Entre las decenas de militantes que se concentraron este pasado domingo en Ferraz para exigir el “no” del PSOE a la investidura de Mariano Rajoy, las cámaras destacaron el gesto de un grupo de mujeres que depositó varios ramos de rosas rojas en la puerta de la sede.

Ya sea por la proximidad del Día de Difuntos o por el suicidio de la socialdemocracia europea, aquella estampa tuvo la capacidad de llevarnos a la lápida más desangelada del camposanto o a cualquier velatorio improvisado en el escenario de un crimen. Sin mimo alguno —retirar el plástico para que respiren, cortar el tallo dos centímetros y darles de beber para que se oxigenen—, las rosas se marchitaron al instante —tomaron un granate oscuro casi negro— y lo que pretendía ser un homenaje a los ideales socialistas acabó antojándose como la mejor crónica visual de una muerte anunciada.

Durante esta larga agonía de una formación moribunda, los ilustradores han coincidido en representar el emblema del PSOE desprovisto de su flor (bienestar). En algunas viñetas la rosa se ha secado (tristeza). En otras han caído todo los pétalos (aunque no se vea, ya sólo queda el capullo). También hay autores que han optado por una recreación más gore: las espinas desangran el puño (codicia). Sin embargo, nadie ha sustituido la rosa (cultura/sensibilidad/pensamiento/belleza) por otra flor (ni siquiera por la planta del dinero). Para llevar a los cementerios se compran claveles, gladiolos, azucenas o lirios; pero sobre todo crisantemos. La “flor de oro” era la más utilizada en la antigüedad para honrar a los muertos porque su breve floración coincide con el final del otoño (entre octubre y diciembre) y ninguna otra planta evoca tan claramente que la vida (más aún la vida pública) tan sólo es un tránsito. Pero en este “díselo con flores” tan victoriano, también se puede utilizar la margarita deshojada, que es de la misma familia que el crisantemo, y recrea espléndidamente como la indefinición y la duda en política (Sí, no, sí, no…) condenan a una muerte segura.

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