Tengo pocas amigas de verdad. Una de ellas comenzó a serlo cuando un día, después de tratarnos durante un tiempo con mera cortesía, me preguntó ¿y tú qué tal?, yo le hice la misma pregunta y nos dijimos la verdad. Desde entonces han pasado ya 20 años y seguimos sin mentirnos.

“He visto el Salvados y se me han revuelto las entrañas. Te acuerdas, ¿verdad?”, me preguntó anoche. Y sí, claro que lo recordaba. No he olvidado nunca aquel día cuando me contó que apenas hablaba con nadie porque su novio no le dejaba, que se enfadaba. No he olvidado aquella boda de una amiga común cuando se marchó de repente en plena fiesta sin entender por qué hasta que me explicó que el novio le había regañado porque había bailado con la novia, conmigo y con conocidos. Recuerdo como si fuera hoy cuando me contó cómo el novio había pisado el acelerador del coche después de una discusión sin importancia. Y el miedo que sintió, puro terror, dando por hecho que iba a estrellarse adrede. Cómo se agarró al asidero de la puerta del coche tan fuerte que al día siguiente le dolía el brazo. Cómo eso había pasado dos veces. Cómo había aguantado durante tres años los gritos, las miradas amenazantes, los silencios cargados de ‘te vas a enterar’ por no haber cogido, simplemente, el teléfono a tiempo cuando él le había llamado. Cómo se burló de ella en muchas ocasiones y le advirtió que se estaba poniendo gorda, que era boba, que tenía suerte de que él se hubiera fijado en ella. Recuerdo perfectamente todo lo que me contó y también la sorpresa. Era, es, guapa, inteligente y parecía muy segura de sí misma, con carácter, capaz en el trabajo y sin aparentes preocupaciones. “Eres la primera persona a la que se lo digo”, remató.

Mi amiga dejó a su novio poco después de aquella conversación. No porque yo le dijera algo que ella no supiera; sólo escuché. Fue porque lo contó. Porque lo dijo en voz alta. Porque dejó de aparentar que todo iba bien incluso ante sus padres, sus hermanos y los amigos que no se enteraron de nada porque ella nada les había dicho y creyeron que era ‘la típica’ que en cuanto se echaba novio, desaparecía. Se había esforzado tanto en disimular y era tan lista que nadie se percató de lo que en realidad estaba sucediendo.

Han pasado 20 años y ayer el Salvados le removió las tripas. “¿Has visto a Marina? ¿La has oído? Esa era yo. Y he pensado que ojalá hubiera conocido a una Marina cuando empecé con él, cuando comencé a mentir a todos y por encima de todos a mí. Cuando le disculpé al principio porque pensaba que los celos y el control eran una muestra de lo mucho que me quería. Ojalá una Marina entonces porque creo que habría sabido identificar lo que me estaba pasando antes y me habría ahorrado lo de después, incluido el asco que sentí por mí misma después por no haberlo evitado, por no haberle enviado a la mierda a la primera, o a la segunda, o a la tercera…”.

Marina Marroquí habló ayer en Salvados de la travesía entre los siete años en los que calló y aguantó “hice todo lo que no había que hacer, no era nadie, no era nada, me insultó, me violó, me quemó, me humilló me pegó, me escupió” hasta ahora, que está al frente de la asociación ilicitana contra la Violencia de género donde ocho voluntarias ofrecen atención integral a las víctimas y organizan talleres para familias y escuelas. Marina va explicando su historia a los adolescentes. Y llega. "No ha evolucionado nada, no ha cambiado nada desde que yo tenía 15 y empecé con esa relación", le explica a Jordi Evole.

Han pasado 20 años y anoche cuando hablé con mi amiga me di cuenta de que todavía no se ha perdonado. Han pasado 20 años y después de documentarme, escuchar a expertos en violencia de género, hablar con la jueza Francisca Verdejo que ayer apareció en Salvados, que me llamen pesada, feminaza, exagerada y también puta en alguna ocasión lo que más me ha molestado siempre es que me consideren tonta, inferior, menos, sólo por ser una mujer. Y me ha pasado. Mi amiga, como bien dijo ayer Marina, es una superviviente. Y como es tan lista algún día se dará por fin la absolución.

La jueza Francisca, el psicólogo Jorge Freudenthal y Marina, tres de los cuatros testimonios de ayer en Salvados –el cuarto era un maltratador–, coincidieron en destacar que la clave está en percibir, ser plenamente conscientes de que el machismo es una ideología, algo aceptado en nuestra sociedad y por tanto de lo necesario que es tener herramientas para identificarlo, tratarlo y erradicarlo en última instancia. Tenemos el machismo tan digerido, tan interiorizado, tan normalizado, que ni nos damos cuenta y así se perpetua el problema. Ocho mujeres han sido asesinadas el pasado mes de enero en España. Hay que remontarse al 2006 cuando hubo nueve para contemplar unas cifras tan altas. Es decir, que no va a menos. Va a más. Y el machismo mata.

Hay un elefante enorme en la habitación que ni nos deja espacio para respirar y hacemos como que no lo vemos. Y cuando alguien se atreve a apuntarlo con el dedo existe todavía quien se lo baja muy serio argumentando que el ratón de la sala contigua hace ruido, es muy latoso y resulta molesto.

El programa de Salvados, con su mayoritaria audiencia ganada a pulso, puso ayer el foco en el elefante. El que se empeñe en seguir disimulando tiene poco arreglo, pero debe ser señalado también por su tibieza. No hay mayor ciego que el que no quiere ver, pero los demás deberíamos estar para encender todas las luces. Mi amiga cree que lo de anoche sirvió para algo. Yo, también.

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