Foto: RAC1

Hay quien se niega a aceptar que el azar existe, quien se cree que todo depende únicamente de las decisiones que toma en su vida. Si me levanto pronto, me tomo las vitaminas, si siempre me abrocho el cinturón de seguridad puesto en el coche, nada malo puede pasarme.

Si hago una lista con los pros y los contras de cada decisión será sin duda la acertada. Si estoy preparada y soy eficiente no me faltará el trabajo. Si hago ejercicio, no fumo ni bebo nunca tendré cáncer. Hay, en cambio, quien ya sabe que la vida dicta sus propias reglas. Hay a quien le toca una lotería terrible sin tener ningún boleto. Hay un 6% de agresores sexuales condenados que después de pasar por prisión vuelven a reincidir. No es un porcentaje alto. Solamente espero no estar en el radio de acción de ese 6% y nada de lo que yo haga, ni deje de hacer, tendrá efecto alguno. Es una lotería. 

El caso de Tomás Pardo Caro, que ha vuelto a violar y apuñalar a una mujer 14 años después de la primera vez que lo hizo aprovechando un permiso penitenciario nos ha vuelto a recordar que el sistema judicial no es perfecto, que el 100% es una empresa imposible, que las leyes son las que son, los permisos son los que son. Que la reinserción después de la pena, del castigo por el delito, está establecido. Que hay unos parámetros, unos controles que deben cumplirse para volver a disfrutar de la libertad de andar suelto por la calle. Que hay estudios y programas como el SAC, el específico de intervención para agresores sexuales (SAC) que comenzó a utilizarse en Catalunya en 1996. Y que el porcentaje de los reincidentes es de un 6%. 

Vivo en este país, en esta sociedad, con estas leyes. Las acepto y cumplo. Comprendo la complejidad de la reinserción y si hago caso de las estadísticas hay un 94% de posibilidades de que un violador que haya pasado por el programa SAC no vuelva a hacerlo. A Lucía, la mujer a la que Tomás Pardo ató a un árbol, violó y apuñaló pese a pedirle clemencia apelando a que era madre de dos hijos, supongo que estos números no le sirven absolutamente de nada. Porque después de salir viva de milagro y pasar por un juicio en el que fue nuevamente vejada como contó la periodista Mayka Navarro en un artículo del pasado mes de febrero en el que el abogado defensor de Tomás Pardo “llegó a decir que su cliente sólo tenía intención de robar a Lucía, “pero no pudo modular sus impulsos” en una “situación equívoca y torticera”, ocurrida entre “un hombre joven” y “una mujer atractiva”. Sus comentarios no recibieron ninguna amonestación por parte del presidente de la sala, Pedro Martín”. El artículo termina con la siguiente frase por parte de Lucía, a la que informaban cada vez que Tomás Pardo tenía un permiso: “De verdad que vuelvo a hablar de aquello para que ni una sola mujer más sufra todo esto”.

No sirvió el testimonio ni su deseo. Tampoco las 13 ocasiones que la juez de vigilancia penitenciaria María José González González denegó los permisos de tres días. La magistrada Yolanda Rueda de la Audiencia Provincial de Barcelona le dio el permiso porque “Nada es fiable y más cuando se trata de comportamientos humanos”, como añadió en su escrito en el que valoraba la evolución positiva y calificó de “puntual”, lo que le sucedió a Lucía. 

Ayer Carles Mundó, el Conseller de Justicia del Govern en una entrevista en RAC1 afirmó que no existía una evidencia de fallo en el sistema y argumentó: “Las personas a veces tenemos conductas que no son previsibles”. Y lo dijo con una mujer en la UVI tras ser violada y apuñalada por alguien que no había cumplido la tercera parte de su condena de 20 años por hacer exactamente lo mismo a otra mujer. La última vez que debí pegarme supongo que fue en el colegio, ni siquiera tengo recuerdos exactos de ello. Imprevisible sería que yo saliera mañana por el portal de mi casa y apuñalara al señor del supermercado de la esquina ya que nada en mi historial podía predecirlo. Tomás Pardo ya lo había hecho. Imprevisible, por lo tanto, no era. Acepto que el sistema tenga fallos, no las justificaciones posteriores. Y menos dejando caer también que el alcohol o las drogas han sido un factor a tener en cuenta, como si fuera un eximente, un atenuante. Tendré cuidado hoy cuando me tomé el vermú y aviso desde aquí al señor del supermercado para que se dé por avisado porque al parecer la conducta humana es imprevisible. ¿Qué? No tengo ninguna gracia, ¿verdad?

La culpa no es del señor Mundó, pero sus declaraciones me indignaron. Entiendo y acepto la complejidad del problema de la reinserción y los esfuerzos por parte del sistema para educar, corregir, intentar, pero ante un caso tan evidente como el de Tomás Pardo el argumento no puede ser que somos seres impredecibles. Y más si consumimos alcohol y/o drogas. Hay una lotería del 6%. Igual me toca, igual no. Pero no intente justificármelo. No así. Usted no.


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