Hace ya años, cuando empecé a trabajar en el diario Marca, me enviaron a hacer una ‘guardia’ al Aeropuerto de Barajas, llegadas internacionales, por si llegaba Fernando Redondo, recuerdo.

Era Navidad y disimulé como pude delante del fotógrafo que me acompañó durante las largas horas de espera -Redondo no apareció- para que no me viera emocionarme, para que no pensara que era una ñoña, para parecer una tipa dura, una profesional. Miré fascinada los abrazos sentidos, los apretujones, los suspiros, los nervios previos, las carreras de después, las lágrimas, esa alegría tan pura del encuentro tan esperado y el no saber por dónde empezar, si por mirarse, besarse, achucharse o el todo junto. Sé que no me hizo gracia cuando me dijeron que tenía que ir, “pues vaya marrón”, pensé,  y que terminé marchándome de Barajas ya casi de noche con la sensación de haber aprendido una lección.

Ayer miré la pieza del periodista Carlos del Amor de RTVE, que ya es un clásico de la Navidad, también desde el aeropuerto. La maravillosa película ‘Love Actually’ lo puso de moda. Esas imágenes reales de afecto sincero y espontáneo, de la dicha de reencontrarse con quien tanto uno quiere y desea ver, y tocar, y mirar, y abrazar. Volví a emocionarme, y ya no me da vergüenza decirlo en voz alta. Ya no me parece una falla en mi carácter, ni algo que deba esconder para demostrar no sé exactamente qué. Cuantos más años vivo más me doy cuenta de que lo único que en realidad me importa son los afectos, la familia que me vino dada y de quien tan orgullosa estoy y los que luego he ido eligiendo por el camino. Esos sin los que la vida no tiene mucho sentido cuando mueren o a veces sólo cuando están lejos y por mucho teléfono y web y facebook y lo que tú quieras lo que echas de menos es el contacto, la risa, la mirada, el trago de vino, el nos vamos a otro bar, el ‘te acuerdas de aquél día que’ y estás estupenda, igual que siempre, y en el fondo es verdad y mentira al mismo tiempo.

Vuelvo hoy a Madrid, la ciudad donde nací y desde donde no vivo desde hace 13 años con ganas de dar abrazos y besos y echarme risas y jugar con mis sobrinas mellizas, y ver a amigos de hace años ni que sea un rato pa una caña mientras nos atropellamos de una historia a otra, de un chascarrillo a otro, porque no nos da tiempo a contarnos todo así de golpe, ni de resumir, pero un rato sacamos, vamos que si lo sacamos. Tengo mi lado cínico y no lo desprecio, lo disfruto en muchas ocasiones, también soy yo, pero coño, ante tanto a mi alrededor termino preguntándome si no estamos todos disimulando demasiado para que no se nos vean las costuras, las debilidades, las inseguridades. Yo ya no más. Mi madre ya me ha llamado para decirme que ya me está preparando la ensaladilla rusa, súper navideña. A mí ya me pueden borrar de la lista. Quiero dar besos y abrazos. Quiero reírme. Quiero tocar y mirar a la gente que tanto quiero. Estoy deseando hacerlo. Y, simplemente, quería contarlo.

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