Estaba un día en un autobús de la línea 41 en Barcelona y detrás se sentaron una madre y su hijo de unos cinco años. A los dos minutos de que el niño no dejara de dar patadas a mi asiento me di la vuelta y no dije nada, simplemente miré a la madre, que al momento se dirigió al niño con el tono meloso con el que se le habla a un animal de compañía, alargando las vocales hasta lo imposible: “No peeeeegues maaás pataaaadas cariño, que la señoooora se enfaaaaada”.

Así, en un pis pas, la culpa era mía por ser una tiquismiquis, no de su hijo. El mensaje no fue: “Eso no se hace”, ni la respuesta de ella, su madre, la que tiene la responsabilidad de educarle, fue la de amonestarle porque dar patadas estuviera mal hecho, sin matices, sino que yo me estaba enfadaaaaando. 

Es solo un ejemplo, una anécdota, pero últimamente no paro de recibir mensajes semejantes. Aquí nadie tiene la culpa de nada. Son los demás, no nosotros. Es el sistema, el vecino, la profe que nos tiene manía, el césped que está mal cortado, los titiriteros, las rastas, la caverna, los independentistas o el tendido, jamás de los jamases nuestra. Y, por supuesto, tú más.

Como hámsteres dando vueltas locas en una rueda, seguimos al tuntún. Y la caga siempre otro. Las Bolsas se caen porque no hemos votado lo que deberíamos, la FIFA nos multa porque hay una mano negra, ETA está deseando que haya un acuerdo entre PSOE y Podemos –como proclamó Fernández Díaz–, porque no estamos a lo que tenemos que estar, los refugiados se ahogan en el Egeo y la UE señala a Grecia y les advierte con tomar medidas, cuando son ellos los que con su parálisis, deberían ser apuntados con el dedo, Esperanza Aguirre dimite como gesto ante el escándalo de la corrupción que está desangrando al PP, pero no sin antes avisar de que en otros partidos más y 'uy' los indepes vamos, ni digamos.

El disparate es enorme y continuo. Por ejemplo: el martes pasado hasta 100.000 pasajeros se vieron afectados por la suspensión de importantes vías ferroviarias con destino o salida en Barcelona por el incendio en una antigua parada de Renfe abandonada donde se acumulaban colchones con gente, que es lo más grave, la gente, pero por supuesto la culpa era de Adif y de España que nos roba, a pesar de que estaba a la vista que había una estación fantasma donde malvivían indigentes desde hacía años.

Nadie la pifia. Todos somos muy listos y tenemos hijos a los que a los dos años no nos atrevemos a decir “no” para que no se frustren –como si la vida no fuera equivocarse, aprender del error y seguir, estamparte en el tobogán y tener cuidado a la próxima–, a los cinco les hablamos como si tuvieran las entendederas de un adulto y a los nueve, como ha sucedido en un colegio en Girona, los padres de tres menores se enfadaran con el centro y amenazaran con denunciar después de que su progenie acosara por Whatsapp a otro niño. En lugar de pensar que algo fallaba con sus hijos y la educación que les estaban dando, se molestaron enormemente con la escuela por expulsarles una semana por acosar al hijo de otro.

No fallamos, siempre son los demás, que como todo el mundo sabe van a por nosotros.

No sé cómo hemos llegado hasta aquí, a la ausencia de toda crítica y responsabilidad individual, pero hola, qué tal, aquí estamos. Los mensajes desde instituciones, gobiernos en funciones, políticos en coalición y muchos medios de comunicación son tan simples que producen sonrojo, pero es que nos tratan como lo que somos: Infantes sin sesera. Te pegas la gran hostia y la culpa ‘malo, malo, más que malo’ es del bache, nunca tuya.

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