Es domingo y cumplo con mis costumbres: los periódicos, una terraza, un vermú. En la mesa de al lado se sientan dos tipos de unos 40 años a los que no conozco de nada y al rato uno me habla: “Muy bonitas las gafas. Seguro que te quedan fenomenal”.

Está nublado y al lado de la bolsa de los periódicos y los dominicales están mis gafas de sol. Le miro, no contesto, paso la página. “Oye, que te estoy hablando, que era un cumplido. Que una chica guapa como tú debería ser más simpática”, eleva la voz mientras su amigo se ríe. Y ya está. Ya sé que se ha acabado el domingo, el artículo, el vermú, la calma.

No hay nadie alrededor, somos los únicos en la terraza en un ancho chaflán del Eixample. Son casi las tres de la tarde y tampoco pasa gente. Él sigue en voz alta y le dice a su amigo: “¡Qué se habrá creído la tía esta! Tampoco está tan buena, mírala”. El amigo se ríe. Cierro el periódico, recojo mis cosas, entro en el bar, pago mi consumición, salgo y ahí están, los dos me miran y se ríen. Me marcho sin decir ni pío y de camino a casa me sube la rabia por la garganta, mientras por la cabeza me pasan diferentes frases, contestaciones ocurrentes, cortantes, definitivas. Pero la realidad es que me he ido sin decir nada.

No es la primera vez que me sucede algo parecido y otras veces he contestado. La diferencia ayer estuvo en que no había nadie cerca y una especie de alarma interior, un sexto sentido, una sensación afinada con los años me advirtió que era mejor callarse y evitar problemas mayores. Ojalá evitara también la sensación de derrota, de tener que haber hecho algo, o dicho algo. Ya en casa, con las pulsaciones en su sitio, he recordado la frase de Ada Colau hace unas semanas. Aquella de “os confieso que no pude reaccionar” cuando en un acto de campaña relató lo siguiente: “Hace unas semanas estuve en un encuentro con mucha gente maravillosa, no se trata de criminalizar a ningún colectivo, pero es que en este caso estábamos hablando de personas del mundo judicial, de carrera alta, con mucha formación y de ámbito progresista. En un momento con el alcohol, me vinieron dos hombres y haciéndose los simpáticos me preguntaron si tenía novio, que estaba muy buena y si podíamos hacer alguna cosa. Eso fue aumentando en el lenguaje”. En las cloacas de las redes sociales no faltaron los comentarios sobre el físico de la alcaldesa, por supuesto. Si no es una señora escultural cómo le van “a entrar”. Cómo le va a pasar a ella si es lista, preparada, rápida de pensamientos y de palabra, resuelta, una reconocida activista social. ¿Cómo se va a callar alguien como ella?

Lo curioso es que no se calló. Lo ha contado, pero aparte de unas cuantas ‘bromas’, en general se ha pasado por alto ‘la anécdota’ con ese tono propio de la condescendencia machista. El estará exagerando, tampoco es para tanto y que les hubiera dicho algo ya que acaso no es tan feminista. Así la culpa vuelve a recaer en ella ya que, o bien es hipersensible o no lo suficientemente mujer como para plantar cara.

La cantidad de veces que me he cruzado de acera, que he descartado un bar para ver un partido de fútbol porque la alarma que llevo, llevamos, incorporada se disparó. Todas las que me he callado y en las que he contestado. La de ayer sin terminar de leer la prensa en una terraza. Las que me quedan, las que seguro vendrán. Y que todavía tenga, tengamos, que justificarme. Que no tengo por qué aguantarlo, pero que hay veces que no me queda otra. Y que no es mi culpa. No soy la responsable, la causante, la boba, no tengo las hormonas revolucionadas, no soy una histérica, no exagero.

Que todavía alguien dude de que ayer si yo fuera un tío me habría acabado el artículo y el vermú tranquilamente. Y que esa, y no otra, es la derrota.

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