Sigo viviendo en un barrio de Barcelona en el que, por ahora, existe una especie de barrera invisible y no ha sido devorado por los turistas. Digo por ahora porque en cuanto acaben las obras del Mercat de Sant Antoni está anunciada una parada del Bus Turístico. Démonos por jodidos, pero aprovechemos mientras dure. Brindemos. Chinchín.

Los pequeños comercios, los restaurantes de menús a buen precio, el bon día y bona tarda, tot bé?, la carnicería donde te dan conversación y no existe apenas distancia a pesar de los años y los kilómetros con la de mi infancia cuando acompañaba a mi madre al mercado de San José de Valderas en Alcorcón, el local de pollos asados de los domingos donde ya me atienden como en los buenos bares: “¿Medio con un poquito de salsa, como siempre?”. Los del vermú con boquerones en vinagre que tienen platos caseros para llevar, el celler de confianza de Floridablanca donde siempre me aconsejan el mejor vino, que no tiene que ver con el más caro, mientras Eveli, el dueño, me cuenta de los viñedos, la tierra, la mejor cosecha, los propietarios y hasta el clima. Hasta el supermercado donde ya conozco a las cajeras y sigo siempre un recorrido fijo porque sé cómo está todo ordenado. El quiosco en el que me guardan un periódico si se lo pido o me lo buscan llamando al siguiente el día que llego tarde a comprarlo. Y yo sé que ella tiene una hija que se acaba de casar y una tía muy mayor que está delicada de salud y a la que cuida. El bar de por la tarde con la cerveza Estrella con granizado de limón de la Avenida Mistral en el que debe haber la mayor concentración de perros bien educados por metro cuadrado del Eixample y niños que juegan entre ellos en el parque sin dar la tabarra mientras los padres se toman la caña. Que en los buenos días dan ganas de llevárselos a todos a casa, vamos.

El bar de la Gran Vía que está al lado de una discoteca para "mayores" y en el que hacen un bocata de tortilla con pan crujiente del bueno hasta las dos de la madrugada mientras el panorama alrededor es espectacular: señoras de rubio platino con cardados, vestidos de fiesta, brillos y pendientes de cristales que ríen felices y ruidosas delante de un plato de patatas bravas. Con mayonesa, eso sí (la distancia entre las patatas bravas de Madrid y de Barcelona está en la puñetera mayonesa y esto al parecer no tiene arreglo). Un día también vi en esta cafetería a un tipo llevar con una correa de cuero a una mujer que parecía estar pasándoselo fenomenal mientras hacía de perrita. Pidió un café amb llet, (él, ella sólo dijo "auf-auf") por cierto, y los camareros sudamericanos le entendieron a la perfección a pesar de la, justificadísima, impresión. 

La peluquería donde ya saben que no me gusta que me peinen después de que me corten el pelo y no me intentan convencer con el “es sólo quitarte la humedad”, porque a mi edad ya aprendí que nunca es sólo secar y salgo con volumen en el flequillo. El chino que está siempre abierto para comprar tabaco a horas intempestivas y el ‘paqui’ que abre todo el día, ve siempre partidos de fútbol del Barça en el ordenador y me quita las cervezas del mostrador para ir a buscarme las más fresquitas del fondo del refrigerador y con el que mantengo conversaciones a base de sonrisas porque solo habla su idioma. El Mañé con su chaflán donde en invierno buscas el sol y en verano la ensaladilla rusa dentro con la musiquilla de ayer, hoy y siempre. Donde nos damos los regalos los amigos la Noche de Reyes después de comprarlos a última hora por la Feria de la Gran Vía. 

Los cromos, las revistas, los pósters, las películas en DVD, los libros usados en Urgell los domingos hasta que abran el nuevo mercado de Sant Antoni, previsto para el último trimestre del 2017. Que por los planos tiene pinta de que será precioso y muy moderno, respetando claro está la fachada principal, que es de 1882. Tendrá unos bajos con un supermercado gigante, y me temo que unas terrazas con vermús a cinco euros y degustaciones a precio de visita al dentista. Y una parada de bus de la que bajarán hordas de turistas a los que ya tengo manía. Mientras, simplemente, disfruto del barrio, de mi barrio. 

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