo el silencio.

En la radio contaban las últimas noticias sobre los atentados en París. Y entonces soltó: “Es que hay que hacer algo con el tema de los refugiados”. “Estoy de acuerdo”, dije yo. “Porque vamos, ya me dirás, que están entrando sin ningún control y claro, mira lo que pasa. Que una cosa es ser humanitarios y otra diferente que vengan a matarnos como conejos”. 

Tardé varios segundos en contestar: “Hombre, los que han identificado por ahora tenían pasaportes franceses y belgas”, pero no pude seguir hablando porque me interrumpió con gran sulfuro: “Que no, que no. Que aprovechan las facilidades que les estamos dando y se infiltran. Que eso es algo que sabe todo el mundo. Que yo he visto en Facebook...” A partir de ahí desconecté mientras pensaba si responderle o no. No lo hice. Supongo que por educación y por no armar la marimorena en un trayecto de diez minutos en coche con alguien que seguramente no voy a volver a ver en mi vida. Supongo también que porque no sabía por dónde empezar. Sé, no lo supongo, que no habríamos llegado a nada y que la situación hubiera sido muy incómoda. Llevo pensando sobre ello desde entonces. Tengo mala conciencia.

¿Debería haberle dicho que se informara mejor? ¿Que lo suyo era xenofobia? ¿Que revisara el concepto de humanitario? ¿Que se están violando los derechos fundamentales de miles de personas y que no es una cuestión de caridad? ¿Que deje de mirar Facebook y lea un poco? ¿Que me parecía un pedazo de carne con ojos?

Esta persona es de clase media-alta, tiene por tanto una educación, vive en una urbanización y tiene hijos. Me confesó también tener miedo, pero ha dirigido su temor hacia alguien que identifica como un enemigo exterior, lejano, extranjero, nadie que pueda, vamos hombre, vivir cerca suyo. Da lo mismo que los perfiles de los terroristas identificados hasta el momento tengan pasaportes franceses y belgas. Da igual porque ya ha elegido a quien culpar dentro de su burbuja de bienestar y prejuicios.

Ayer, el ministro de Economía francés Emmanuel Macron afirmó lo siguiente: “La sociedad francesa debe asumir una parte de la responsabilidad de lo que ha ocurrido en la tierra en la que se ha cultivado y prosperado el yihadismo francés. El ideal republicano del ascensor social ha desaparecido. Hemos ido estropeando este principio que prometía progresar a cualquiera en esta sociedad”. En los suburbios pobres que rodean las grandes ciudades el desempleo es el doble y el aislamiento tal que no se puede cuantificar. Muchos son guetos. Los recortes y las políticas de austeridad han agravado el problema. Entre libertad y fraternidad está igualdad.

De los varios perfiles que se han publicado de los terroristas que causaron la matanza en París llama poderosamente la atención, por ejemplo, el de los dos hermanos Abdeslam, que vivían en el barrio de Molenbeek en Bruselas. El mayor, Ibrahim, se inmoló, mientras que media Europa está buscando a Salah. Pablo Suanzes lo contaba ayer en El Mundo. Tenían un bar. Fumaban porros. Bebían. Entraron y salieron de prisión por hurtos. No iban a la mezquita. No se sabían el Corán. En el artículo escribe la reflexión de un policía belga: "Sinceramente, nadie esperaba algo así. Los conocíamos a la perfección, delincuentes comunes. Unos pringados. Pero cómo coño íbamos a pensar que iban a hacer lo que hicieron. Joder, tenían un bar con nombre de una asociación de mujeres cristianas, bebían, fumaban, se drogaban, trapicheaban. Yo ya no sé qué es un radical”.

Entre las rendijas de la sociedad de bienestar, de ese Eurodisney donde mi breve compañero de viaje cree vivir, se han colado radicales que no lo parecían, que estaban fichados, pero que no aparecían en los radares del islamismo radical porque los radares ni les habían detectado como tales. 

No descartemos tampoco la maldad, pura y dura, en esencia, porque la historia está llena de seres tenebrosos cuyos actos somos incapaces de explicar. Los psicópatas existen y están entre nosotros, pero sería recomendable que no perdamos de vista esos retratos de los responsables de la matanza de París. Sobre todo porque eran europeos, como nosotros.

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