No es la primera vez que expreso en este espacio mi extrañeza ante asuntos nacionalistas. Son las cosas del querer, que decía la copla: “Si tu gente no me quiere, ni a ti te traga la mía, por qué tú te has vuelto loco y yo estoy loquita perdía”.

Como en los sentimientos no manda nadie, no intento explicarme desde la razón, la lógica o el sentido de pertenencia a un grupo por una bandera, patria o tierra. Yo no lo siento, pero otros muchos sí, y de forma tan arrebatada que me quito de en medio porque no lo entiendo, ni podré entenderlo. Son las cosas del querer.

Así, ayer volví a caer en la conocida sensación de tristeza cuando leí, vi y escuché las primeras reacciones de muchos políticos, periodistas y hasta de la presidenta del Parlament (de la que hubiera sido deseable que estuviera a la altura de la institución que representa, que es de todos, no de los suyos) ante la decisión de la CUP de no investir a Artur Mas como president de la Generalitat. Bien envueltos en la bandera, para ver quién la lleva más apretadita al cuello, el debate ya se ceñía a quiénes eran buenos catalanes y quiénes no. Porque lo importante es la bandera, al parecer. Una que curará, sana, sana culito de rana, todos los males, erradicará cualquier atisbo de injusticia y liberará a los parias de la tierra, esos que por parias no se ponen ni de acuerdo para votar y se convierten en una panda de ingobernables que no están a lo que tienen que estar.

¡Oh! La superioridad moral. Los unos y los otros. Los bandos. Las trincheras. Percibir como un problema las distintas sensibilidades, opiniones, gustos y opciones. Aquí y allí. En España y en Cataluña. El pueblo vota, pero no vota lo que algunos quieren que voten y como no encuentran la manera de llegar a un consenso la culpa es del que vota, por lo que vota.

Durante los últimos años explicaba a algunos amigos de Madrid que estaban convencidos de que “las cosas del querer” eran un empeño de Artur Mas que se equivocaban. Que fue primero el pueblo, la gente, la que se echó a la calle y que Mas se unió después. Ahora, me temo que no sé qué voy a decirles porque entre los independentistas hay un fuerte debate sobre si el proceso ha quedado dañado en sus entrañas después de que la CUP, con diez escaños, se haya negado a investir a Mas.

Si tan imparable era el proceso no habrá nada que lo detenga, y en el país ideal que está por construir sería recomendable llegar a acuerdos, escuchar al otro y no presionar, ni señalar de forma acusadora con el dedo, ni fruncir los labios bandera en mano, ceja y soberbia en alto, dándose golpes secos en el pecho al grito de porque “yo lo siento más y tú no”, que es justo lo que vi, leí y escuché ayer. Si no se ha llegado ahora a un consenso es porque Mas no ha dado el paso al lado que aseguró que daría si él era el problema y porque la CUP ha cumplido con lo que prometió que no haría: investirle.

No hay acuerdo, no hay mayoría, nadie cede, habrá que votar otra vez. Y surgen entonces los cenizos de era ahora o nunca, sin que expliquen muy bien por qué terminaba ahora el plazo, cuando es sabido que dentro de ‘las cosas del querer’ quererse no tiene horario, ni fecha en el calendario. ¿Qué hay de malo en volver a votar? Sin caretas, esta vez. Sin voy el cuarto, pero seré el primero. Soy de izquierdas, pero voy contigo. Soy de Convergencia, pero ni idea de esto que me cuenta de Pujol. Somos el partido antisistema, pero la mitad estamos a favor de investir al sistema. ¿Qué hay de malo en hacerlo a las claras ahora? ¿No es más aseadito así?

A los que reparten los carnets de buenos y malos españoles y buenos y malos catalanes, ya se lo digo desde aquí: No impriman el mío. No lo quiero. No intenten siquiera meterme en una casilla. Volveré a votar. Las veces que haga falta. A lo mío. Con la diferencia de que en las cosas del querer yo cuento a gente, no a banderas. No me considero mejor, pero, visto lo visto, sí soy distinta, “loquita perdía”. Y eso no es malo.

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