Diana Quer tiene 18 años y hoy se cumple una semana de su desaparición en A Pobra do Caramiñal (A Coruña), donde veraneaba con sus padres desde hacía 15. Se esfumó pasadas las dos y media de la madrugada de camino a su casa y la Guardia Civil no descarta a estas alturas ninguna hipótesis.

Su imagen: guapa, pelo largo, morena, joven, sonriente y en algunas fotos con un top y un pantalón corto han sido suficientes como para que muchos se pregunten qué hacía a esas horas sola por la calle. Si no hubiera salido no estaríamos hablando de ella, ni sus padres estarían angustiados, ni la Guardia Civil investigando. Si no fuera por ella, por su culpa, nada estaría pasando. Me sube la bilis por la garganta.

Y me acuerdo, me acuerdo de todas las veces que yo he llegado de madrugada a casa, de todas en las que una manzana antes he llevado las llaves en la mano para abrir el portal rapidito. De las que venía de farra y en las que salía de trabajar, que no son pocas en las que he terminado de currar a la una de la madrugada un miércoles de Champions, con las calles vacías en invierno. Si alguna vez me hubiera pasado algo con dos gin tonics en el cuerpo y una minifalda un sábado en lugar de con una botella de agua y un sandwich de máquina después de trabajar, ¿qué dirían de mí, qué pensarían? ¿Me lo habría ‘buscado’ más en una situación que en la otra? Quizás sería culpa mía de todas formas por no ‘tener cuidado’ y andar sola.

Me acuerdo de todas las veces que me he cruzado de acera para no pasar delante de una panda de tíos, de todas en las que me he sentado lo más lejos posible en un autobús, auriculares y/o libro para no cruzar la mirada siquiera, de todas en las que he echado la cabeza atrás para asegurarme de que estaba segura, de todas en las que he llevado el teléfono móvil en la mano por si acaso. Me acuerdo también de las que tuve que fingir en un bar que el grupo que estaba al lado, de hombres claro, era mi grupo –solo estar al lado bastaba– para así poder tener la noche en paz y no tener que aguantar a ninguno.

Me acuerdo de adolescente cuando, no fue un día en concreto, me di cuenta que lo de “calladita estás más guapa” no era solo una frase hecha, sino que, efectivamente, muchos esperaban de mi que no abriera la boca más que para curvarla y sonreír. En cambio no recuerdo, no llevo la cuenta, de la cantidad de veces que me han dicho ‘vaya carácter que tienes’. Sí guardo una en especial, ya con 30 años, en la que en una entrevista de trabajo con un antiguo jefe me preguntó: “¿Y has cambiado ya algo el carácter?”. Salí temblando de rabia, esperé dos horas y le llamé para decirle que se olvidara de lo hablado, que no me interesaba el puesto. Lo había conseguido: no le envié a la mierda en el momento como se merecía cuando trató de humillarme. Paladeé el sabor de la victoria, el de elegir yo con quién no quería trabajar.

Me acuerdo cuando recién llegada al periódico si quedaba con algún futbolista o representante para comer invitaba siempre a un compañero para no dejar ni un hueco siquiera al equívoco, cosa que mis compañeros varones jamás tuvieron ya no que hacer, sino ni que pensar. No tengo que escarbar demasiado en la memoria para que me venga la última vez que me preguntaron, después de contestar que era periodista deportiva: “Ah, ¿pero entonces a ti te gusta el fútbol?”. Durante una temporada de mi vida cuando conocía a un tío y llegaba la cuestión de a qué te dedicas respondía que era peluquera, porque sabía que no tendría que dar explicaciones sobre cómo colocaba los bigudíes. Tan satisfecha estaba de mi método que se lo recomendé a una amiga, también periodista deportiva, y en su primera noche en Madrid resulta que se encontró con un peluquero. Je.

No tengo que acordarme tampoco, porque lo tengo fresquito, cuando me han invitado por primera vez a un programa por la cuota femenina y luego ya el resto está en mi mano y aprovecho cada ocasión como si fuera la última. Y las veces que he dicho que no a debates sobre deportes y mujer, y las veces que he dicho que sí, por diferentes motivos, a veces sólo por simple necesidad económica, no me avergüenza admitirlo. También tengo frescos los comentarios mirando a la cámara de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría el pasado mes de diciembre, cuando se dirigió a las jóvenes en el debate, muy compungida: “No aceptéis que os miren el móvil, que os controlen”, dijo. Qué lástima que no se dirigiera a los jóvenes para reprobar las actitudes machistas, señalar lo que está bien y lo que está mal sin término medio y advertirles que sus actos y comportamientos tendrán consecuencias si persisten.

Y desde hace un año, sobre todo, tengo presente una frase que me dijo la jueza Francisca Verdejo, con diez años de experiencia y magistrada del juzgado número dos de violencia de género en Barcelona, a la que entrevisté para Fotlipou: “Es necesaria una revolución social. El problema es muy complejo y la solución no es única, pero debe haber una revolución social, ser conscientes de la gravedad del problema y educar, educar, educar”.

Mientras espero que llegue la revolución social leo los comentarios a la noticia sobre la desaparición de Diana Quer y noto el sabor amargo de la bilis en la garganta. Y me acuerdo, me acuerdo.

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