¿Alguna vez has sentido un dolor que te hace temblar? ¿Alguna vez has sufrido un dolor que no te deja ni siquiera dormir?

¿O que te despierta cada hora y media a pesar de estar medicado? Y no hablo de un paracetamol, sino de calmantes fuertes, opioides, derivados de morfina, relajantes musculares. Un dolor que no se va, que está presente en mayor o menor medida, pero siempre ahí. Un dolor que te obliga a ir a urgencias cada dos por tres para que te inyecten calmantes vía intravenosa solamente para poder descansar un poco, para estar, ni que sea durante un par de horas, en calma. Yo sí. Pero como dice David Trueba en su libro ‘Cuatro amigos’: “Yo a mis amigos no les cuento las penas, que les divierta su puta madre”.

Miguel Marín es el director de la Unidad del Dolor del Hospital de Día Quirónsalud Donostia, una eminencia, además de uno de los primeros que se dedicó a estudiar el dolor en España y que da conferencias por medio mundo con especialistas que, como él, intentan aliviar y mejorar la calidad de vida de aquellos que sufren dolores desde agudos a crónicos. Los agudos desaparecen al cabo de un tiempo y son debidos a una lesión, los crónicos pueden ser lamentablemente para toda la vida. Comenzó como residente de anestesia cuando empezó a interesarse por el dolor y se marchó a Barcelona, al hospital Vall de Hebron, donde comenzaban a estudiar el dolor como una enfermedad en sí hace 30 años. 

“El dolor crónico es una enfermedad, como la diabetes por ejemplo y hay que tratarla como tal porque tiene una repercusión física, pero también social en el paciente porque afecta a la vida laboral y familiar”, explica Marín. La depresión es frecuente entre los que sufren dolores crónicos y es fundamental aliviar de alguna manera su sufrimiento: “La base está en el tratamiento con fármacos, pero hay otro tipo de tratamientos como el bloqueo nervioso, infiltraciones, electroestimuladores, radiofrecuencias. Depende de dónde esté localizado el dolor”.

Los tratamientos farmacológicos y las intervenciones se complementan además en muchos casos con ayuda psicológica. Hay que mentalizar al paciente de que, en ocasiones, tendrá que vivir con el dolor para siempre: “Hay casos en los que yo no les puedo quitar el dolor, es como la diabetes o el parkinson, pero sí puedo hacer que vivan con el menor dolor posible, que descansen mejor, que se sientan más aliviados. Es frustrante, sí, pero hay casos que no hay manera y entonces, lo único que puedes hacer es consolar al paciente. Porque eso hay que hacerlo siempre, el consuelo es fundamental”, relata el doctor. 

Curiosamente, en España solemos resistirnos al dolor. Miguel Marín lo ha comprobado al compartir experiencias en los congresos internacionales a los que asiste, desde Japón a Viena: “Es por la educación judeocristiana que hemos recibido, en el que el sufrimiento está aceptado como parte de la vida. Por eso durante años ha habido cierta reticencia a recetar fármacos opioides, mientras que en otros países está normalizado. Si hace falta morfina, hace falta morfina”. Algunos estudios revelan que más del 20% de la población sufre dolores crónicos, pero los recortes en sanidad también están afectando a las unidades del dolor que existen en cada Comunidad Autónoma: “En muchos hospitales estamos colapsados”, admite Marín. Y para llegar a una Unidad del dolor los trámites son largos y penosos para los que están sufriendo un dolor intenso diario.

Miguel Marín no duda un segundo en responder qué es lo más gratificante de su trabajo: “Cuando sientes, sabes, que de verdad has ayudado a un paciente, que le has aliviado y mejorado su vida. Eso es una maravilla. Tengo pacientes que han terminado siendo amigos, que no les dejo ya de por vida. Ayudar, aliviar, consolar: ese es el objetivo”.

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