Se llamaba Estefany. Tenía 27 años y dos hijos de tres y cinco años que presenciaron como su madre era acuchillada, asesinada el pasado domingo por su marido.

Estefany ya había acudido al cuartel de la Guardia Civil de Sanlúcar la Mayor (Sevilla) el pasado 17 de septiembre para denunciar que había sido agredida por su marido. Solicitó una orden de protección, pero la jueza de Primera Instancia e Instrucción número 2 de Sanlúcar la Mayor la denegó. El Ministerio Fiscal también se opuso porque la Guardia Civil consideró que el riesgo era bajo. 

El Ayuntamiento de Olivares, donde residía Estefany, emitió un comunicado de repulsa y condena en el que se podía leer, tal cual: “La corta vida de Estefany es ejemplo de vida de sacrificio, de heroína, de saber cómo callar, de aguantar que le peguen, que la humillen, que le peguen como decía Estefany: “Como él sabe hacerlo… Él sabe hacerlo sin dejar marcas”. Una heroína en silencio. ¿Hay algo más heroico que aguantar todo lo que ella ha aguantado sin hacer que se note?”. Obviamente, en cuanto el comunicado se hizo público se dieron cuenta de su grave error, pidieron disculpas y lo modificaron.

Errar es humano, sí, pero ¿en qué cabeza cabe que lo heroico sea callar ante un maltrato habitual? Y si Estefany había contado, como añadieron en el comunicado, que sabía cómo pegarla sin dejarle marcas ¿cómo es posible que nadie actuara? Porque se sabe también que había acudido en más de una ocasión al Punto de Igualdad Municipal de Olivares para pedir ayuda. Y en septiembre solicitó una orden de protección. Todo falló. Todo. Incluso después de ser asesinada lo loable es que hubiera callado, cuando ni siquiera fue así. 

Hace poco, un buen amigo de hace años me preguntó en una sobremesa que qué pensaba yo de "todo el ruido que se está liando últimamente con el ‘tema’ feminista". Confesó agobiado que él empezaba a sentirse presionado. Le contesté que ya era hora, del ruido, y que poco me seguía pareciendo. Y que era muy sencillo, si no era machista, ni tenía comportamientos machistas, no veía dónde estaba su problema ni por qué se sentía atacado, agobiado o presionado. Que le diera una vueltecica

Silenciosas. Esa es la cuestión. Los de “yo no pegaría nunca jamás a una mujer”, pero hay que ver qué pesadas con el feminismo, qué plastas, qué exageradas, tampoco es para tanto y todo el día dando la barrila. Y no se dan cuenta. Me sigue sorprendiendo la inconsciencia, lo asimilado que está para que haya quien siga sin darse cuenta de que sí, hay para tanto y para más. Las 34 mujeres asesinadas por hombres en lo que va de año es sólo la punta del iceberg. En ningún país del mundo, en ninguno, existe la igualdad de género. Insisto: en ninguno. Los ejemplos son múltiples, desde los salarios hasta la evidente minoría en puestos de mando, la cosificación, la cultura de la violación. Y cuando se dice en voz alta resulta que incomodas, que ya vale, que sí, que bueno, que te calles un poco, joder. Silenciosas nos quieren algunos. Silenciosas sufridoras ganándonos no sé qué cielo, cuando lo que pretendemos es disfrutar en plenitud de esta vida. 

Exageradas. ¿Pero qué más queremos? Si hasta una mujer puede ser por primera vez presidenta de los Estados Unidos. Y total, sólo estamos en el año 2016 y las primeras fueron en 1788. Y hasta 1965 no se permitió votar a todas las mujeres, todas, incluyendo a las negras. Vamos, que la cosa ha ido rapidísima, un suspiro. 

Ahora Hillary Clinton se enfrenta a un señor al que todo el mundo ha escuchado decir que cogía del coño a las mujeres y las besaba y manoseaba cuando le daba la gana. También ha llamado violadores y delincuentes a los mexicanos y unas cuantas barbaridades más. En el último de los tres debates que se celebró en Las Vegas el miércoles, volvió a tener la jeta de decir que “nadie respeta más que yo a las mujeres”, pero, ay, que no lo pudo evitar y cuando se estaba terminando el debate mientras Hillary hablaba soltó: “Such a nasty woman”. Desagradable, asquerosa es la definición de nasty. A Trump también le gustan silenciosas. Incluso cuando las agarra del coño sin su consentimiento. 

Le recomendé a mi amigo que escuchara con atención las quejas de las mujeres, porque estoy convencida de que cuando abandone su pose de condescendencia, que también es machismo, se dará cuenta. Por fin se dará cuenta. Y que no me pienso callar ya lo sabe. 

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