“Yo, si pudiera, habría hecho lo mismo”, he escuchado unas cuantas veces a mi alrededor cada vez que se debate, por ejemplo, que algunos futbolistas se han escaqueado de pagar al fisco lo que debían.

Una amiga y yo solemos quedarnos solas defendiendo acaloradamente entre varios que de eso nada, que peor incluso nos parece porque no es robar al rico, sino esquilmárselo a los demás y principalmente al que acudirá sí o sí a la Sanidad pública. Y no tendrá una habitación para él solo con fotos, cuadros de paisajes ni mininevera, pero sí unos médicos preparados que le pueden salvar la vida.

La idea del buffet libre me lo como todo y repito dos veces, del no pasa nada, del soy más listo que el resto si me lo 'ahorro', resulta especialmente asquerosa en el caso de la tarjetas black de Caja Madrid, cuyo juicio ha comenzado esta semana. Porque con los sueldos de los consejeros no tenían necesidad de gastarse lo que no era suyo en salas de fiesta, viajes, safaris, arte sacro, alcohol, joyas y hasta peajes, que ya hay que ser miserable. En la impunidad que creían tener, el ‘me lo merezco’ y no daré cuentas a nadie, a quién le importa y ponerse el mundo por montera sumido ya el país en una crisis económica brutal mientras ellos pasaban la tarjetita, pim-pam, esta ronda va a mi cuenta cuando no era suya, está la radiografía de una sociedad enferma, codiciosa hasta la enfermedad. Y no, no fueron todos. De los 86 consejeros delegados de Caja Madrid hubo cuatro que no utilizaron la tarjeta opaca. El primero es Francisco Verdú Pons, consejero delegado de Bankia nombrado por Rato. Tampoco la usó Esteban Tejera Montalvo, presidente de la aseguradora de Caja Madrid, ni Félix Manuel Sánchez Acal, consejero de Caja Madrid propuesto por UG, ni Íñigo María Aldaz Barrera, directivo de Caja Madrid. Cuatro. 

Los 65 acusados que se sentaron el lunes en la Audiencia Nacional se dieron palmadas en la espalda, se rieron, se saludaron en corrillos antes de que empezara el juicio como quien se encuentra en la tasca a la hora del vermú, convencidos algunos de que no habían hecho nada reprobable. La Caja les ofreció la tarjeta y ellos la usaron. Pim-pam. Que pa eso estaban. Miguel Blesa, ex presidente de Caja Madrid, se gastó 4.000 euros en productos de informática y telefonía el mismo día en que cedió el testigo a Rato al frente de la entidad, el 28 de enero de 2010. Una minucia teniendo en cuenta los 436.688,42 en total que sufragó la caja. Ingresaba tres millones de euros anuales mientras era presidente. Un momento, que lo repito: tres-mi-llo-nes. Ahora, pobre, se lamenta de verse obligado a tener que limpiar lo que ensucia. "No tengo un euro, tengo todo embargado; me hago yo todas las labores de la casa”, desveló manso. De tres millones de euros de sueldo, una VISA oro de la que creía no debía de responder y con la que se llegó a gastar 9.000 euros en una noche en el Ritz, a recoger con la bayeta las migas del pan en la encimera de la cocina. Snif.

Considerar a los cuatro que no usaron las tarjetas opacas como héroes es otro síntoma de la enfermedad. Tienen su mérito porque en plena bacanal se abstuvieron y consideraron que con sus sueldazos ya se podían pagar ellos lo que fuera. En medio de tanto jeta sin escrúpulos fueron los raros, sin duda. Tienen su mérito, sí, pero es que esta semana me acordé de Catalina. Catalina Galera. Hablé con ella hace dos años, cuando ella tenía 73,  mientras se manifestaba junto a otras víctimas de las preferentes cada martes por el centro de Barcelona. Catalina y su marido, 46 años casados, tenían los ahorros de toda la vida en Caja Madrid, que absorbió Bankia. Eran clientes desde hacía 18 y el señor del banco “que no te imaginas la cara de buena persona que tenía”, les llamó un día. Les dijo, a ella y a su marido “empezó de camarero, después en un camión de la Cruzcampo, toda la vida trabajando”, que lo mejor es que metieran su dinero donde les decía. “Y yo no paraba de repetirle, me acuerdo perfectamente ¡Pero que sea seguro, eh! Y él que sí, que sí”. El marido de Catalina murió en octubre del 2011. Ella se dio cuenta de que no podía sacar el dinero, que suponía (como le habían asegurado) que tenía, en febrero del 2012. El dinerito de toda la vida currando. “La ignorancia”, decía. “Pero es que todavía hoy me cuesta creerlo. Jamás pensé que en una Caja me fueran a robar así”. El señor ‘cara de buena persona’ desapareció, por cierto.

Cuando Rodrigo Rato compareció en el Parlament de Catalunya, Catalina estuvo allí para gritarle ladrón a la cara cuando entraba. En la sesión de la comisión de investigación, interrumpió con la voz temblando de los nervios y la furia. La quisieron expulsar, pero fue tal la dignidad y el respeto con la que se expresó, además de la intermediación de la CUP, que pudo hablar. De aquel día se recuerda a David Fernández con la sandalia en la mano dirigiéndose a Rato. “Fins aviat, gánster”, le despidió.

He vuelto a pensar en Catalina estos días. Ojalá que la imagen de Blesa, de Rato y del resto en la Audiencia le sirva, le ayude, le consuele. No he vuelto a saber de ella, pero no se me olvida.  

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