Podría escribir sobre las declaraciones de Albert Rivera asegurando que “para hablar castellano en Catalunya hay que partirse literalmente la cara”, alimentando así al monstruo de los rencores, que engorda con el pan de las mentiras que se traducen en votos porque el odio es rentable.

También podría escribir de los candidatos a las elecciones utilizando metáforas futbolísticas después del triunfo de la selección española ante Turquía porque así les debe parecer que les entendemos mejor y se aproximan al pueblo llano. O del escaso minuto que se le dedicó a la violencia de género en el único debate a cuatro, siendo un problema de primera magnitud que nos afecta a todos, no solo a las mujeres. Podría, pero no.

Porque hoy es el Día Mundial del Refugiado. Y ya no lo podrán ‘celebrar’ las al menos ocho personas que fueron ayer asesinadas a tiros por la policía turca. Ocho sirios que huían de la guerra y la barbarie y que cayeron en manos de otros bárbaros; nosotros. Al menos tres de ellos eran niños. Se nos debería haber caído ya la cara de la vergüenza hace tiempo, pero no, aquí estamos, aquí seguimos. Y hoy es el Día Mundial del Refugiado.

Los que sí la tienen, vergüenza y dignidad, son Médicos sin Fronteras, que el pasado viernes anunció que renuncia a cualquier ayuda económica de la Unión Europea. Y no se trata de poco dinero precisamente, sino de unos 50 millones de euros. La razón no puede ser más clara: “No podemos aceptar fondos de la Unión o de los Estados miembros mientras al mismo tiempo tratamos a las víctimas de sus políticas”. José Antonio Bastos es el presidente de Médicos sin Fronteras en España y fue así de rotundo en declaraciones a La ventana de la Cadena Ser: “El valor real es dramático. Lo que pasa en Aleppo hoy, que están aumentando los bombardeos matando a más civiles, lo que pasa en los campos de refugiados de Jordania, lo que pasa en las islas griegas y en Idomeni hasta que lo cerraron y que nosotros conocemos de primera mano y la realidad diaria, el sufrimiento es inaceptable, pero el valor simbólico, trascendental, es atroz. Es un paso atrás en la historia de la humanidad muy serio.

Bastos explicaba cómo las instituciones europeas han jugado y siguen haciéndolo con la vida de cientos de miles de personas en condiciones terribles: “Nos hemos pasado tres meses intentando hacerles llegar cuál era nuestra preocupación. Esta no ha sido una reacción histérica, sino tres meses de denuncia constante desde el acuerdo de la Unión Europea con Turquía que cristaliza el principio del final del concepto del estatuto del refugiado. Las reacciones que hemos tenido han sido de muy poca comprensión de la gravedad del tema”. A partir de ya, Médicos sin Fronteras se financiará exclusivamente de las donaciones privadas.

Esta no es una crisis de refugiados. Es una crisis de humanidad. Lo estamos viendo, escuchando, leyendo día tras día y no solamente no hacemos nada, sino que estamos sellando el destino de miles con total impunidad poniendo barreras para no acoger, ni ayudar, ni socorrer, a los que sin ningún tipo de duda lo necesitan. “Al cerrar las vías más fáciles fuerzan a la gente a ir por vías más difíciles, que esto es el negociazo para los traficantes de seres humanos. La forma en que estos grupos criminales se comportan con la gente es brutal. Es una decisión 100 % errónea. No es matizable, ni discutible”, decía Bastos.

Y a pesar de todo, de las alertas, de las imágenes, de saber que está mal, absolutamente mal, nos estamos inmunizando, viendo como normal o inevitable lo que no lo es de ninguna manera. Cada vez es menos el espacio que dedican los medios de comunicación al drama de los refugiados y a las siniestras políticas de la Unión Europea. La indiferencia ante el horror crece. La vergüenza aumenta. Ayer fueron al menos ocho los asesinados a tiros en la frontera turca. Y al menos tres niños. Y lo leemos así, como si tal cosa. La historia nos juzgará como lo que somos: Unos miserables.

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