Ante la insistente negativa del actual president Puigdemont de no querer postularse como candidato a unas más que probables y próximas elecciones en Catalunya, el PDeCat ha salido al paso del debate externo de quién debe representarlos con un viejo deje pujolista: “això no toca”.

Pero estéticamente, por ahora, sólo tienen tres activos. Tres estilos que, a no ser que suceda algo extraordinario, no aseguran la gloria del gobierno, pero sí un premio de consolación: liderar la oposición o evitar la debacle del partido.

Carles Puigdemont

La erótica del poder no retrata sólo una fantasía sexual, también explica el embelesamiento o admiración desmesurada hacia una persona que, en caso de no ocupar un cargo de responsabilidad, pasaría desapercibida. Una vez te caes de la poltrona, pasas al olvido y recuperas el atractivo anterior (si es que se disponía de él). Pero en este momento, Puigdemont goza de popularidad más allá de las bases del PDeCat y del apoyo de los groupies del independentismo. En este año de gobierno que se cumple se ha esforzado muchísimo en mejorar —empeño que, por otra parte y aunque él esté decidido a irse, no prestas para un empleo que crees temporal y al que no le ves ninguna posibilidad de continuidad—. Porque aunque sus estilismos de siguen siendo un desastre —desidia indumentaria que le crea simpatías entre Els Comuns— y aún no ha entendido que el traje con castellano es demasiado castizo (léase, de paleto madrileño) para un mensaje soberanista como el suyo y que está obligado a interpretar el papel de digno president de la Generalitat incluso cuando va a comer paella a Ca la Rahola; se abrocha la americana y se ha recortado el cabello (seriedad, madurez), ha dejado de beber litros de agua en cada parlamento (templanza y seguridad) y aprendió a dar golpecitos, y no recibirlos (placaje no verbal), en la espalda (mando yo) y a hacer el gesto del campanar de Merkel (mi verdad). Su lenguaje corporal cuando habla del Referéndum (pactado) o Referèndum (unilateral) es convincente: antes muerto (o preso) que incumplir esa promesa. Es natural y campechano (de Girona), y eso, engancha y gusta. Sin embargo, es inquietante que una persona inteligente y segura de sí misma se haya autoimpuesto un vestido rancio de confección que poco o nada casa con lo que declara su cabeza (¡desmelene progre!).

Artur Mas

Posee un estilo presidenciable, institucionalista, egocéntrico y conservador que, hasta que alguien valiente no se atreva a presentar, ya parece no encajar en un escenario político que demanda gobernantes mundanos (aunque algunos asesores confundan humanizar con ridiculizar; sólo se trata de que el líder resulte empático, comprensivo y próximo). Quitando su pésimo gusto para las corbatas, su atavío es coherente y lidera y mejora, en general, la de su target electoral. Y en lenguaje corporal y presencia escénica, de momento, nadie le ha hecho sombra. Su perfil público está inactivo: la imagen proyectada en este último año es la de un triste prejubilado que se entretiene paseando a sus nietas y prestándose a vídeos en los que se lo muestra en un despacho con estanterías casi vacías mientras inexplicablemente chochea con Donald Trump. En febrero, la fiscalía lo resucitará con el juicio por el 9-N. Si no se ha desvelado ya quién será el candidato del PDeCat, la puesta en escena que su partido le prepare y la respuesta de la ciudadanía durante los días que dure el juicio determinarán su regreso. Las nuevas lentes de intelectual trasnochado que luce desde hace unos días presagian una nueva visión del mundo. Una mirada seria y templada que se diferenciara de las tendencias estéticas populistas de derechas y de izquierdas que lo han invadido todo sería su única posibilidad. Rescatarlo de “la paperera de la història" y del “un pas al costat” se antoja un reto interesante que tampoco conlleva grandes riesgos: si no funciona, la caída política ya no es tanta.

Neus Munté

Sin Muriel Casals, Neus Munté es el mejor activo político del independentismo transversal (y a diferencia del PDeCat, en ERC lo saben y la temen). En un enfrentamiento permanente con el Estado, la solidez y diligencia conjugadas con grandes dosis de calma, respeto y calidez es y será la única respuesta para sumar apoyos internacionales a la causa soberanista. Además, Munté cumple los requisitos del futuro liderazgo femenino: mujeres que no necesitan emular el viejo patrón masculino político —ni el estético (pantalón, sobriedad y líneas estructuradas y rígidas) ni el emocional (dominio y frialdad)— para mantenerse en la primera línea. No es Theresa May, ni Angela Merkel ni Nicola Sturgeon, ella se permite ser dulce y eso ni la debilita ni le resta eficacia y seriedad en el cargo. Y aunque pretende exteriorizar un boho chic sin demasiado éxito (cortos de falda y vestidos que imposibilitan la comodidad con superposiciones, combinaciones y estampados inexplicables), ese punto de desaliño se le permite porque no es excesivo ni irrespetuoso, resulta natural (nada pretendido) y lo compensa con una imagen de trabajadora incansable. Siempre con documentos entre las manos (atareada y dispuesta) y con caras de premura cuando posa en las fotos de familia (podem anar per feina i deixar el postureo?), es raro cazarle un mal gesto. A diferencia de lo que impera, políticos artificiosos, se la percibe transparente: no hay más, pero tampoco menos. Una excelente candidata, independiente e independentista, si no llevara la fatigosa carga de un nuevo pero viejo partido.

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