Escondemos nuestras debilidades, nuestros miedos, nuestros errores para evitar las miradas de condescendencia, en el mejor de los casos, o eludir dar pistas y que nos sigan dando dónde más nos duele, en el peor.

Nos exponemos sólo ante los íntimos y no siempre porque tampoco queremos preocuparles demasiado. Nos pasamos la vida disimulando hasta que un día, ni que sea por un breve momento, dejamos de hacerlo. 

Escuché y vi ayer el discurso de Hillary Clinton en un acto benéfico una semana después de aceptar la derrota ante Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Sin pasar por la peluquería, sin maquillar y afirmando que no le había sido fácil acudir porque “ha habido más de una vez esta última semana que lo único que quería hacer era acurrucarme con un buen libro o con nuestros perros y no volver a salir de casa nunca más”. Impresionaba lo dicho y cómo lo ha dicho, que muchos han valorado ya como una puesta en escena porque “se podía haber peinado y maquillado, no hacía falta salir así”. Igual no le dio la puñetera gana. Quizás estaba siendo por fin sincera, mostrando tal cual una decepción que aún no ha digerido. Ella, que tanto ha aprendido a disimular.

La más lista de la clase, la más inteligente en la Universidad, la mujer más preparada y con un currículum apabullante aprendió que debía disimular. Traicionada en lo más íntimo, humillada y expuesta públicamente ante el mundo decidió en su momento, cuando era la Primera Dama, que era mejor disimular sus sentimientos mientras, con la fuerza de un rotweiller, apretaba la mandíbula creyendo que así lograría su meta: ser la primera mujer presidenta de los Estados Unidos. Se plegó ante el sistema y lo que se esperaba de ella para ofrecer la imagen ‘correcta’ de una mujer; dejó Washington, se fue a vivir a Arkansas con Bill, cambió su apellido por el de él para no parecer demasiado independiente y que le dejaran de dar la murga y se levantaba de la mesa cuando los hombres hablaban de política, como desvelaba una amiga de la Universidad en el espléndido documental de la televisión pública norteamericana que emitió TV3 la noche de las elecciones. Adelgazó, se despojó de sus gruesas gafas de pasta, cambió de peinado y de ropa. Y mientras las amantes de su marido contaban detalles en los medios ella siguió apretando los dientes, bien peinada, correctamente vestida, impecablemente maquillada, sin una fisura, ni un resquicio. Ella lo eligió así. Fue su decisión. Empequeñecerse, doblegarse, como medio para un fin. 

Ayer apareció sin el disfraz, pero hay quien sigue poniendo en duda su sinceridad porque parece, por primera vez, frágil. Porque no ha ido a la peluquería ni se ha coloreado las mejillas. Porque parecía lo que es: la viva imagen de la derrota. Después de pasarse más de media vida disimulando, con su inteligencia y su currículum, admitió que no quería salir de casa y afirmó: “Sé que muchos de vosotros estáis muy decepcionados por el resultado de las elecciones. Yo también lo estoy, más de lo que pueda expresar”. Hasta ahora, hasta ayer, no había expresado nunca ningún sentimiento más allá de la lealtad hacia su marido, que siempre pareció menos capaz que ella, menos inteligente, pero era hombre y no tenía que disimular tanto. Y Hillary ni siquiera lo hizo por razones sentimentales, por ‘un corazón tendido al sol’, sino por cuestiones prácticas; debían seguir juntos si ella quería tener una carrera exitosa. No se creyó ni ella que por sí misma pudiera lograrlo.

Hillary Clinton ha perdido frente a un tipo que se jactaba de “agarrar del coño a las mujeres” sin que le dieran permiso, entre otras barbaridades, cuyo tono de piel es naranja y se tiñe de rubio un flequillo imposible que pretende tapar que ya no tiene 20 años, ni 30, ni 40, ni 50, ni 60. Tiene 70. Nada de lo que ha dicho, hecho, ni su cuestionable imagen, le ha penalizado tanto en las urnas. Trump ha ganado. Hillary ha perdido. Espero de la próxima mujer que se presente a liderar ‘el mundo libre’ que sea más libre y disimule menos. Y no hablo de peluquería ni maquillaje. Que apriete los dientes, sí. Pero para no tener que disimular.

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