Hace una semana estuve en Madrid con mis padres. Hemos discutido mucho sobre política a lo largo de los años, pero la semana pasada, una noche, sabiendo ellos que no iban a poder votar ayer en su colegio electoral me pidieron ayuda para enviar el voto por correo.

No dije ni pío, leí los papeles, les dije cómo tenían que hacerlo y punto. Lo que votaron es lo que yo nunca votaré. ¿Acaso soy yo mejor que mis padres como para decirles qué debían meter en el sobre? Estoy más educada, eso sí. Y gracias a ellos, que se esforzaron en darme la que no tuvieron en la España de la posguerra, del franquismo, de la podredumbre y la represión. Y no hace tanto tiempo de eso.

No sé de dónde nos viene esta superioridad moral. Este creernos mejores, esta tontuna de los egos, las lecciones desde el púlpito imaginario, los sabelotodo y las redes sociales. No sé a qué viene esta absoluta falta de humildad respecto a nuestros mayores. Los que nos han criado, educado y soportado. Los que han sufragado con el dinero de sus pensiones y el trabajo de toda una vida los desmanes en los mercados y los valores. Y la precariedad otra vez en casa, en la mesa. Los que cuidaron a sus padres y ahora van a los colegios a buscar a los nietos. No sé por qué pensamos que son sólo ellos los que votan lo que no nos gusta. No sé por qué creemos que vivimos en otro país distinto a este. Uno inventado, imaginario, utópico, ilustrado. Irreal. No sé por qué les echamos la culpa de lo que nos pasa. No cuándo hemos olvidado de dónde venimos.

No sé cómo pensamos que el escándalo de Fernández Díaz iba a pasar una factura electoral al PP. No sé cómo creímos que la porquería que salió a borbotones por las alcantarillas del Estado tendría una respuesta en las urnas. No sé por qué dimos por seguro que iba a tener castigo. Incluso en Catalunya, donde vivo, en el que el PP ha mejorado sus resultados respecto a las últimas elecciones, y eso después de haberles “destrozado el sistema sanitario”. No sé por qué mentimos a los encuestadores a pie de urna. No sé por qué hacemos caso de los sondeos. No sé por qué tanto miedo al cambio. No sé por qué cala el discurso del miedo. No sé qué celebraban Pedro Sánchez y el PSOE anoche. No sé cuándo pensaron que los corazoncitos de la izquierda eran una buena idea. No sé cómo no se dieron cuenta de que la soberbia no era buena compañera de viaje. No sé cómo nadie supo medir lo que iba a pasar excepto Francisco Marhuenda.

Si sé cómo ha pasado. Les han votado. Aquí, allá y acullá. Repito: En Catalunya han mejorado sus resultados respecto al 2015: Unos 44.000 votos más. Habrá a quien le parezca una minucia. A mí me parece una vergüenza. No se me escondan ahora, no vale mirar para otro lado. Ni la corrupción, ni las conspiraciones, ni la evidente falta de carisma de Mariano Rajoy, ni las mentiras, ni el paro, ni la crisis, ni la falta de esperanza, ni la frustración, ni la intolerancia, ni las alcachofas, ni el himno merengue, ni las fotos con vacas, ni nada. Rajoy botó de madrugada desde el balcón de Génova, la gente coreó ‘cómo no te voy a querer’ como en el fútbol, se encendió una bengala, besó a su mujer, no se le entendió mucho el discurso, parecía medio piripi, y venga, ya tenemos presidente para los próximos cuatro años.

Se cantó también bajó el balcón del PP el ‘yo soy español’. Efectivamente. Miremos los resultados en estas elecciones y volvamos a preguntarnos: ¿Y qué nos habíamos creído? Porque esto es justo lo que somos. Esto.

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