“Esta es la España de la que queremos escapar”, declaró el presidente de la Generalitat Carles Puigdemont en una entrevista a Le Figaro. La entrevista se realizó después de que el juez Jesús Torres Martínez del juzgado número 11 de Madrid admitiera a trámite el recurso presentado por la plataforma Drets.

Es decir, después de que la justicia española admitiera que la delegada del gobierno, Concepción Dancausa, no tenía motivos atendiendo a la ley para prohibir la entrada de banderas esteladas en la final de la Copa del Rey en el Vicente Calderón. Al molt honorable president le dio igual que fuera antes o después. Al parecer no era un detalle relevante.  

A Puigdemont le dio lo mismo también la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, que no tardó nada en adherirse a la causa por la libertad de expresión y anunciar que tampoco iría al palco si se mantenía el veto a las esteladas. Pasó por alto las manifestaciones en contra de la decisión de Dancausa de varios líderes políticos españoles, como Pedro Sánchez: “La prohibición no es el camino”, Pablo Iglesias: “Prohibir las esteladas no solo es autoritario, es ridículo”, Alberto Garzón: “Es un atentado democrático” o Eduardo Madina: “La estelada no es un delito”. Ninguno de ellos deben formar parte de España, ni representar otra España de la que no se quiera escapar. 

Que Puigdemont quiere que Catalunya sea un estado independiente del español ya se sabía. Y está en su derecho de desear lo que dé la gana, pero es tramposo negar que otra España existe justo después de que un juzgado de Madrid dejara en evidencia a la delegada del gobierno. Resulta desalentador comprobar como desde la política, desde ambos bandos, usan la desconfianza, la animadversión, las atávicas rencillas para construir el argumento que a cada uno le va mejor en sus tejemanejes. Sin reparos, sin espacios comunes, sin medias tintas. Ya ni disimulan, para qué, si está comprobado que crear un enemigo, un rival, funciona de maravilla. Dinamitar puentes es lo que mola. Y más en campaña electoral; que se lo digan al PP. 

Concepción Dancausa anunció en la misma comparecencia el veto a las esteladas y la autorización de una manifestación neonazi el sábado en Madrid. ¡Bah! Eran pocos, dicen muchos para restarle importancia. Como si no la tuviera que una delegada del gobierno retuerza una ley para afirmar que una bandera estelada incita a la violencia y la xenofobia y a continuación deje que los fascistas recorran el centro de la capital con pancartas como ‘Multiculturalidad, inseguridad” y coreando a viva voz “Españoles sí, refugiados no”, mientras las fuerzas de seguridad recomiendan a los comerciantes que echen el cierre. 

Eran pocos, sí, pero eran y estaban en la calle autorizados por la Delegación del Gobierno. Que se destaque, que se ponga el foco, que muchos más salieran por las calles de Madrid en una manifestación antifascista demuestra que hay otra España que Puigdemont prefiere ignorar porque no le viene bien para su discurso. Y coincido con el señor Puigdemont en que Dancausa debería haber dimitido ya, como coincidirán con él y conmigo otros muchos españoles de los que quiere huir. 

No es la primera vez que escribo que a mí las reclamaciones independentistas no me revuelven ni me agreden; que nací en Madrid, me crié en Alcorcón, mi madre es de Toledo, mi padre es de Ávila, mi marido catalán, vivo en Barcelona desde hace 12 años y la mayoría de mis amigos aquí son independentistas. Y eso es mi patria: mi familia y mis amigos. Me indigno primero, para sentir tristeza después, cuando retuercen, en uno y otro bando, lo que soy o dejo de ser atendiendo únicamente a mi lugar de nacimiento. Porque Puigdemont, con esas declaraciones de “esta es la España de la queremos escapar”, y siendo española y no rusa, me está metiendo en un grupo al que no pertenezco, pertenecí, ni perteneceré nunca. Y otros, aquí y allí, me echarán en cara -ya lo han hecho en ocasiones anteriores a través de las redes sociales- que no cuelgue una bandera española o independentista en mi balcón. 

Asisto atónita al espectáculo de cómo estiran de la cuerda sin miramientos. Y digo asisto, sí. Porque lo hago como mera espectadora. Porque se desarrolla ante mis ojos una realidad alternativa, paralela, que no reconozco al no ser, ni parecerse siquiera, a la que yo vivo a diario con mi familia, mis amigos, mi Madrid, mi Barcelona. No me llamen equidistante; no lo soy. Yo ya he elegido. Elegí escaparme hace ya mucho. De los unos y de los otros. 

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